¿Cuánto tiempo llevamos los chilenos hablando del Partido Comunista?

Desde la primera fundación partidista de Recabarren, ha pasado ya más de un siglo; y desde la transformación de aquel Partido Obrero Socialista en el actual PC, ya van casi cien años. Pero, vaya fastidio, en el largo período que llevamos hablando de ellos no parece que todos los compatriotas interesados en lo público hayan entendido tres cosas fundamentales.

Primera: que es imprescindible tenerlos a la vista y escudriñarlos; segunda: que a pesar de sus aires de superioridad, es muy fácil entenderlos; tercera: que no se arrugan, que no claudican, que por eso mismo hay que tomarlos muy en serio.

De distintas maneras Eudocio Ravines y Marcos Chamudes -una vez fuera de sus respectivos PC- intentaron transmitirnos sus experiencias, pero no se les hizo mucho caso. Ahora, procura alumbrarnos Roberto Ampuero, aunque sigue habiendo escépticos que piensan que sus observaciones son solo una buena novela.

Repaso, por estos días, dos apasionantes fuentes, en paralelo.

Por una parte, El Siglo del primer semestre de 1946 -¡setenta años atrás!-, y ahí están en toda su magnitud las claves del presente. Acaba de terminar la guerra mundial y el PC ya no tiene compromisos de paz con la democracia chilena. Su lenguaje es virulento, pero su estrategia para los meses siguientes está en estudio. La decisión inmediatamente posterior es de todos conocida: apoyar la candidatura de Gabriel González Videla, aceptar cargos en su gabinete y, al mismo tiempo, desplegar toda la agitación social posible. González Videla no les perdió la pista, los entendió a fondo y, finalmente, se los tomó tan en serio que los dejó sin ministros y los proscribió por vía legal.

La fuente paralela es Arthur Koestler -el escritor húngaro de nacimiento e inglés por naturalización, comunista de juventud y anticomunista de madurez- a través de la edición argentina de El Yogi y el Comisario, publicada en Buenos Aires justamente ese año 1946. El libro de Koestler sobre el modo en que el mito es construido en la Unión Soviética -el mismo mito que fuera inspirador y financista directo de nuestros comunistas criollos- apunta en idéntica dirección: no deje usted de analizar con detención el comportamiento comunista y, en particular, sus declaraciones, contrastándolas unas con otras; descubrirá la simpleza elemental de sus tácticas verbales y de gestión; finalmente, otórgueles una enorme importancia, porque el mito lleva asociada una mística, y esa mística implica, según los diversos casos, un Estado, una burocracia, un partido, un ejército, unas fuerzas terroristas… lo que sea. No se le vaya a ocurrir mirarlos en menos. Si lo hace, en su país podría llegar “La oscuridad a mediodía”, título de aquella terrible novela del mismo Koestler.

Es triste comprobarlo en el caso Cuba-Aylwin-PC: nada de lo que tantas veces se le ha advertido ha logrado en la Democracia Cristiana chilena ni aceptación, ni asimilación, ni menos compromiso. Y por eso, una vez más, ha quedado descolocada y demudada ante la desfachatez, la simpleza y la persistencia de las decisiones del comunismo cubano y chileno. Una barrera mental, un bloqueo afectivo, una amnesia histórica parecen impedirles a los DC ver, entender y valorar algo tan sencillo.

Llevan 80 años complicándose con el tema. Y enojándose, incluso con pataletas, cuando se les recuerdan las decenas de sucesos paralelos, nunca bien observados, asimilados y enjuiciados. El PC lo sabe y por eso no teme hacer una y otra vez lo mismo: total ellos son democratacristianos y nosotros, comunistas.

Qué zonzos los primeros, qué fomes los segundos. Todo muy repetido.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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