A diferencia del 2010, cuando Sebastián Piñera asuma la presidencia este 11 de marzo, encontrará un escenario regional y hemisférico políticamente mucho más afín que el existente en su primer mandato. El continente en estos años ha tenido un giro hacia gobiernos de derecha, especialmente en países del vecindario más cercano, como Argentina, Brasil, y Perú, mientras que en Estados Unidos la actual administración oscila entre el aislacionismo, y un retorno a políticas unilaterales que son reflejo de la base ultra conservadora que sustenta a Trump. Este escenario es propicio para que los sectores más conservadores en Chile presionen hacia posturas de mayor confrontación en temas regionales sensibles y complejos, apostando a una “correlación de fuerzas” hoy teóricamente más favorables. Sin embargo, sería un error histórico, y puede ser también un error estratégico, apostar a afinidades ideológicas del momento en el diseño e implementación de nuestra política regional y hemisférica. Por una parte, Chile tiene una larga tradición histórica en democracia de promover el diálogo y los acuerdos a nivel regional, independientemente de la orientación ideológica que tengan los demás gobiernos. A nivel bilateral, esto ha permitido durante el período de Bachelet, mantener una excelente relación con el gobierno de Macri en Argentina, pero también Chile ha sido país acompañante del proceso de paz en Colombia, y de diálogo político en Venezuela, gracias a la credibilidad ganada con esta política de “país puente” y promotor del diálogo, en una región que es, y seguirá siendo políticamente diversa. Nada sería más contrario a nuestros intereses entonces, volver a una lógica de “fronteras ideológicas” para proyectar nuestros vínculos, como las que predominaron durante la Era de la Guerra Fría. En este sentido, El futuro Presidente en su primer mandato hizo caso omiso de la mayoría de la presiones de la UDI para ideologizar el tratamiento de temas vecinales, y aunque el escenario pueda parecer más propicio para una política de este tipo ahora, en su segundo mandato debiese resistir también presiones que puedan surgir en esta dirección. Y no sólo porque ello implicaría una ruptura con nuestra mejores tradiciones en política exterior, sino además porque ello podría llegar a ser contraproducente para los propios intereses del nuevo gobierno, y los intereses más permanentes de Chile. Y es que en Estados Unidos y en América Latina hay un escenario político muy fluido, y nada garantiza que la actual orientación que hoy vemos, se mantenga en el tiempo. En el país del Norte, es muy posible que los Demócratas ganen las elecciones legislativas de noviembre de este año, y recuperen al menos el Senado.

/Escrito por Boris Yopo para El Mostrador

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