Cuando el Presidente electo califica a su gobierno como “de centro”, está aceptando implícitamente que a su derecha existen quienes no tienen problemas para autodefinirse en esa posición.

Le guste o no -ciertamente no le agrada-, Piñera sabe que la derecha votó por José Antonio Kast, y que ahora se apresta a organizarse en el domicilio más coherente: “libertad esquina independencia”.

Nadie en el futuro gobierno -inspirado en un centro pragmático- puede molestarse por esa convocatoria: la derecha de verdad ha sido formalmente excluida por el propio Presidente electo; ha manifestado que la detesta, porque solo produce daño.

A esos electores que efectivamente le dieron el 8% a Kast, pero también a esos otros que fueron inducidos a lograr para Piñera “la victoria en primera vuelta”, se ha dirigido el diputado independiente llamándolos a formar un movimiento. Tres mil personas se inscribieron en el primer fin de semana.

¿Qué ventajas tiene esa opción?

Por una parte, su amplitud. Kast comprobó en su campaña que le dieron su voto personas de muy variadas mentalidades y sensibilidades, cuya única vinculación parece haber sido el sentido común. Una inmensa mayoría son independientes, pero hay una significativa minoría de militantes de los partidos de Chile Vamos. A unos y a otros conviene mantenerlos adheridos por la vía de una institución de lazos más sueltos y que no exige renuncias, como es un movimiento. Se suma a esa ventaja un segundo factor: en el movimiento, la persona de José Antonio Kast es gancho suficiente para aglutinar; se prolonga así la campaña centrando la acción social y política del nuevo referente en la persona que llevó todo el peso de su candidatura y demostró excepcionales condiciones de sintonía con las gentes. Y, por último, a un movimiento se puede colaborar económicamente con muchísimos pequeños aportes, lo que consolidará su independencia. Si de grandes donaciones se tratara, perfectamente bien las podría canalizar un centro de estudios anexo a la iniciativa principal.

Pero el anuncio de Kast -un movimiento y no un partido- tiene también sus serios inconvenientes.

Podría suceder que al movimiento se incorporen personas con tan diversas perspectivas que, si el ideario no tiene unos mínimos comunes muy bien definidos, la iniciativa se transforme en una tierra de todos, una tierra de nadie. Porque lo que se puede ganar en amplitud, se arriesga en coherencia.

También se asoma como una desventaja la posibilidad de que muchos adherentes del movimiento quieran constituir a José Antonio Kast en un caudillo, y transformen la que ha sido una muy noble iniciativa personal en un personalismo muy inconveniente. Eso no solo tendería a desvirtuar al ex candidato, sino que impediría el surgimiento de liderazgos paralelos que el mismo Kast estima imprescindibles.

Pero el mayor riesgo está en que todos los que en estos meses han clamado por la constitución de un partido experimenten una cierta desilusión ante la figura del movimiento. Son muchos los electores de Kast que esperaban con ansias el porcentaje obtenido, justamente para fundar una nueva colectividad -pequeña y nuclear- desde esa adhesión más amplia y genérica.

¿Hay solución? Por cierto. No es tan difícil hacer primar en marzo las ventajas sobre los inconvenientes.

Bastaría con que José Antonio Kast hiciera ver que el movimiento es simplemente una primera etapa, que dentro de él se incubará para quienes lo deseen un partido de auténtica derecha, y que lo acompañarán en esa iniciativa otras figuras jóvenes articuladas en torno a un ideario sólido y creativo.

Esa fórmula, sincera y gradual, no dejaría fuera a nadie que deba estar dentro.

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