Si bien fue hasta 1975, cuando la celebración del 8 de marzo fue oficializada por la Organización de Naciones Unidas (ONU), es imprescindible registrar su iniciativa muchas décadas atrás, por parte de las pioneras feministas Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Aleksandra Kolontái, Nadezhda Krúpskaya e Inessa Armand.

Ellas reivindicaron el derecho al sufragio universal de nosotras las mujeres, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas (Copenhague, 1910), lo cual gestionó que un año después, el 19 de marzo de 1911, se llevaran a cabo por primera vez mítines con más de un millar de personas en Suiza, Alemania, Austria y Dinamarca, demandando a parte del voto, la posibilidad de ocupar cargos públicos, la formación profesional, el derecho al trabajo y la no discriminación laboral. Es decir, fue desde el pensamiento de izquierda, donde mujeres militantes levantaron su voz para visibilizar la urgencia de lucha desde la clase trabajadora, en defensa de mujeres, quienes no solo eran explotadas por ser trabajadoras, sino también en su condición de mujeres.

Desde ese momento y mucho tiempo antes, otras mujeres en distintas latitudes, desde formaciones profesionales, académicas, sociales, culturales y económicas han unido esfuerzos, para luchar por acciones reales de acceso en igualdad, dentro de un sistema patriarcal, el cual deliberadamente genera violencia de género, rescatando también que masculinidades no hegemónicas como homosexuales, afrodescendientes, migrantes, desempleados también la sufren. Para ilustrar, hagamos alusión a algunas de estas situaciones de violencia contra las mujeres.

• Ser vistas como potencial carga económica. Si quedamos embarazadas seremos carga patronal; cuando menstruamos haremos perder minutos de producción; si nuestros hijos e hijas enferman, no sacaremos el trabajo de la jornada.

• Ser estereotipadas. Que si lloramos por todo; que si no se nos puedan dar cumplidos porque ya será acoso sexual; que si no podremos con la carga física; que si no somos discretas. Que si tenemos muchos hijos o hijas, somos irresponsables; que si decidimos no tener, no somos mujeres “completas”.

• Ser doblemente explotadas. Que no se tome en cuenta el aporte del trabajo doméstico; que el cuido de otras personas se nos adjudique de manera automática; que debamos aceptar menor pago por igual trabajo y solo por no ser hombres.

• Ser censuradas. Que debemos vestir de cierta forma “para no dar el mensaje incorrecto”; que debemos usar un cierto tono de voz; que no podemos desempeñarnos en espacios de trabajo “masculinizados”; que se nos impida tomar decisiones sobre nuestro propio cuerpo.

• Ser irrespetadas. Que lo femenino es sinónimo de ofensa; que para muchos nuestro cuerpo es objetivado y estereotipado; que se nos diga “reinita”. Que seamos víctimas de abuso sexual.

Por lo tanto, es urgente concientizarnos sobre la necesidad de una agenda exclusiva para la reivindicación de mujeres y una toma de responsabilidad por parte de nuestros compañeros, jefes, familiares, parejas e incluso otras mujeres, de que día a día ocurren actitudes sexistas y discriminatorias. Asimismo, es imperioso que tengamos bien claro la concepción de la celebración del 8 de marzo como una iniciativa surgida de mujeres de pensamiento de clase trabajadora; iniciativa que llama la atención cada año hacia el justo reconocimiento del aporte tanto de las mujeres asalariadas como las no remuneradas por su trabajo doméstico a la economía y la cultura de este país, como también lo hacen muchas otras en otros países sopeso de mayores limitaciones y discriminación. ¡Luchemos día a día por una igualdad real de género!

/Escrito para el Diario Extra por Paola Badilla Vargas

 

*Antropóloga, afiliada a ANEP