La idea de soberanía, de poder final e incontestable, se trasladó desde los reyes, bajo el absolutismo, al pueblo o la nación, durante las revoluciones y luchas independentistas, a la clase bajo los socialismos, hasta aterrizar en el sujeto. Hoy vivimos en la época de la fantasía soberanista del individuo.

Esta fantasía consiste en la idea de que cada uno debe poder definir su identidad con total autonomía e independencia de su condición natural y de su entorno social. Lo que importa es ser “auténtico”, ser “verdaderamente uno mismo”. La lucha de esta causa, entonces, es por la neutralización del entorno. Se requiere un ambiente neutralizado para que cada sujeto pueda elegir sin sesgos su ser: su sexo, su género, su nombre, sus creencias, su posición política y, en el extremo, su especie y su edad (nacionalidad y lenguaje están por verse). Y también para que su elección sea reconocida y aceptada como válida por los demás que, a su vez, podrán demandar reciprocidad.

Esta fantasía influye en la industria cultural y académica. Cada año se estrenan películas cuyo guion consiste básicamente en una pugna entre la identidad de un individuo y su entorno, con el emocionante triunfo del primero. De eso se tratan también la mayoría de los realities. Lloramos con Susan Boyle y tarareamos “Libre soy” de Frozen o “Beautiful” de Christina Aguilera. En tanto, en los seminarios de las universidades más importantes se discuten asuntos como si los padres tienen derecho a iniciar a sus hijos en una religión.

Este sueño, claramente, contiene elementos positivos: todos valoramos la libertad individual. Pero es muy distinto valorar la libertad individual a pensar que el individuo debe ser un soberano absoluto. Si ningún valor tiene prioridad sobre otro, en realidad da lo mismo lo que se elija, con tal que se elija. Y el problema de esto, como ha señalado Charles Taylor, es que lo elegido, que se supone que es lo que entrega sentido a la propia vida, se vuelve trivial.

Pero hay más. El lado oscuro del soberanismo individual es el desprecio por los que son incapaces de formar o ejercer su voluntad, por los que dependen completamente de otros y por los que traspasan el límite de la libertad ajena, incluso por necesidad. En suma, por todos los que estorban la soberanía ajena.

Dentro de esta categoría están los niños muy pequeños, los enfermos, los viejos y los pobres (incluyendo los inmigrantes pobres, porque a nadie parecen molestarle los ricos). No es raro, entonces, que la maquinaria de supresión “en buena” (o “neutralización”) se mueva hacia ellos y que muchos se pregunten sinceramente si sus vidas son valiosas.

El gobierno entrante, que pretende tener una impronta social, deberá decidir entre reivindicar la libertad y dignidad de todos los seres humanos, dándole prioridad a los que más la necesitan, o priorizar la agenda de la soberanía individual. Ambas se ven, de lejos, parecidas. Pero, miradas de cerca, son incompatibles. El diablo está siempre en las prioridades.