LA EDUCACIÓN quizás sea el área que mejor refleja la concepción que un país, una sociedad o una época tienen respecto a la vida humana. En la forma en que ella está diseñada, desde su etapa preescolar hasta los estudios universitarios, cristalizan los valores que los hombres y mujeres desean proyectar en sus hijos. Allí se juega el futuro. O como decían los griegos, el destino.

Por eso resultan atendibles los diagnósticos que intelectuales de todas partes vienen realizando respecto al estado de la educación. La crisis es global, lleva años y el ideario neoliberal, que pone el énfasis en educar para ser productivos y así volverse más competitivos en el mercado, no hace más que agravar la situación. Es lo que se desprende de las páginas que Tony Judt, J.M. Coetzee, Jacques Ranciere o Beatriz Sarlo han dedicado al tema.

A ellos se suma el psicoanalista Massimo Recalcati, autor de un ensayo rico en historias que alumbran conceptos y en conceptos narrados como historias. La hora de clases da cuenta del problema generalizado que afecta a la educación desde fines de los 60, cuando la autoridad de los docentes comenzó a ser socavada por una juventud deseosa de mayor libertad. Hasta mayo del 68, por citar un acontecimiento simbólico, existía una alianza entre padres y profesores: ambas eran las figuras de la tradición y el poder. Mejor, ambos eran la ley.

Y la ley vista como un obstáculo para la realización del deseo, explica Recalcati, hizo que el péndulo se fuera al otro extremo: pasamos de una “Escuela-Edipo” a una “Escuela-Narciso”. En esta última, en vez de desafiar la autoridad, el mundo queda reducido a la imagen que los jóvenes tienen de sí mismos, a su voluntad y a sus placeres.

Seguramente Recalcati ni sabe que en Chile se ha hablado de bajar las horas de historia, de suprimir filosofía y no enviar tareas para la casa. O que cada vez se leen menos clásicos. Todo, claro, con el afán de que los contenidos “conecten” con los intereses de los alumnos. Y si las cosas se ponen difíciles, por ejemplo cuando a un profesor se le ocurre poner notas que los niños consideran injustas, sus padres reclaman al colegio. Hoy -subraya Recalcati- los padres quieren para sus hijos “el éxito sin traumas”, y los profesores se han quedado solos, sin autoridad ni prestigio social.

A esta lectura simbólica de las relaciones, el psicoanalista agrega una dura crítica a la enseñanza entendida como una variante de la repetición y la copia. Así, mientras por un lado se exalta la personalidad del alumno, llegado el momento de las mediciones no se valora el conocimiento subjetivo. Más bien se pide que reciten lo que el profesor dijo, como si éste fuera una jarra de leche y los alumnos los vasos vacíos. Para Recalcati, un profesor es más bien alguien que abre “los ojos, los oídos, el cuerpo”, el que abre espacios “no concebidos antes”, para que el alumno los llene gracias a su deseo de conocer. Educar, entonces, se parecería más a un viaje, a una aventura, a una seducción, que a un traspaso de datos en función de la pura competencia.

/La Tercera Blog de Álvaro Matus

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