“Entre los 2 a 4 años es frecuente, normal y esperable que los niños(as) reaccionen con rabietas o pataletas frente a situaciones que les provocan rabia o frustración”, dice el sitio web del programa Chile Crece Contigo, del gobierno. La afirmación calza con bastante precisión con la reacción del Frente Amplio luego de conocer la composición del gabinete de Sebastián Piñera.

Y es que no se puede entender de otra manera. Pareciera que la nueva izquierda pretendía que todos los ministros entrantes calzaran ideológicamente por lo menos con el gobierno de Bachelet. No les cabe en la cabeza que la coalición que ganó en las urnas, que tiene la posibilidad y obligación de designar funcionarios para dirigir el gobierno del país, lo haga con ideas diferentes a las suyas.

Las declaraciones de Beatriz Sánchez apuntan en esa línea. Bajo su particular perspectiva, Alfredo Moreno no podría dirigir el ministerio de Desarrollo Social por ser empresario, Isabel Plá no tiene derecho a disentir con el proyecto de aborto, y Gerardo Varela no puede opinar distinto a los supuestos voceros del movimiento social en temas de educación. Supina falta de tolerancia, basada en una supuesta superioridad moral, que se utiliza como excusa para dejar fuera a todos quienes no comparten el corpus ideológico de la izquierda.

Esta vocación poco abierta al diálogo de la nueva izquierda, que no permite el disenso natural y propio de la democracia, característica muy millenial por lo demás, nos adelanta dos temas que habrá que tener en cuenta para el futuro del debate público.

Por una parte, que el Frente Amplio ya marca el tono y estilo de la oposición que construirán los próximos años. Un bloque que será muy frontal, de corte populista, porque como dijo la diputada electa Claudia Mix, ellos representan a “la gente común que está cansada de la política tradicional y los políticos de la élite”; y poco abierto a la conversación, ya que buscan “no permitir que se retroceda una coma de los pequeños avances que hemos tenido”, Mix dixit.

Por otra parte, una inquietud más de fondo. El Frente Amplio se entiende a sí mismo como el único depositario de la “voz del pueblo”. Nada hay fuera de ellos. Cualquier otro que se atribuya la representación de intereses y proyectos diferentes, incluso teniendo un genuino respaldo ciudadano, será catalogado como un defensor de la oligarquía. Si esa defensa proviene de sectores populares, será bautizado con uno de los insultos favoritos del frenteamplismo: facho pobre. La idea de ser los únicos representantes de la voz de “la gente” genera riesgos para que el sistema democrático pueda dar cauce a las diferencias: cierra puertas. Dificulta la conducción y genera condiciones para discusiones cada vez más polarizadas, sea en los cauces institucionales, como el Congreso, sea a nivel de sociedad civil.

Lo anterior llama a construir referentes de unidad, con altura democrática y que posibilite un diálogo desde las diferencias, basado en la concordia que necesita la comunidad política. Evitar la pataleta como manera de hacer política crea condiciones para que el país avance, no por la senda que predica el Frente Amplio, que de a poco se transforma en todo lo que juraron cambiar: una élite vociferante, sin capacidad de diálogo ni conducción. Una izquierda estrecha.

Escrito para El Líbero por Rodrigo Pérez de Arce, coordinador de Cultura, Fundación para el Progreso

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