Pasados ya unos días desde el Festival de Viña y algo más decantada la palabrería polvorienta que se genera en el fervor del evento, conviene, al menos para el registro, reflexionar sobre lo que fue, probablemente, el gran tema del que se habló -por quinto año consecutivo- durante el certamen: el humor.

En 2015, por ejemplo, la polémica recayó en la posibilidad de hacer humor sobre ciertas minorías, concretamente las sexuales, ya que tartamudos y gangosos aún no cuentan con la estructura organizacional LGTB. El año pasado, en tanto, el asunto que caló fue si era o no legítimo hacer provecho de la impopularidad de los políticos para, con una rutina pobretona y de fácil aplauso, terminar linchando socialmente a políticos con nombre y apellido con tal de ganar una cada vez menos exclusiva gaviota.

Este año era esperable que el humor trajera una nueva polémica, pero pocos previeron que el énfasis estaría en el tono más que en el contenido. Concretamente, la presentación de Chiqui Aguayo, durante la segunda jornada del festival, obligó a preguntarse por la vulgaridad en el humor.

Para abordar el asunto parece oportuno y justo utilizar los mismos descargos que la humorista realizó al día siguiente de su encendida presentación, con acento en cuatro argumentos que valen la pena indagar.

Primero, el argumento de la carga genética: “Yo hablo así. Quise demostrar como hablo con mis amigas”, dijo Aguayo. No hay que ser un sociólogo para darse cuenta de que uno, en los distintos escenarios en los que se desempeña, habla de distintos modos, no por hipocresía ni por trastorno de personalidad, sino sencillamente porque el escenario y la audiencia es particular a cada situación. Un rápido repaso a autores variopintos como Goffman, Lippmann y Bauman puede dar un sólido sustento a esta idea.

Socialmente (en principio), no hay problema alguno en que Aguayo hable así con sus amigas, tampoco es de interés público cómo le hable a sus familiares, pero la Quinta Vergara son miles de familias chilenas y millones de telespectadores en toda Iberoamérica. Esa diferencia exige un ajuste en el tono. Echar mano a una suerte de “autenticidad genética” roza la hipocresía. Dudo que Aguayo se presentase por primera vez a sus suegros en iguales términos que lo hizo, también por primera vez, ante millones de personas.

Segundo, el argumento de clase: “Hay un doble estándar impresionante. Yo no conozco, en el barrio alto ni en el barrio bajo, una mujer que no hable con garabatos”, dijo la comediante. Resulta ciertamente extraño que una mujer con tanto roce no reconozca que hay madres, de cualquier nivel socioeconómico, que no maldicen a sus maridos, y nietas que no vilipendian a sus abuelos. Nuevamente, otra cosa es lo que hagan ellas con sus amigos, pero cualquiera de estos espacios nada tiene que ver con la Quinta Vergara.

El mismo escenario ha recibido a decenas de humoristas que han dado en el clavo en el cómo hablan hijos, padres, tíos, motoqueros, curas, políticos y delincuentes, sin necesidad de excusarse en el que “así hablan todos, ergo, yo puedo hablar así”. Aguayo, como cualquier humorista, no es representante de un “todos”, sino que es un profesional que, esperablemente, observa situaciones graciosas de la vida cotidiana que merecen una sonrisa y, si cabe, una carcajada.

Tercero, el infaltable argumento de género. Tras su presentación, Aguayo agregó que “el terreno que pisamos las mujeres es machista. Por lo tanto: ¿porque soy mujer debo decir menos garabatos?”.

Nuevamente, en absoluto. Esto no tiene nada que ver con ser mujer, hombre, transgénero o pangénero. Resulta casi insultante meter en un mismo saco las desigualdades e injusticias que viven muchas mujeres en términos de salario, trato laboral o acoso callejero, con el impacto negativo que tuvo por su tono una rutina humorística en un escenario internacional. El solo hecho de que Chiqui Aguayo estuviese sobre el escenario es un triunfo para las mujeres de Chile, efectivamente. Pero su rutina, sencillamente, fue una vergüenza para hombres y mujeres, que de hecho llevó a las cadenas del resto del continente a dejar de transmitir los números de humor durante el resto del Festival.

Cuarto, el argumento de Pilatos: “No me puedo hacer cargo de la odiosidad de Twitter”, dijo la humorista, pues la red de microblogging estalló en la discusión sobre su rutina.

Cuando un artista genera una reacción positiva o negativa en la opinión pública –como es el caso de las redes sociales–, es absolutamente responsable de ella. Fue Aguayo la que generó el estallido 2.0, nadie más. Es evidente que “por hacerse cargo” no se entiende que tenga que contestar uno por uno los mensajes que la mencionan, pero, tal como sobre el escenario, en las redes sociales quien habla y/o escribe debe hacerse cargo. En el fondo, con esta frase, Aguayo insinúa que ella fue por las gaviotas y que lo que genere el alcanzar dichos “premios” no es de su incumbencia. Irresponsabilidad de alto nivel.

Chiqui Aguayo regaló otros argumentos, algunos simples lugares comunes como el que “es bueno que nos riamos de nosotros mismos”. Pero resulta curioso que desde Colombia tuvo que venir Carlos Mono Sánchez para hacernos retorcer de la risa y, aun siendo de otra cultura, todos nos sentimos identificados con las situaciones cotidianas que él, profesional y meticulosamente, supo exponer. ¿Dijo garabatos Sánchez? Claro que sí, pero pocos, acertados y en el lugar preciso de un guión elaborado con respeto a todos quienes pudiesen estar escuchando.

Por último —previniendo un argumento que aún no se esgrime, pero en cualquier momento saldrá a flote—, no se trata de beatería, oídos de monja o un supuesto aire medieval que ciertos poderes fácticos quieran imponer en nuestro país. Para nada. Esto se trata de desarrollar un arte –como el humor– de manera profesional, casi exquisita, y no el insulto arrogante de quien dice que lo que hace es buen arte porque, sencillamente,  él o ella lo afirma.

/Columna deAlberto López-Hermida, doctor en Comunicación Pública y académico UAndes para El Líbero

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