La semana pasada viajé de noche en bus desde la Región de los Ríos a Santiago. Como es habitual, nos detuvimos en Temuco, donde subieron otros pasajeros. Poco después de retomar el rumbo a la capital, al norte de Ercilla, cerca de Pidima, el bus frenó de improviso y se detuvo bruscamente, situación infrecuente en este viaje que realizo con regularidad. Al mirar hacia afuera, pensé que había sido un accidente, pero no lo era, y mi sorpresa fue enorme al saber que había sido una acción de encapuchados.

En la oscuridad de la noche, un largo camión cargado -no con madera- se encontraba cruzado en la carretera, cubriendo el 80% de las pistas de circulación. Pocos minutos antes, un grupo de encapuchados lo había detenido, obligando al chofer a cruzar el camión sobre la calzada y rociándolo con combustible -bajo la impotente y angustiada mirada de este-, con el objetivo de incendiarlo.

Afortunadamente, la llegada de nuestro bus y de algunos otros vehículos que circulaban a esa hora permitió que la acción no fructificara y el camión no se quemara. Los encapuchados arrancaron y desaparecieron.

Mi sorpresa inicial se transformó en una profunda sensación de inseguridad. Si estamos en un país en el que existe el Estado de Derecho y de protección a las personas, entonces vuelvo a la pregunta que muchos nos hacemos en relación con La Araucanía y sus alrededores: si esto se trata de otro acto delictual simple o es una acción terrorista, ¿es esto normal? Esta vez, el chofer del camión y los que viajábamos en el bus fuimos afortunados. ¿Y si no lo hubiera sido?

Carta de Jaime Bellolio R. al diario El Mercurio

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