Hay varias preguntas en torno a “Una mujer fantástica” y su Oscar que no logro responder: una cinematográfica, otra sociológica y las demás de carácter político.

La pregunta de cinéfilo es muy sencilla: ¿por qué algunos personajes de la película hablan con “voz de teleserie”, y no con aquella que se emplea todos los días? Ese defecto es frecuente en ciertas películas nacionales; en las argentinas, en cambio, la gente conversa como si estuviera en su casa o en la calle, sin utilizar voces que suenan falsas. Afortunadamente, el jurado de la Academia no sabe castellano por lo que esa falla pasó inadvertida. En todo caso, me alegra por los hermanos Larraín, productores de la película, en particular Pablo: me gustó tanto “Jackie” que, si de mí dependiera, le daría un Oscar todas las semanas.

La pregunta sociológica apunta a la actitud condenatoria de las redes sociales, que denunciaron el hecho de que muchos conservadores chilenos no se alegraran por el premio. ¡Una verdadera traición a la patria!, como si alguien estuviera vendiendo secretos militares a Bolivia. ¿De dónde salió ese patriotismo cinematográfico, que exige ponerse la camiseta de toda película que hace un chileno?

Ese nacionalismo barato exigiría que los fanáticos locales de Federer tuvieran que renunciar a sus preferencias de años en el caso de que el coloso suizo jugara la final de Wimbledon contra Nicolás Jarry, solo porque es chileno. Por favor, que vivan las provincias, pero no seamos provincianos.

Tengo más preguntas. Los conservadores que se apesadumbraron ante el triunfo de “Una mujer fantástica” tenían, ciertamente, una razón política. Sospechaban que ella iba a acelerar la tramitación de una mala ley de identidad de género.Tal como sucedió, si se atiende al éxtasis de la izquierda y de ciertas figuras de la derecha, que en un instante pasaron del plano cinematográfico al político y concluyeron que el Oscar exigía hacer algo. Curioso enigma: ¿por qué el hecho de celebrar una película tiene que traer consigo una determinada actitud legislativa? Es de esperar que en estos cuatro años a ninguno de nuestros gobernantes y senadores se les ocurra volver a ver “El Padrino”, o alguna película de vampiros, porque las consecuencias serían muy peligrosas para el país.

Yo entiendo que existan partidarios de ese tipo de leyes de identidad de género, aunque a mí me parezcan una frívola traición a los menores de edad. También comprendo ciertos cambios de opinión en la materia, si bien me permito recordar que el propio Obama rehusó financiar con fondos públicos las operaciones de cambio de sexo, atendido el hecho de que no había evidencia científica capaz de acreditar una real mejoría en la calidad de vida de quienes se sometían a ellas. Sin embargo, lo menos que podríamos pedirles a unos futuros gobernantes es que, en una materia tan delicada como esta, nos entreguen una razonada justificación de sus nuevos énfasis. Las vueltas de carnero requieren una explicación. De lo contrario, lo suyo no será ni siquiera el mentado patriotismo provinciano, sino puro y simple oportunismo cinematográfico.

Por otra parte, recordemos que uno de los problemas del anterior gobierno de Sebastián Piñera fue su incapacidad para manejar la agenda política, que terminó siendo impuesta por la izquierda. Al parecer, estábamos de acuerdo en que esta vez la centroderecha no iba a bailar al son de la música ajena, que se fijarían prioridades, que las urgencias ejecutivas y legislativas se concentrarían en los niños del Sename, La Araucanía, el estímulo del crecimiento, la protección de la clase media vulnerable o la seguridad ciudadana. ¿Cómo es que ahora, en sólo una semana, se vuelve todo patas arriba y comenzamos a oír otro tipo de mensajes? Perdonen que desentone en este día de fiesta para la derecha, pero, independientemente de lo que pensemos de la ley, cosas como esta me dejan preocupado.

Además, este tipo de incoherencias no deberían presentarse en el piñerismo, que ya sufrió en su anterior gobierno la amarga experiencia de no inspirar confianza en la ciudadanía. ¿No sacaron ninguna lección?

Al parecer, algunos en el nuevo gobierno todavía no se han dado cuenta de que deben cuidar con esmero cualquier granito de credibilidad que puedan llevar consigo a La Moneda. Y si no entienden que la credibilidad es un ingrediente necesario de la confianza política, habrá que decirles que no malgasten su vida en el servicio público: aún están a tiempo de volver a la vida privada.

/Blog de Joaquín García Huidobro para El Mercurio

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