En entrevista a este medio el ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre, señaló: “Aunque les pese, este gobierno acercó a Chile a ser un país desarrollado”. A su parecer los países desarrollados tienen ciertos rasgos comunes, el esfuerzo por proveer igualdad de oportunidades, cierto nivel mínimo de protección social, la protección del ciudadano y una democracia suficientemente inclusiva. “¿Hemos llegado a tener un contrato social que contenga esos cuatro elementos? La respuesta es no, pero que estamos más cerca de lo que estábamos al final de la dictadura, sí”.

El ministro es incisivo y polémico, cuesta dejar pasar sus afirmaciones sin hacerse cargo de ellas. Tengo que reconocer que, pasado el primer impacto que me produjeron sus palabras, en el trasfondo tienen algo muy valorable: plantea el desarrollo como un objetivo importante. Precisamente algo que este gobierno sacó de su discurso, especialmente al inicio de su gestión y es recién ahora, con el proyecto que plantea el Presidente Piñera, que vuelve a colocarse nuevamente como un valor superior.

Pero la cuestión del desarrollo es más compleja y ahí es donde la diferencia de apreciación política es sustantiva. Nadie podría estar en desacuerdo con los cuatro puntos que él coloca como parámetro -se podrían agregar otros como la certeza jurídica-, pero comparar la situación actual con la que tenía Chile hace 27 años atrás, para evaluar la gestión del gobierno que termina es técnicamente burdo y políticamente abusivo.

La pregunta no es si en estos cuatro años hemos hecho cambios normativos y estructurales que nos acerquen a esos requisitos del desarrollo, sino si el actual gobierno generó las condiciones para que esos cambios tengan existencia en la realidad fáctica -no solo en la normativa- y para que sean sustentables en el tiempo. Al contrario de la visión optimista del ministro, mi percepción es exactamente la contraria, el gobierno que termina nos alejó del desarrollo, en la medida que con muchas de sus reformas y de su manera de gobernar, le puso un lastre a la creación de riqueza y encaminó a su sector político a plantear un proyecto de continuidad aún más radicalizado en esa dirección.

Al terminar la actual gestión el candidato presidencial oficialista citaba al che Guevara, anunciaba que metería las manos al bolsillo de los ricos y prometía completar el proceso hacia una nueva constitución, a través de la tantas veces anunciada asamblea constituyente. A mí por lo menos, nada de eso me suena muy parecido a Suiza, por citar un ejemplo de desarrollo económico, institucional y cultural. Al final del día, uno de los problemas insolubles para cierta izquierda es que la riqueza no se crea por ley y que ese pacto social del que habla el ministro no solo hay que escribirlo, también hay que financiarlo.

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