Jamás se habría de imaginar, la Presidenta Michelle Bachelet, que los peores dolores de cabeza de su segundo mandato –que termina en menos de una semana– se los provocaría su hijo. Lo cierto es que Sebastián Dávalos se convirtió en una pesadilla desde ese aquel tranquilo verano en Caburgua, interrumpido por la publicación de una revista que denunciaba privilegios de su nuera e hijo al obtener un crédito, hasta los últimos días de esta temporada estival, en que nos enteramos que el primogénito será formalizado por estafa, apenas 17 días después que Bachelet abandone La Moneda. Injusto para una mujer que se decidió a asumir nuevamente un desafió tan grande, luego de haber terminado, hace 8 años, con un 80% de respaldo público. Qué distinto pudo ser el destino para la Mandataria de no haber sido por esa palabra oscura y sospechosa llamada Caval.

No cabe duda de que la Jefa de Estado cometió un tremendo error al no escuchar a su entorno –lo han confesado varios, quizás como una manera de desligarse de responsabilidades– que le advertía que no era conveniente designarlo como Director Sociocultural de La Moneda. A la luz de los hechos, es probable que a Bachelet la haya traicionado la desconfianza en otros, optando por un riesgo poco controlable al nombrar a Dávalos, considerando su “expediente” previo de ambición desmedida, demostraciones de falso exitismo –como la recordada escena de los Lexus convertibles–, el comportamiento de rockstar y su personalidad desbordante, lo que ya le  había traído disputas y peleas en el comando de campaña, especialmente con el otrora niño favorito, Rodrigo Peñailillo.

Fue una debilidad de madre, un arrebato o simplemente una demostración de poder frente a los ambiciosos partidos de la fallecida Nueva Mayoría. Las razones de la decisión ya no son relevantes, lo cierto es que se convirtió en un flanco insalvable de esta segunda aventura: la dejó dentro de los casos de irregularidades y “abuso de poder”, pese a no tener ninguna responsabilidad en los hechos.

Recordemos primero, que Dávalos se demoró más de una semana en anunciar, en una puesta en escena lamentable, su renuncia al cargo; luego, y a poco más de un año de que explotara el caso Caval, Sebastián sufrió una especie de descontrol total y salió denunciando un enmarañado complot político en su contra, dirigido por los principales colaboradores de su madre, que, incluso, lo habría llevado a borrar su computador por temor a que le manipularan los correos electrónicos. Esta paranoia representó un signo de su escasa habilidad social y pésimo manejo comunicacional. El problema nunca fue político. El problema siempre fue él.

Dávalos siguió la estrategia de la mayoría de los acusados por corrupción, estafa, colusión o aportes ilegales durante estos últimos años: negar los hechos e intentar victimizarse a través de un juego de contrataque, el que, por cierto, siempre termina agudizando los problemas de quien opta por esa vía.

Primero, las emprendió contra Peñailillo, luego apuntó sus dardos contra Girardi, Bitar y otros. Además de acusarlos de conspirar en su contra, aseguró que todos ellos sabían previamente de los negocios de su señora, lo que dejó en una posición aún más incómoda a la Mandataria, quien argumentó que se había enterado del caso por la prensa. Es decir, de acuerdo a este nuevo argumento ¿nadie de sus cercanos se atrevió a advertirle de la peligrosa ambición de su nuera?

De hecho, en varias oportunidades las emprendió contra los fiscales en duros términos. Nunca  midió el daño que le provocaba a la imagen de su madre. En más de un momento pareció que su objetivo era “vengarse” del Gobierno. Creo que buscó siempre limpiar su reputación –de manera poco inteligente, por cierto–, sin importarle los costos. ¿Cómo es posible que el ex funcionario público nunca haya sido capaz de testear con alguien de La Moneda su estrategia, sabiendo el impacto que todas sus actuaciones tenían para la propia  Bachelet? O que ni siquiera tuviera la confianza como para advertirle a su mamá del arrebato que venía. No tengo duda respecto a que, por segunda, tercera y cuarta vez, Bachelet se enteró de los numeritos de su hijo por la prensa.

Y, por supuesto, Dávalos ni siquiera consultó a algún experto en comunicaciones acerca de cómo podían ser recibidos en la opinión pública sus múltiples arrebatos, incluyendo aquel cuando denunció que dentro del Palacio de Gobierno existían personas que tenían tal poder, que eran capaces de realizar operaciones de inteligencia, las que, ni más ni menos, podían afectar a la Jefa de Estado. Argumentos temerarios, pero principalmente torpes. Los rumores de su viaje a Paraguay –en que según redes sociales había utilizado pasaporte oficial– o su emprendimiento  llamado “OINK” –¿no podía ponerle un peor nombre?–, quedaron solo a altura de anécdotas simpáticas en comparación con los otros delirios.

En el psicoanálisis, el matricidio es la representación simbólica de ese intento profundo e inconsciente de separarse de la madre, de romper con los lazos afectivos de la infancia y adolescencia, liberarse y poder así volcarse a los amores de la vida futura. Es una forma de demostrarle a la progenitora que hemos crecido y madurado. También implica mostrar la rebeldía, y la rabia contenida a través de conductas extravagantes y al límite. Claro que esto suele ocurrir en una etapa temprana de la vida.

Creo que Michelle Bachelet no se merecía que su Gobierno se tiñera de Dávalos. Ni sus reformas estructurales tuvieron tanto costo para la Mandataria y, por supuesto, otro gallo habría cantado sin este nubarrón familiar sobre sus espaldas. Uno no elige a su familia, pero nadie está obligado a ponerlo en un cargo. Esperemos que a Sebastián Piñera no se le ocurra nombrar al Negro en ninguna posición. Así sea.

/Columna de Germán Silva Cuadra para El Mostrador

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