Hay jugadores que quedan marcados por una jugada, un momento. Guillermo Marino es uno de ellos. El 2 de julio del 2012, el volante anotó un gol que entró en la historia de Universidad de Chile. En el último minuto de la final ante O’Higgins, el volante empalmó una volea y le dio un agónico triunfo a su equipo, que luego consagró en los penales su primer tricampeonato.

Marino llegó a la U dos años antes de esa tarde inolvidable. A mediados del 2010, el argentino fue presentado como el reemplazante de Walter Montillo, y comenzó una etapa de tres años en los azules, tiempo en el que ganó tres títulos nacionales, una Copa Sudamericana y una Copa Chile.

El comienzo eso sí no fue fácil. Marino no era enganche, ni jugaba similar a Montillo, por lo que le costó asumir ese rol. Además, debía responder a su amplio curriculum. Debutó en Newell’s, se convirtió en figura, fue traspasado a Boca Juniors y luego contratado por José Pekerman en Tigres de México.

Con el arribo de Jorge Sampaoli a comienzos del 2011, Marino tuvo un segundo aire. No fue titular indiscutido, pero gracias a su gran técnica y visión de juego se ganó un lugar en el equipo como alternativa. Desde ahí aportó a la obtención de cinco títulos, siendo el Clausura 2012 el más recordado.

Finalizada esa etapa y tras obtener una Copa Chile con Darío Franco, Marino se despidió de la U a mitad del 2013. Regresó a Argentina, sin embargo, estuvo cerca de un año antes de volver a jugar. El 2014 firmó en Boca Unidos y al año siguiente tuvo su última parada en el fútbol profesional en Atlético Rafaela.

Desde ahí a Marino se le perdió la pista. A mediados del 2016 se entrenó varias semanas junto al equipo de la U, dirigido por Sebastián Beccacece, pero no firmó. En ese entonces afirmaba que quería seguir jugando, y estaba abierto nuevas opciones, pero hasta ahora no ha vuelto al fútbol profesional. Actualmente pasa sus días en Córdoba viviendo ya como un ex futbolista.