“Hay muchos asteroides, mayormente entre las órbitas de Marte y Júpiter, y cada tanto alguno adquiere una órbita cercana a la Tierra. De toda esta población conocemos con bastante certeza los que tienen diámetros mayores a un 1 km. Hay muchos que no han sido detectados porque son demasiado pequeños y no llegamos a observarlos con telescopio salvo cuando están muy cerca”, explica Romina Di Sisto, docente en la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la Universidad Nacional de La Plata e investigadora del Conicet.

“El bólido de Chelyabinsk, en 2013, fue algo inesperado. Era un objeto de 20 metros de diámetro y terminó deshaciéndose en la atmósfera. Por suerte no hubo víctimas, aunque sí daños, porque al desintegrarse generó una onda de choque que destruyó edificios en esa ciudad de Rusia. De esos objetos no estamos prevenidos, porque son muy pequeños y no llegamos a observarlos con telescopio salvo cuando están muy cerca. Pero los objetos más grandes pueden ser observados con anticipación”, agrega Di Sisto. La información sobre asteroides –su distancia, velocidad, tamaño, fecha de aproximación– se encuentra disponible en la página del Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra, de la NASA.

“En el cielo vamos a buscar a nuestros dioses, pero pueden aparecer demonios”, dice Alejandro Agostinelli, autor del libro Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina y editor del blog Factor 302.4. La última gran historia milenarista relacionada con la aproximación de un cuerpo celeste a la Tierra, cuenta el investigador, fue el suicidio, en 1997, de 39 miembros del grupo Puerta del Cielo liderados por Marshall Applewhite. “Esperaron en una mansión de San Diego, en California, el paso del cometa Hale-Bopp. Creían que detrás del cometa iba la nave extraterrestre que los llevaría a un nuevo nivel evolutivo. La idea era lo que ahora llamamos una fake news, el invento de un ufólogo”, recuerda Agostinelli.

Las ficciones apocalípticas se reciclan en la historia reciente sin preocupación por ajustarse a las comprobaciones de la astronomía. El supuesto planeta Nibiru –nombre de la mitología babilónica- debió chocar con la Tierra y provocar el fin de mundo en 2003, en 2012, en 2017. Esas profecías parecen proyectarse en la observación mediática de los cuerpos celestes: el paso del asteroide 2008 FT 3 provocó la expectativa de una colisión con la Tierra el 3 de octubre de 2019, pero pasó a 138 millones de kilómetros, como lo había advertido la NASA.

El mito de origen podría ser el del choque de la Tierra con Hercóbulus (o Hercólubus), el supuesto planeta errante en algún punto del espacio. “La profecía es reivindicada por un gnóstico colombiano, Amórtegui Valbuena, V.M. Rabolu, que escribió sobre el tema en 1998. Pero no era original. En 1959, un líder paramilitar platillista brasileño, Aladino Félix, ya había nombrado a Hercóbulus entre sus profecías. En 1972, el planeta desconocido fue recuperado por un rosacruz peruano, Yosip Ibrahim, nombre de José Rosciano Holder, en su libro Yo visité Ganímedes”, cuenta Agostinelli.

Esos relatos suelen difundirse por transmisión oral o literaria. “Circulan de profeta a discípulo, quienes a su vez a veces se convierten en profetas o divulgadores en un círculo sin fin, donde el astro en cuestión o las características de la catástrofe van mutando en arreglo a nuevas circunstancias o situaciones históricas particulares”, destaca Agostinelli. Internet y las redes sociales multiplicaron sus posibilidades, y su capacidad de resistencia a las refutaciones.

La persistencia de las creencias apocalípticas “también es posible porque los focos de la dualidad pánico-liberación se renuevan” y entroncan con teorías conspirativas, el combustible del miedo y la irracionalidad actuales y una especie de llave maestra para blindar a las ficciones de las objeciones científicas. La versión de que el virus Covid-19 fue sembrado a través de las redes de 5G –“una vieja fake news según la cual los campos electromagnéticos de los equipos móviles afectan a personas denominadas electrosensibles”– precedió a los incendios intencionales de marzo contra torres de telefonía celular en Birmingham y Merseyside, en el Reino Unido. “Esos raptos de histeria colectiva se encuadran bien en un contexto apocalíptico”, dice Agostinelli.

Los asteroides tienen su día internacional: es el 30 de junio, en conmemoración del bólido que estalló en 1908 en la región de Tunguska. “El objeto tuvo unos 50 metros de diámetro y aparentemente se deshizo en la atmósfera, con lo que generó una onda de choque que devastó un área muy grande de Siberia. El evento se registró en poblados distantes, pero los investigadores tardaron mucho en llegar a la zona”, dice Romina Di Sisto. Los informantes explicaban el suceso como un castigo enviado por el dios Ogny, algo incognoscible caído del cielo.

Para Di Sisto, el temor relacionado con la aparición de asteroides es un efecto del sensacionalismo mediático. La noticia no parece ser que el objeto se acerque a la Tierra sino lo que ocurriría en caso de colisión, aunque no exista la posibilidad. “Hay un uso altamente irresponsable de la información –coincide Susana Pedrosa, actualmente profesora invitada en la Universidad Autónoma de Madrid-. El problema es real, tiene una base objetiva. Va a caer un asteroide, eso es seguro. Ahora bien, la probabilidad es que ocurra en un millón de años. Además hay que ver qué tipo de asteroides, no es lo mismo uno como el que mató a los dinosaurios a otro que se transforme en un meteorito de dimensiones menores”.

El 13 de abril de 2029 Apofis, una roca de 340 metros de diámetro, pasará entre la Tierra y la Luna, lo que lo hace particularmente interesante para la investigación. “Los asteroides hablan de la historia de formación del sistema solar, son el residuo que quedó de ese momento. Podemos estudiar esos aspectos del fenómeno antes que ver si son asesinos o no”, propone Susana Pedrosa.

La teología de los paranoicos

“En Argentina, en los últimos cuatro años, el ataque hacia la ciencia y hacia los científicos del Conicet fue permanente. Algunos personajes que ocuparon posiciones de poder durante el anterior gobierno dijeron, literalmente, que el pensamiento crítico era nocivo. Las circunstancias actuales, con la pandemia, obligaron a recurrir a la ciencia. El momento demuestra, blanco sobre negro, cuál es su necesidad. ¿Dónde quedaron los antivacunas?”, se pregunta Susana Pedrosa.

No obstante, la coyuntura de la pandemia habilita nuevas teorías persecutorias para explicar el origen del virus. Una de las más frecuentes es que el Covid-19 fue un producto de laboratorio, en definitiva, la reedición del antiguo arquetipo del científico desaprensivo que avanza en un experimento sin medir los riesgos. “Hay una argamasa de creencias políticas, científicas y religiosas detrás de las teorías de la conspiración –dice Alejandro Agostinelli. Está la eterna lucha entre el Bien y el Mal supremos. Son una forma de explicar el mundo a partir de la existencia de fuerzas ocultas invisibles para los que vivimos supuestamente estupidizados por la Matrix. Pero también puede ser la representación social de una enfermedad mental. Como dice el crítico Mark Dery: ‘La teoría de la conspiración es la teología de los paranoicos’”.

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