Cualquier persona que haya estado en una relación de pareja durante varios años sabe que corre el peligro, si es que no ha sucumbido ya, de reducir el sexo a una actividad monótona, cronometrada, escasa y cada vez menos estimulante. Las tareas de la casa, el trabajo, los hijos… En definitiva, las responsabilidades se entrometen en el día a día y terminan aplazando la cita con la lujuria y los deseos carnales, a priori menos importantes. Si te sientes identificado o crees que algo así podría pasarte a ti, no viene mal acudir a Brittany Gibbons en busca de inspiración. Antes de convertirse en una autora de éxito en EEUU, pasó un año teniendo sexo cada día y ahora ha contado su experiencia en ‘GH’. ¿Qué tal suena eso como propósito para 2018?

Cuando Gibbons comenta su particular hazaña siempre se ve obligada a aclarar que no, no fueron 365 hombres, sino solo uno, su marido. Y sí, también hizo el amor durante los día de regla. Lo próximo que la gente suele asumir es que lo hizo como una medida de último recurso para salvar su matrimonio, pero más que para conservar su relación lo hizo para salvarse a sí misma. Poco después de tener su tercer hijo, algo cambió en ella. No quería ver su cuerpo desnudo, se aseguraba de que el sexo fuese siempre a oscuras y esperaba a que su esposo saliera del dormitorio para poder vestirse.

Con el paso de los años, aquella reticencia enfermiza empezó a preocuparle. “¿Se le habría olvidado a su marido cómo era su cuerpo ?”, se preguntaba. “Hizo falta hablar mucho con mi marido para que se diera cuenta de que no me sintiera sexy no era un ataque contra él”, asegura en una entrevista a ‘The Huffington Post’. No podía evitar la inseguridad y el sexo, en definitiva, se convirtió en una experiencia que le reportaba mucha ansiedad. Así que después de mucho llorar y comerse la cabeza, se propuso seguir el método que le había recomendado una amiga, la cual ya lo había practicado antes y le había ido nada mal, y forzarse a hacer el amor una vez al día durante un año.

“El sexo originaba más sexo”

“Ojalá pudiera decir que fue una decisión bien pensada, pero la verdad es que me preocupaba tanto que mi marido perdiese el interés por mis inseguridades… Creo que ya estaba empezando a ponerse nervioso tras proponerle dormir en camas separadas”. Fue básicamente el mismo método que había utilizado antes para superar su miedo a comer ostras o conducir sobre nieve: “Hazlo hasta que no te des cuenta de su mal sabor o que no tienes control sobre el vehículo. Hazlo hasta que encuentres tu zona de confort. Hazlo hasta que, de repente, descubras que te encanta”.

Al principio, hubo noches en las que antes de acostarse se acordaba de su compromiso: “Genial, otra obligación más”, pensaba con ironía. Sin embargo, conforme iban pasando los meses, en concreto señala la marca de los 90 días, empezó a desearlo con impaciencia, a convertirse en el momento preferido de la jornada. “El sexo originaba más sexo y pronto dejamos las cuatro paredes del dormitorio: del salón a la lavadora, de la ducha al garaje. Nos volvimos más románticos el uno con el otro, nos tocábamos sin parar, nos besábamos antes de ir al trabajo, y no solo el típico pico familiar.

“Se lo dije a algunos amigos y todos reaccionaron igual: ‘Oh, yo nunca podría hacer algo así‘. Yo les entiendo, pero también les dije que nunca había aprendido tanto de mi misma como ese año entre las sábanas”. Tras los primeros seis meses del experimento, por primera vez en su vida, le preocupaba más el sexo que encontrar un ángulo halagador para ocultar los michelines. No obstante, no fue hasta que terminó el año cuando empezó a sentirse de verdad más cómoda, a estar desnuda frente a su marido en un contexto que no fuese el de hacer el amor: “Mi relación con mi cuerpo y mi esposo había cambiado por completo”.

Y ahora, años después de aquel experimento, ya no hace el amor con su marido cada día. No porque estén hartos el uno del otro, sino porque como bien explica Gibbons, “son humanos, no robots”. Sin embargo, sí ponen en práctica todo lo que aprendieron en aquellos 365 días.

  • Para empezar, descubrieron que encontrar el momento idóneo para el sexo es difícil, pero también necesario: “El sexo es lo que nos recuerda que somos más que compañeros de piso con niños a su cargo”.
  • También descubrieron qué necesitan para mantener el matrimonio a flote: “Ya no me asusto si pasamos dos semanas sin sexo, porque hay otras formas de conectar. La intimidad no tiene por qué implicar la penetración. A veces es enrollarse como adolescentes y otras que mi marido me haga un favor. El punto es que se note ese esfuerzo por mostrarle cariño a tu pareja”.
  • Por último, aprendió a ser más egoísta para sentirse bien consigo misma, a saber tomarse su tiempo para ser mejor madre, esposa y mujer. “Tener relaciones con mi esposo no hace que mi matrimonio sea inmune al divorcio, la infidelidad o la angustia, pero si me ayuda a sentirme segura para sobreponerme pase lo que pase”.
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