Qué bueno que dos políticos avezados -que son también dos personas que en ciertos momentos de sus vidas han demostrado entender el papel histórico de las Fuerzas Armadas- hayan sido nombrados en cargos de alta responsabilidad respecto de los militares.

Pero su labor va a ser bien difícil, porque tanto Alberto Espina como Hernán Larraín tendrán que esforzarse en un doble plano.

Primero, en la restitución de las confianzas con el mundo militar, especialmente con la enorme masa de los uniformados en retiro. Los piñeristas saben perfectamente bien cuán dañada quedó la relación con ese mundo a partir del incumplimiento de las promesas que el candidato hiciera en la campaña que lo llevó a su primera presidencia. Todo está grabado, los afectados lo revisan con frecuencia y les duele mucho la inconsecuencia posterior.

En ese sentido, la tarea será más pesada para Hernán Larraín (foto), porque sus dichos y hechos serán escrutados con lupa desde la izquierda. Todo lo que tenga que ver con Punta Peuco, procesos, indultos, permisos, etcétera -y, en especial, el modo en que el Ministerio del Interior se comporte respecto de la promoción de nuevas causas-, va a colocar al ministro de Justicia entre dos fuegos: el del vengativo adversario de izquierda y el del esperanzado mundo militar.

Para el ministro de Defensa, esta dimensión será de menor exigencia, por la natural prudencia con que los mandos en ejercicio vienen refiriéndose a los temas judiciales de sus antiguos compañeros de armas, pero habrá otros asuntos en los que sí se verá discreta, pero seriamente, confrontado por las necesidades actuales de las Fuerzas Armadas.

Cuando se lee la literatura de la izquierda chilena sobre los temas militares, se prenden todas las alarmas. Si “La cofradía blindada”, de Dauno Tótoro, es el libro más sincero y agresivo en la materia, no está de más revisar tantos otros artículos que con mayor sutileza, pero con no menor claridad, develan los propósitos del marxismo tradicional o renovado respecto de las Fuerzas Armadas. Algunas concepciones son de origen español o alemán; otras están más directamente inspiradas en la experiencia chavista venezolana y en el Foro de São Paulo. Todas, eso sí, aparecen consignadas como las “soluciones” que se requieren para el mundo militar en Chile.

Ahí están los temas que Alberto Espina tendrá que tener bajo su mirada y en su consideración de políticas concretas.

¿Cuáles son?

Por una parte, la organización del mando en cada una de las ramas de la Defensa, es decir, la disyuntiva entre la unificación en un Estado Mayor con plenos poderes o la mantención de las legítimas autonomías de cada una. Por otra parte, la delicada cuestión de la selección y formación del personal, en todos sus aspectos: académicos, morales, sociales y profesionales. En estas materias, las cuestiones religiosas y de género serán cada día más sensibles. En tercer lugar, las amenazas que se ciernen sobre la autocomprensión que cada una de las ramas tiene sobre su propia historia y la historia general de Chile, sobre sus símbolos, lugares emblemáticos, celebraciones y uniformes.

Tarea importante para el ministro Espina será también la promoción pública de una renovada imagen de los papeles específicos del Ejército, de la Armada, de la Fuerza Aérea y de Carabineros, para que puedan superar las agresiones antimilitaristas que seguirán manifestándose desde algunos miembros del Frente Amplio.

Y como si todo lo anterior fuera poco, estará cada día más viva la cuestión de la determinación del presupuesto, no solo en cuanto a su origen, sino también respecto de sus controles.

Mucho ánimo para Larraín y Espina, que la cuestión es crucial.

/Blog de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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