Poco después del amanecer, decenas de venezolanos se reunieron en la oscura estación de autobuses de Caracas. Cada uno llevaba una maleta grande, mantas, papel higiénico, pan y botellas con agua. Esposas llorando, niños confundidos y padres ancianos los abrazaban una y otra vez hasta que llegó el momento de revisar los boletos y pesar los equipajes, y luego se quedaron horas esperando que el autobús partiera. Cuando se puso en marcha, los pasajeros miraron a sus seres queridos, golpeando las ventanas y lanzando besos, mientras salían de la deteriorada capital. A bordo del autobús, el desarrollador web Tony Alonzo dijo que había vendido su guitarra de la adolescencia para ayudar a pagar su boleto a Chile. Durante meses se fue a la cama con hambre para que su hermano de 5 años pudiera cenar algo.

Otra pasajera, Natacha Rodríguez, operadora de maquinaria, fue asaltada a punta de pistola tres veces el año pasado. También iba a Chile con la esperanza de darle una vida mejor a su hijo, amante del béisbol.

Roger Chirinos, sentado en el autobús, dejó atrás a su esposa y dos hijos pequeños para buscar trabajo en Ecuador. Su compañía de publicidad llegó a un final particularmente amargo: manifestantes derribaron sus vallas publicitarias para usarlas como barricadas durante las violentas protestas contra el Presidente Nicolás Maduro.

El autobús de Alonzo, Rodríguez y Chirinos, entre otros, cuenta la historia de una nación que alguna vez fue rica pero ahora va en picada y empuja a cientos de personas a huir a diario de una tierra donde el miedo y la necesidad se volvieron algo cotidiano.

Con la moneda muy devaluada y los viajes aéreos al alcance sólo de la elite, los autobuses se han convertido en caravanas de miseria, rodando día y noche hacia las fronteras de Venezuela y volviendo casi siempre vacíos para repetir el largo viaje.

Los 37 pasajeros que se marcharon ese día lo habían empeñado todo, desde motocicletas y televisores hasta alianzas de boda, para pagar por su viaje. La mayoría nunca había estado fuera de Venezuela.

Durante nueve días, una reportera y un fotógrafo de Reuters acompañaron a los emigrantes en su camino a lo que esperaban fueran mejores días en Ecuador, Perú, Chile y Argentina. Durante casi 8.000 kilómetros, el autobús recorrió algunos de los paisajes más espectaculares de América del Sur, incluida la escarpada cordillera de los Andes y el desierto más seco del mundo, en Chile.

Aunque los emigrantes estaban impresionados por la vista que pasaba por sus ventanas, sus mentes estaban en la tierra que dejaron atrás y en la incertidumbre que les esperaba en sus destinos.

De Caracas a Concón

Un pesado silencio cayó sobre el autobús al dejar la terminal de Rutas de América. Taciturnos, los pasajeros mandaban mensajes de texto a sus familias o miraban por la ventana mientras el vehículo pasaba cerca de árboles de mango, fábricas cerradas y murales desmoronados del difunto líder Hugo Chávez.

Natacha Rodríguez, la operadora de maquinaria, había estado corriendo con la adrenalina al máximo para empacar, vender su televisor y su lavadora, y soportó largas filas para poner en orden sus documentos. Ahora, en este día de noviembre, estaba al borde del agotamiento.

Esta madre soltera de 29 años, viajaba con su hijo de 12 años, David, su hermana Alejandra y un amigo de la familia, Adrián Naveda, a lo que ella cree será una vida tranquila. El grupo se dirigía a Concón, un balneario donde los expatriados venezolanos les aseguraron que había mucho trabajo. Rodríguez dijo que tenía esperanzas de que la juventud de Venezuela pudiera provocar un cambio. Al igual que muchos de sus compatriotas, salió a las calles para protestar contra Maduro el año pasado, solo para quedar desconsolada cuando el mandatario consolidó su autoridad.

El miedo se sumó a la desesperanza de Rodríguez: su historia de tres robos a mano armada es familiar en un país plagado por las pandillas. Con la inflación consumiendo rápidamente su salario, la ya menuda Rodríguez perdió casi seis kilos por dejar de consumir frutas y bebidas gaseosas para que su hijo David no pasara hambre. “Tú te acuestas y estás pensando en qué vas a comer al otro día”, dijo. “Yo no me quería ir, pero la situación me obliga”, agrega.

Nunca había salido del país, y apenas estaba asimilando la enormidad de lo que intentaba hacer. En los días siguientes visitaría cuatro nuevos países, cruzaría la línea del Ecuador y vería el Océano Pacífico por primera vez. Pero no podía dejar de pensar en lo lejos que había viajado de su amado hogar.

MADELEINE ROSAL LLORA MIENTRAS HABLA POR TELÉFONO ANTES DE ABORDAR EL AUTOBÚS PARA VIAJAR A GUAYAQUIL, EN LA ESTACIÓN DE LAS RUTAS DE AMÉRICA, EN CARACAS. FOTO: REUTERS

Los venezolanos eligieron a Chávez en 1998 con el mandato de luchar contra la desigualdad. Un carismático ex teniente coronel, transformó el país durante sus 14 años en el poder, transfiriendo millonarios ingresos del petróleo a populares programas de subsidios sociales. Asustados por Chávez, una primera ola de ingenieros, doctores y otros profesionales comenzaron a partir hacia Estados Unidos, Canadá y Europa a principios de la década de 2000.

Ahora, venezolanos devastados económicamente y con menos formación profesional están inundando Sudamérica en una frenética búsqueda de trabajo en restaurantes, tiendas, centros de llamadas y en el sector de la construcción.

Algunos viajan hasta donde alcanzan sus ahorros: un boleto de ida a la vecina Colombia desde Caracas cuesta el equivalente a unos 15 dólares, la tarifa para ir a Chile o Argentina puede llegar a 350 dólares, una pequeña fortuna para muchos en Venezuela. Y la inflación encarece el viaje cada día que pasa.

El fantasma de Chávez

La vecina Colombia ha recibido la mayor parte de los emigrantes venezolanos, aunque Argentina, Chile y Perú también han registrado una gran afluencia.

Carmen Larrea tiene un asiento de primera fila en el éxodo. Es la dueña de Rutas de América, pequeña firma de autobuses con sede en Caracas, fundada hace casi 50 años para transportar a peruanos y ecuatorianos a Venezuela en busca de trabajo.

A los 75 años, Larrea ha vivido lo suficiente para ver un giro completo de las cosas. Ahora sobrevive de los venezolanos que salen del país.

La demanda de boletos para viajar al exterior se ha casi duplicado en los últimos seis meses, dijo Larrea. Alrededor de 800 venezolanos salen cada mes del país tan solo en los pocos autobuses de su compañía. “Estamos luchando con la corriente en contra”, dijo.

Al amanecer, el autobús llegó a San Antonio del Táchira, un pueblo venezolano colmado de basura cerca de la frontera con Colombia. La frontera es un salvavidas para los venezolanos desesperados: cruzan a diario para vender productos como licor, cobre, incluso su propio cabello, a menudo ganando más dinero en un día en Colombia que en un mes en su país.

Maduro ha aumentado la seguridad en la frontera en un intento por frenar el contrabando. Los pasajeros del autobús fueron forzados a descender y pasar por media docena de puestos de control a pie, luchando por transportar maletas, mochilas, mantas, comida y botellas de agua bajo el ardiente sol.

Caminando hacia el estrecho Puente Internacional Simón Bolívar, que une a Venezuela con Colombia, pasaron bajo un gran letrero del gobierno que decía: “No se habla mal de Chávez”.

El cruce tardó cinco horas, en parte porque las computadoras de la oficina de migración venezolana colapsaron. La aprensión de los viajeros creció cuando los soldados venezolanos, conocidos por extorsionar a los que cruzan, registraron sus maletas varias veces.

El pasajero Chirinos, el publicista, llevaba 200 dólares. Un soldado de la Guardia Nacional exigió la mitad para dejarlo pasar con una vieja Playstation considerada como contrabando. Chirinos entregó un billete de 20 dólares para zanjar la situación. “Nuestra propia gente nos roba”, dijo Chirinos más tarde, relatando la humillación.

Hace solo unos años, Chirinos, de 34 años, pertenecía a la clase media. Boxeó en un gimnasio y derrochó en vacaciones, incluido un viaje a Río de Janeiro en 2014 con su esposa. Pero a medida que la crisis empeoraba, incluso las pequeñas indulgencias, como boletos para el cine, quedaron fuera de su alcance. “Lo que siento es una tristeza tremenda”, dice.

Una vez cruzada la frontera en la bulliciosa ciudad colombiana de Cúcuta, los testigos de Jehová, los vendedores y los timadores de toda clase rodean a los abrumados emigrantes. Las calles de Cúcuta ya estaban llenas de venezolanos pobres. Los pasajeros del autobús compraron inmediatamente pesos colombianos en casas de cambio llenas de gente.

Pesos en mano, los emigrantes abordaron un nuevo autobús Rutas de América que los esperaba en Cúcuta. El vehículo subió hacia las neblinosas montañas colombianas. Por la ventana, se divisaban agricultores en sus tradicionales ponchos andinos, cuidando sus rebaños.

“¡Nuevo mundo!”

Al cruzar la ciudad de Bucaramanga, Adrián Naveda, que trabajaba en Caracas en una tienda de baterías de automóviles, se enteró por un mensaje de texto que su bisabuela había muerto. El joven de 23 años sintió el impulso de regresar. Pero sabía que el resto de su familia dependía de él para enviar dinero, una vez que llegara a Chile y encontrara empleo. “Hay que ser fuerte y seguir”, dijo Naveda.

El autobús continuó y se detuvo al tercer día de viaje en el departamento colombiano de Cauca para permitir que los venezolanos se ducharan y comieran. Justo antes de las 00:02 del cuarto día del viaje, el autobús llegó a la fría ciudad colombiana de Ipiales, cerca de la frontera ecuatoriana, a 2.898 metros de altura en los Andes. Los temblorosos venezolanos, casi todos sin abrigos, se formaron en la oscuridad para sellar sus pasaportes. Varios autobuses más se detuvieron, descargando a más compatriotas.

Mientras cruzaban hacia Ecuador, los venezolanos les dijeron a los agentes fronterizos que eran turistas. Los funcionarios, con rostro de aburridos, estamparon sus documentos y los hicieron pasar. Cualquiera que sea rechazado espera al siguiente turno de funcionarios para intentar cruzar, según dijeron vendedores ambulantes y gestores a Reuters.

A medida que el autobús avanzaba, los venezolanos expresaron asombro ante lo que veían desde sus ventanas: vacas gordas, semáforos funcionando, estantes de tiendas completamente surtidos, grandes campos de maíz y café. La gente, despreocupada, llevaba joyas de oro por las calles. “¡Es un mundo nuevo!”, exclamó Josmer Rivas, de 7 años.

En la capital ecuatoriana, Quito, donde el publicista Chirinos desembarcó, Josmer estaba tan emocionado de hallar un jabón que insistió en repartirlo entre todos. Aun así, el estado de ánimo en el bus a menudo era pesado.

Cuando a última hora de la tarde el autobús llegó a Guayaquil, la última parada en la línea Rutas de América, el pequeño Josmer Rivas saltó a los brazos de su emocionado padre, que había emigrado a Ecuador cuatro meses antes.

El cuarteto de Rodríguez y algunos otros subieron a un autobús a la medianoche para continuar su viaje hacia el sur, a Chile, algunos llevando latas de atún y galletas que les habían dado aquellos que ya habían desembarcado.

ADRIÁN NAVEDA, ALEJANDRA RODRÍGUEZ Y DAVID VARGAS EN LA FRONTERA DE PERÚ Y CHILE. FOTO: REUTERS

El viaje a través de Perú transcurrió sin incidentes, marcado por las vistas del Pacífico y películas de acción de Hollywood que se veían en pantallas de video.

Pero hubo algunos sobresaltos en el cruce hacia Chile, una de las naciones más estables y prósperas de América Latina. La policía interrogó bruscamente a los venezolanos. “¿Cuánta plata tienes?”, preguntó un oficial a Rodríguez: ¿Sabes que Chile es un país caro? ¿Sabes que hay venezolanos durmiendo bajo puentes? ¿Tú y tu hijo van a dormir debajo de un puente?”. Rodríguez, sin ponerse nerviosa, respondió que tenía un lugar donde quedarse y dinero suficiente para vivir.

Ella y el resto del grupo finalmente fueron admitidos en Chile. Sonrientes, se abrazaron rápidamente antes de emprender otro viaje en autobús a Santiago, casi 2.000 kilómetros al sur.

ALEJANDRA RODRIGUEZ Y SU HERMANA NATACHA, QUE VIAJARON EN AUTOBÚS DESDE VENEZUELA A CHILE, HABLAN CON SUS COMPAÑERAS MIENTRAS SE PREPARAN PARA DORMIR EN UN DEPARTAMENTO ARRENDADO EN CONCÓN. FOTO: REUTERS
/Escrito por Alexandra Ulmer (Reuters)
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