En los descuentos de su gobierno, el ministro Eyzaguirre vuelve con una de las suyas, y se arma la grande. Que las reformas de Bachelet nos han acercado a ser un país estructuralmente desarrollado, afirma el hombre que se hizo famoso por aquello de los patines.

Desde la actual oposición salen a enfrentarlo, pero no logran descalificarlo. Lo contradicen en los números, pero caen en su juego conceptual; desvirtúan las razones que Eyzaguirre da, pero aceptan que el desarrollo sería algo así como un conjunto de índices, gráficos y leyes sobre situaciones descriptibles mediante instrumentos numéricos. El desarrollo, para estas buenas gentes, sería un conjunto de cifras, no una condición de las personas.

Ya pues, cortemos la tonterita: o el desarrollo es algo mucho más serio o no es nada que valga la pena.

Desde las humanidades -desde la filosofía, la antropología, la historia y la literatura- se postula aquello que se llama plenitud humana como el auténtico sinónimo de la palabra desarrollo. Una condición de completa realización que está muy lejos -y a veces incluso en las antípodas- de lo que algunos creen descubrir en los llamados “países desarrollados”. Si Eyzaguirre -y quizás Bachelet- creen que en el mundo que califican como desarrollado está el paradigma al que hay que dirigirse, el piñerismo podría alegrarse pensando que por fin las izquierdas se han enfocado en la dirección correcta, pero unos y otros compartirían un error fundamental: identificar el desarrollo con la moda, con la tendencia de los últimos decenios.

No. El desarrollo debe plantearse en otra dimensión; el desarrollo -si esta palabra significa algo sustantivo- no puede ser un puro despliegue de comportamientos circunstancialmente mayoritarios en Europa o Norteamérica, sino la concreción de unas muy específicas concepciones sobre las grandes cuestiones que se refieren a la persona humana. Mucho más saben de desarrollo Aristóteles y Cicerón que la mayoría de los Nobel del presente.

¿Es desarrollado un país que incentiva la anticoncepción, el aborto y la eutanasia? Se llame como se llame -¿Holanda, Bélgica?-, da lo mismo su PIB, porque el proyecto humano, la vida humana, están gravemente amenazados por el así llamado “desarrollo”. No puede recibir certificado de desarrollo el que mata selectivamente al menos apto. Eso podría llamarlo Huxley “un mundo feliz”, pero no es desarrollo humano.

Tampoco es desarrollado un país que niega a los padres el derecho a ser los primeros educadores de sus hijos e impide que puedan elegir la institución que acoja a sus vástagos durante más de cuarenta horas a la semana. No lo es, además, si rechaza el estímulo a la inteligencia como primer principio educativo y lo reemplaza por el simple adoctrinamiento.

El proyecto de un desarrollo verdaderamente humano contempla también la armonía entre persona y naturaleza, por lo que descarta esos ecologismos radicales que pretenden darle a Gaia una entidad autosuficiente y omnicomprensiva. Por eso mismo, el desarrollo auténticamente humanista considera la posibilidad de que muchos habitantes de cada país -en algunos casos, enormes mayorías- quieran darle culto a Dios y califiquen como un acto regresivo, de barbarie posmoderna, el dificultar o denigrar la libertad religiosa. Y vaya si hay países “desarrollados” en los que esa agresiva tendencia ha venido desplegándose.

Igualmente, es propio del auténtico desarrollo un conjunto de relaciones laborales armónicas y el cumplimiento de los deberes como mucho más importante que la exigencia de los derechos.

Casi todo lo anterior -o todo- ha estado ciertamente en las antípodas del proyecto Bachelet.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

/gap