En su carta de ayer, Carlos Williamson cae en confusiones que una lectura más profunda de la literatura liberal permite aclarar. En primer lugar, confunde la idea de libertad negativa, propia del liberalismo clásico, con la de libertad positiva, que es ajena a él. La primera se refiere a la ausencia de coacción arbitraria por parte de terceros, la segunda a la capacidad efectiva de conseguir los fines propuestos por un individuo. Una persona pobre sería así, para un liberal clásico, libre si, a pesar de la falta de medios materiales, no es sujeta a coacción. Para un liberal de izquierda, en cambio, no lo sería, precisamente porque esta segunda postura confunde la idea de libertad con la de poder y riqueza.

En la línea clásica, Adam Smith creía que los pobres eran plenamente libres y por tanto dignos en el sentido de ser capaces de tomar decisiones responsablemente. No abogó Smith, como sugiere Williamson, por igualdad de oportunidades materiales como fundamento de la libertad ni menos aún creyó que fuera el rol del Estado proveerlas. Tanto así que incluso en su propuesta de educación universal para los niños procuró sostener que esta debía ser financiada principalmente por los privados y no por el Estado.

Lo anterior nos lleva a otra confusión en la carta de Williamson: proponer políticas públicas en cierto grado intervencionistas para aliviar necesidades no significa adherir a la idea de que sus beneficiarios carecen de libertad. Ni Smith, ni Friedman, ni Hayek justificaron sus ideas de políticas públicas con el argumento de que buscaban proveer de libertad a los individuos. Su argumento apuntaba más bien a la utilidad social que ellas producían procurando siempre dejar a las personas amplios grados de responsabilidad personal en su ejecución. Es más, Friedman dice textualmente que la libertad, en términos políticos, es la “ausencia de coacción de un hombre por parte de otro” descartando que sea el resultado del acceso a bienes materiales como creían sus adversarios defensores del New Deal e identificados con el liberalismo de izquierdas. La propuesta del voucher educativo es el mejor ejemplo de una política que pretende subsanar ausencia de recursos y no de libertad o agencia responsable, la que el liberalismo clásico considera inherente a los seres humanos.

Como diría Friedman, “el corazón de la filosofía liberal es la creencia en la dignidad del individuo y de su libertad de hacer lo mejor de sus capacidades y oportunidades de acuerdo a sus propias luces” y es incompatible con la idea de “redistribuir por razones de justicia”. Lamentablemente muchos economistas de Chicago parecen haber olvidado esa lección.

Carta al diario El Mercurio de Axel Kaiser

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