Una de las peores cosas de las que pueden acusar a un humorista es de repetir sus rutinas. A diferencia de un cantante, quien puede viajar con el mismo setlist una y otra vez y siempre será ovacionado, la mitad de la gracia de un chiste está en la sorpresa, y eso se evita precisamente renovando cada vez la batería de chistes.

Pero hubo un humorista en particular que logró superar esa barrera y convertir uno de sus chistes en una pieza tan legendaria que dan ganas hasta de corearlo. Nos referimos a Sandy, el enorme artista boliviano que fue uno de los íconos de la época dorada del clásico cuentachistes de los noventa: esa figura elegante, que se paraba frente a un micrófono y se paseaba por estelares, Teletones, y programas familiares para hacer reír al público.

Sandy era un representante del denominado humor blanco, chistes donde predominaba el ingenio, el absurdo y el prejuicio por sobre la grosería y el doble sentido. Tampoco era un humor inofensivo. Bajo los cánones morales de hoy, Sandy sería linchado en redes sociales por sus rutinas en las que se burlaba de gallegos, argentinos, huasos, borrachos, mexicanos, curas, judíos, tartamudos y gangosos.

De hecho, su primera rutina en 1993, la que consiguió ganando un programa de variedades, fue un viaje alrededor del mundo y de todos los estereotipos posibles. Una rutina algo nerviosa pero que finalmente fue un éxito tan grande que obligó a Sandy a repetir dos días después en el mismo escenario.

Ese sería el inicio de una carrera que llevaría a Sandy al máximo sitial de la fama. Tras esta presentación se mudaría a Chile y sería convidado de manera constante a cuánto programa de entretención y variedades existía. Pero su vuelva a la Quinta Vergara no sería hasta el año 1999.

Esta vez, Sandy llegaba a la Quinta como un humorista consagrado, como una figura conocida, como el pelaito buena onda de los chistes. Pero más importante que eso, Sandy ya se había hecho conocido por dos tipos de chistes en especial: los gangosos y los gallegos. Prácticamente eran su identidad y la gente esperaba sus rutinas para oír sus historias favoritas. En cierto sentido había roto la maldición del humorista. Podía subirse al escenario sabiendo que la gente gustaría de escuchar chistes como el de la Jañaña, las palomas mensajeras, o el de los condones y la gente se reiría igual

Pero ningún chiste logró un nivel grande de cariño en el público como el del taxista y el español. Un cuento de humor absurdo y de remate inesperado cuya principal gracia en realidad es la forma en que se cuenta. A diferencia de lo que muchos puedan pensar, este chiste no formó parte de la rutina de Sandy durante el 93, por lo que de cierta forma, había una suerte de deuda de contar su chiste más famoso en el escenario más importante de Chile.

Tanto que me han pedido esta talla que tengo que inevitablemente hacerla” Dijo Sandy al tomar el micrófono de Viña 99 antes de relatar su primer chiste de la noche. Y lo hizo hablando lento, tal como en su chiste. Básicamente hizo todo lo que un humorista no tendría que hacer: adelantó su historia, una que habíamos escuchado tantas veces por TV que ya sabíamos que venía. Pero aun así, la Quinta apaludió.

Y no solo eso, sino que por primera vez, el monstruo coreó el chiste, el que se sabían de memoria, y acompañó a Sandy mientras lo relataba. La Quinta, y probablemente la gente en su casa, recordaba cada detalle: el español no sabía hablar inglés pero su amigo le dice que si hablaba despacio lo iban a entender. El sólo quería llegar a Forel Street número 117, mientras hacía preguntaba por qué el volante está a la derecha.

Un detalle curioso de esta versión del chiste, es que quizás por nervios del humorista, es que sucedió en Finlandia en lugar de Londres, algo que pareció no importar a una Quinta que solo quería corear, por primera vez, un chiste. Después de eso, la rutina pasó como un pañuelo de seda.

Un año más tarde, Sandy retornaba a la Quinta, con un aspecto bastante más desaliñado y con muletas, producto del deterioro causado por la diabetes que padecía. A diferencia del año anterior, el boliviano se llevó la gaviota sin tener que recurrir a su clásico chiste, pero en realidad, todos lo estaban esperando. Y así fue, a modo de despedida de su rutina, con una gaviota en una mano y sujetado por dos muletas, con los animadores haciendo los ademanes de la despedida, Sandy se dirige al público y dice lo siguiente:

“Yo se que ustedes quieren corearme. A ver como me lo van a contar”.

Y así es como nuevamente cuenta el chiste del español, y de nuevo, fue coreado por la Quinta, con más fuerza y ganas que nunca. Todo se había convertido en un meta-chiste, el absurdo de su cuento se había convertido en algo real y a la gente le encantaba.

El 2004 sería su última presentación, ya más emotiva y la despedida final de este humorista. Con ambas piernas amputadas, no perdió la capacidad de hacer reír al público, y aunque no contó ni los chistes de la Jañaña ni el del taxista, hizo reír como la primera vez. Sandy falleció el 2005, pero será por siempre recordado como el hombre detrás del chiste que toda la Quinta coreó y como quizás el último cultor del humor blanco.

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