A menos de 72 horas de la toma de posesión, el Presidente electo Sebastián Piñera deberá asegurarse de balancear adecuadamente la ansiedad por comenzar prontamente a dejar su propia huella en la ruta de desarrollo del país y la necesidad de evitar intentar hacer más en 20 días que lo que otros hicieron en 20 años. El éxito de su gobierno dependerá de su capacidad para saber apretar el acelerador cuando haya espacio y oportunidad de hacerlo, y de evitar ir apretando el acelerador y el freno con tanta frecuencia que el electorado termine mareado.

Los nuevos gobiernos siempre tienen que balancear el ímpetu de querer implementar rápidamente las reformas con la realidad de la política cotidiana. Porque siempre hay imprevistos, desastres naturales, errores no forzados, variables externas y porque el aparato burocrático se mueve más lento de lo que quisiera cualquier gobierno recién asumido, éstos pueden caer víctimas de la frustración de no poder avanzar tan rápido como desean. Además, los nuevos gobiernos inevitablemente alimentan expectativas de un rápido cumplimiento de sus promesas de campaña, la gente tiende a ser impaciente y demandar demasiado pronto que los elegidos cumplan sus promesas.

Como el gobierno del Presidente Piñera ganó con un margen tan amplio en segunda vuelta, y porque los cuatro años de Bachelet —con retroexcavadora de por medio— generaron la percepción de que Chile se desvió considerablemente de la hoja de ruta de un modelo social de mercado pragmático y moderado, hay mucha gente que quiere que la nueva administración utilice su propia retroexcavadora para retrotraer al país al punto donde estaba en marzo de 2014.

Pero así como la popularidad del gobierno de Bachelet comenzó a caer cuando la gente se dio cuenta de que las reformas impetuosas que obviaron la construcción de grandes acuerdos llevaron al país por mal camino, el gobierno de Piñera rápidamente perderá su apoyo popular si aparece como demasiado apurado por hacer cambios intempestivos e imponer su voluntad sin la construcción de consensos. Como Piñera sólo obtuvo un 36,6% en la primera vuelta, su apoyo más sólido está sustancialmente por debajo del 54,6% que recibió en segunda vuelta. Si él vuelve a ser el líder más marcadamente derechista de la campaña de primera vuelta, su apoyo caerá rápidamente y su capacidad para construir consensos atrayendo el apoyo de legisladores moderados disminuirá. Después de todo, una buena parte de los chilenos que votaron por Piñera lo hicieron para evitar que el senador Alejandro Guillier llegara al poder. Piñera necesita convencer a esos chilenos de que él es bastante más que el mal menor.

Pero así como el próximo Presidente debe evitar un golpe de timón demasiado brusco, también debe demostrar que el país sí cambiará de rumbo a partir del 11 de marzo. Después de todo, su promesa de campaña era que se vienen tiempos mejores. Su gobierno debe comenzar a dar señales de que el país comenzará a avanzar más rápidamente por el camino del desarrollo, con oportunidades para todos.

De ahí que el desafío del nuevo gobierno esté en saber cuándo apretar el acelerador de tal forma que no deba pisar después el freno con la misma intensidad. Un país que avanza más rápido debe también ser un país en el que el gobierno utiliza con menor regularidad el freno de forma brusca. Los chilenos quieren llegar rápido a destino, pero no quieren marearse en el camino porque el chofer acelera y frena bruscamente.

Hasta ahora, los nombramientos que ha hecho Sebastián Piñera en los ministerios, subsecretarías e intendencias regionales muestran un apropiado balance entre experiencia y caras nuevas, personas con habilidades técnicas y políticas, y representantes de los partidos de Chile Vamos y del mundo de los no militantes. Es cierto que hay nombres que generan dudas y otros que constituyen apuestas algo arriesgadas. Pero, en general, la nómina de equipos da confianza y tranquilidad. Resta por ver si esos equipos lograrán trabajar bien. Pero hasta ahora, hay más señales positivas que negativas.

Ahora que el avión se apresta a despegar, el piloto debe saber manejar la ansiedad de un vuelo largo que inevitablemente tendrá turbulencias, con la necesidad de tranquilizar a los pasajeros que tienen sueños y temores sobre lo que va a ocurrir en los próximos años. Ahora que se apresta a ponerse la banda presidencial por segunda vez, el Presidente Piñera debiera recordar que la gente quiere un vuelo tranquilo, que llegue a destino lo antes posible, pero sin demasiados sobresaltos ni sorpresas. Los chilenos lo escogieron para que sea un buen piloto que lleve el avión a destino. Eso implica comunicarse cuando sea necesario con los pasajeros, pero por sobre todo asegurarse de que el vuelo se desarrolle sin sobresaltos y de que, cuando haya turbulencias, la gente se sienta segura de que el piloto sabe maniobrar aviones.

Patricio Navia, #ForoLíbero

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