Como afirmé en una reflexión escrita al inicio de la emergencia sanitaria, ésta le brindaba al Presidente Sebastián Piñera lo que llamé “la segunda oportunidad”. Entendía por tal el inicio de una etapa en que, dotado del empoderamiento adicional previsto en el estado de excepción constitucional que estaba plenamente justificado, dispondría del tiempo y la fuerza necesarias para reparar los daños y la pérdida de prestigio y de respeto que le había ocasionado a su gobierno y a su propia persona el pésimo manejo de la crisis política desatada por la asonada más que previsible de octubre del año anterior. Para lograr esa plena restauración era necesario que, en esta nueva etapa, cumpliera un conjunto de tareas que me atreví a señalar: acabar radicalmente con la guerrilla en la Araucanía, desmantelar a los comandos subversivos responsables de la asonada de octubre, restablecer la armonía en la relación cívico–militar, organizar un eficaz y unificado servicio de inteligencia, ampliar su base política mediante la convocatoria a un transversal frente de restauración democrática.

Cuatro meses después, es de todo punto evidente que Piñera II no solo no ha culminado ninguna de estas imprescindibles tareas, sino que ha empeorado la situación en varios de estos críticos frentes. Para apreciar esto debidamente, conviene repasar la situación en cada una de estas asignaturas. La actividad terrorista y subversiva en la Araucanía no solo no ha disminuido sino que ha aumentado y ya alcanza a la carretera, que es la espina dorsal del país, con el agravante de que ello ha ocurrido durante un estado de emergencia y con supuesto control militar. Los comandos delictivos y subversivos están tan campantes que agitan la reanudación de la violencia y el desorden a través de las redes sociales a la vista y presencia de la ciudadanía toda y lo hacen con absoluto desprecio del estado de excepción. Las Fuerzas Armadas tascan el freno y aumentan en su disgusto y desprecio hacia una autoridad política que les impone deberes policiales ineficaces porque portan armas que les está estrictamente prohibido utilizar y que, si detienen a un merodeador, al día siguiente estará en la calle y el soldado responsable puede ser sumariado porque aquel resultó con un moretón. El crecimiento de la base de apoyo político no solo no se ha logrado sino que el desorden, la demagogia y el populismo también han hecho estragos en su propia casa, al punto de convertirla en un circo que nada tiene que envidiarle al de la oposición.

Ante este desolador repaso, no cabe otra conclusión que Piñera II ha desperdiciado su “segunda oportunidad” y que, terminada la emergencia sanitaria más oficial que efectivamente, enfrentará una situación mas caótica que la inicial porque estará agravada por una coyuntura económica desesperada. Estará también confrontado, y sin espacio temporal, a un insensato calendario de consultas populares y elecciones que no pueden darse en peores condiciones políticas, sociales y económicas, que las dejan tan expuestas a la violencia, a los desencuentros y a los récords de abstenciones que lo único que de ellas se puede esperar es el deterioro terminal de la institucionalidad democrática. El gobierno sabe además, o debería saber, que hay un sector político bastante amplio que solo reconocerá los resultados de esos comicios insensatos si es que le son favorables y que clamará fraude y falta de representatividad cuando no lo sean.

Con un panorama tan oscuro y plagado de graves amenazas cabe preguntarse cuál será la suerte del país y cuál será la suerte del gobierno, entendiendo que se trata de dos cuestiones diferentes. Si la meta prioritaria del Presidente Piñera es terminar su periodo constitucional, todavía es posible que lo logre, a pesar de todo. Ese sería el triunfo de lo que podría llamarse la política de “después de mí, el diluvio” que ya practicó con éxito Luis XV. Pero si su primera prioridad es la de dejar al país con las mejores ocasiones para recuperarse y salvar su democracia, todavía tendría tiempo para hacer lo que antes no hizo en las dos oportunidades pasadas. Cierto es que esta última prioridad implica postergar su persona para poner al frente el interés nacional, con todo el riesgo individual que eso implica, de manera que no hay que censurar a todos los que la consideran una opción imposible.

Analizar el futuro político que espera Chile excede el marco de esta reflexión, de modo que la concluiré aludiendo a los misterios que dejará el Piñera II y que, seguramente, inflamarán la imaginación de futuros novelistas. ¿Cuál era el país que el Presidente Piñera imaginaba cuando tomó un camino tan claudicante? ¿Qué fue lo que trasformó al valeroso mandatario salvador de los mineros enterrados en el presidente débil, indeciso y sin principios que condujo su segundo mandato al desastre?

Pero, cualquiera que puedan ser las fantasías sobre estos misterios, lo que  está fuera de dudas es que el juicio histórico sobre el Piñera II no será benigno, como no puede serlo para el gobierno que presidió la etapa más desgraciada del devenir republicano. Se le reconocerá la impredecible catástrofe de la pandemia y también se le reconocerá que tuvo que vérselas con el peor parlamento de más de dos siglos de república, pero aún así no podrá condonarle su incapacidad política, su feroz pignoración del futuro económico del país, su insensato pago con principios básicos para obtener acuerditos inmediatistas que ni siquiera le respetaron.

Sin embargo, lo que más pesará en ese juicio histórico adverso será el despilfarro de su “segunda oportunidad”. Disponer de ella es un privilegio que no siempre concede la vida a las criaturas humanas tras sufrir una catástrofe. Tal vez por eso las “terceras oportunidades” son tan raras que se les llama “milagros”.

/Escrito por Orlando Sáenz para El Líbero

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