En materia de productividad, nuestras cifras frustran: producimos por persona la mitad de lo que generan los países avanzados, al mismo tiempo que trabajamos 30% más. Es decir, necesitamos tres veces los recursos utilizados en el mundo desarrollado para igualar su producto. ¿Por qué somos tan ineficientes? Permítanme ilustrar, con dos ejemplos cotidianos, cómo situaciones fácilmente corregibles reducen la eficiencia y, más importante, la calidad de vida.

El 1 de febrero, al iniciar mis vacaciones, manejé varias horas desde Santiago hacia el sur. En siete ocasiones me encontré con “trabajos en la ruta” que generaron atochamientos. Dos veces porque estaban pintando las líneas discontinuas que definen ambos sentidos; otra por la instalación de una reja divisoria en un bandejón central; tres por conos que impedían utilizar una de las pistas, aunque sin letreros ni trabajadores que explicaran la razón; y una porque estaban pavimentando, la única que me pareció justificada. Es sabido que el flujo vehicular es mayor cuando parten y terminan los meses estivales. Nos habríamos ahorrado varias horas improductivas si estos cortes en el camino hubiesen sido postergados un día.

Durante este verano estuve en uno de los preciosos lagos de la región de La Araucanía, a 25 kilómetros de la ciudad principal en la zona. En la mitad asfaltada del recorrido abundan los condominios, en el tramo con ripio hay varios poblados y zonas turísticas. Sin embargo, el trayecto no tiene un lugar formal para dejar la basura. Obviamente, aparecen sectores en los que muchos dejan bolsas, las que, asumo, los perros vagos agradecen, pero no los turistas. Instalar contenedores no solo mantendría el entorno más limpio, además facilitaría la tarea de aseo municipal y evitaría que algunos deban desplazarse un buen rato hasta la ciudad más cercana para botar sus desperdicios apropiadamente.

Estos dos ejemplos muestran, respectivamente, los dos factores principales tras la productividad: la asignación de recursos y el nivel de inversión. Realizar en un momento más adecuado los trabajos en el camino habría minimizado el impacto en el flujo vehicular. E invertir en contenedores para la basura en los sectores más transitados facilitaría la tarea de la municipalidad, permitiendo que algunos de sus trabajadores se enfoquen en otras necesidades de la comunidad y que muchos residentes y turistas en la zona no estén obligados a realizar un largo viaje para proteger el entorno.

El principal mensaje de esta columna es que, sin perjuicio de algunas tareas pendientes de gran envergadura en Chile, como los desafíos institucionales de modernizar el Estado y agregar competencia en los mercados, aumentar la productividad también exige asumir un sinfín de situaciones, individualmente insignificantes desde la mirada agregada, pero que en conjunto explican una parte relevante de nuestra brecha con el desarrollo.

/Escrito por Raphael Bergoeing para La tercera

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