Qué descaro, cuánta osadía, qué poca consideración por esa mayoría que votó en contra de sus reformas. Enviar a trámite parlamentario ni más ni menos que un proyecto de nueva Constitución de la República, ¡faltando cinco días para el término del mandato!

Adujo compromisos asumidos, pero reviso su sagrado programa y me encuentro con varios otros que tampoco vieron la luz. No me vengan con cuentos, esto es simple y llanamente una bajeza política, es obligar al próximo gobierno a pronunciarse sobre un documento hecho a la rápida (incluso con faltas de gramática y ortografía) y cuyo único atributo consiste en agrupar intereses de grupos minoritarios para así contar con una fanaticada dispuesta a apoyarlo a rajatabla.

Ya hemos comentado lo extenso de este período de traspaso después de las elecciones y de los espacios que genera para abusos como la aprobación acelerada de proyectos de ley o los viajecitos a rendir honores a las autoridades cubanas. Pero pretender dejar instalada una nueva Constitución. Por favor, eso lo supera todo.

Y que Mahmud no venga con comparaciones. Cierto que Piñera la embarró al enviar un montón de proyectos el día antes de irse de La Moneda (como cierto es, también, que Bachelet los retiró casi todos del Congreso apenas se apoderó del sillón presidencial), pero ¡estamos hablando de la Constitución!
Esta semana los contadores reclamaron al Servicio de Impuestos Internos por las dificultades de cumplir con los plazos de la operación renta. Ocurre que la reforma tributaria sigue siendo un enredo que ni el mismo SII ha podido clarificar, pese al montón de circulares emitidas a la fecha. Convengamos que los contadores no son tipos muy polémicos ni que marchen por las calles ante cada pequeña molestia. Por lo mismo, el propio SII se abrió rápidamente a condonar las eventuales multas a contribuyentes, mientras que el mejor humorista de Chile (el ministro Eyzaguirre) pidió que no se armara alharaca porque estamos en “marcha blanca”.

Pues bien, si la reforma tributaria, parchada y todo por el bueno de Valdés, es así de mala, imagine qué podemos esperar de un proyecto de Constitución que, por lo demás, surgió de unos “cabildos” y encuentros ciudadanos donde la gran mayoría de los chilenos NO participó.

Supongo que muchos lectores concluirán que este contribuyente es una suerte de pinochetista acérrimo que defiende la Constitución del 80, pese a su “ilegitimidad”. Pues sepan que no me opongo a nueva Constitución, sino a los proyectos de última hora, sin ninguna representatividad política (el gobierno que hoy termina perdió en las urnas y no tiene apoyo suficiente en las encuestas) y provenientes de una coalición que, como lo demuestra el chascarro de la reforma tributaria, ha dejado en evidencia su escasa rigurosidad y profesionalismo.

/Columna de El Contribuyente para La Tercera

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