A la mayoría de ustedes, queridos lectores, los considero inmaduros. Porque ante mis ojos muestran su inmadurez de distintas maneras.

Por ejemplo, me resulta inmadura la forma en que entienden la democracia.

Para la enorme mayoría de ustedes, la democracia es una forma de organización de la sociedad en la cual el poder pertenece al conjunto de la ciudadanía. Para ustedes, las decisiones colectivas son adoptadas por todos a través de mecanismos de participación directa o también indirecta, a través de los cuales se mandata a representantes de la gente para que ejerzan el poder. Esa es la manera, según ustedes, en que nuestros gobernantes obtienen su legitimidad.

Sobre este mismo concepto, según mi percepción, ustedes son de los que creen que en nuestra forma de convivencia social, todos debemos ser libres e iguales en derechos y oportunidades.

Por lo mismo, y por cómo los he ido conociendo en todos estos años, me atrevería a asegurar que ustedes consideran que las personas disponemos de ciertas condiciones básicas -facultades o bienes primarios- por el solo hecho de ser seres humanos, para garantizarnos una vida digna, sin distinción de raza, sexo, idioma, religión, punto de vista, nacionalidad, origen social, posición económica o cualquier otra característica o circunstancia.

Pensar así es tener la inmadurez de creer que existen los derechos humanos.

Y si les digo inmaduros no es por considerarlos ingenuos o pueriles, por creer que esta forma de vida es imposible, porque de hecho es la que se intenta desarrollar en la mayor parte del mundo civilizado, sino que los trato así por considerarlos el antónimo de Maduro; de Nicolás Maduro.

Maduro ha demostrado no compartir ninguno de los conceptos expresados en esta columna. No cree en las elecciones libres, que permitirían a su pueblo ejercer la democracia y darle legitimidad a su permanencia en el poder; no cree en la prensa libre ni en la libertad de expresión; no cree en la necesidad de garantizarles a sus compatriotas -sin discriminación alguna- las condiciones básicas para que puedan tener una vida digna.

En síntesis, si Maduro no cree ni en la democracia ni en los derechos humanos, quienes se consideran su antítesis podrán denominarse “inmaduros”, al menos durante el tiempo en que dure la polémica respecto de la invitación para que venga a Chile a la ceremonia de traspaso del mando. Para nosotros los chilenos, esa instancia es una fiesta de la democracia, especialmente cuando podemos mostrarle al mundo que somos campeones en la alternancia-sin-traumas.

Sí, creo que yo también soy como ustedes. Y al menos por algunas semanas voy a usar, al menos en la intimidad de mi mente, el hashtag #soyuninmaduro.

/Escrito por Joe Black para El Mercurio

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