¿Qué debiera hacer la izquierda para enfrentar el formidable desafío que le ha planteado Sebastián Piñera con su pretensión de enfrentarla en todos los planos, consolidando así su liderazgo en la centroderecha y el país?

Debiera dejar atrás sus lastres. Y no le resultará fácil hacerlo.

Porque por algo esos lastres están allí y son, en parte, responsables del fracaso de Michelle Bachelet y de la derrota de la izquierda en las últimas elecciones.

¿Y cuáles son esos lastres?

Al menos tres en mi opinión.

El primero es su talante revolucionario. La tendencia irresistible de algunos de ellos a despreciar la opinión de las mayorías para insistir, a como dé lugar, en imponer un modelo de sociedad en que las personas deben comportarse según una particular visión del hombre dirigida desde el gobierno.

El “hombre nuevo” de la Unidad Popular, o “el fin de la desigualdad y el lucro” de Michelle Bachelet son expresiones de ese talante, que se niega a que la sociedad vaya evolucionando conforme a las reformas que las personas van consensuando al ritmo que dicta la política. Cualquier instrumento puede llegar a ser válido para conseguir sus objetivos; incluso aquellos que desafían las formalidades de la democracia representativa, como lo revela el fallido intento del gobierno de Michelle Bachelet de cambiar la Constitución por caminos distintos a los establecidos por la Carta Fundamental.

Ha sido ella, Michelle Bachelet, la máxima exponente de ese lastre. La que corre a besar la mano de Fidel Castro y de su hermano Raúl, ambos tiranos de Cuba, pero ante todo líderes y “compañeros de ruta” en el camino de la revolución que obnubiló a la izquierda latinoamericana en la década de los sesenta. Ella, y no su canciller, es ambigua respecto de la Venezuela de Chávez y Maduro, dando algún viso de realismo a aquello de “Chilezuela”, que más de algún voto le enajenó a la izquierda en las últimas elecciones.

Contribuyen con la Presidenta a mantener ese lastre los Girardi, los Quintana, los Elizalde, que hasta ahora se han impuesto a los Lagos, los Harboe y otros que, amén de sus convicciones, caen en cuenta que con esas ideas la izquierda no puede ganar elecciones en el Chile del siglo veintiuno. En el Frente Amplio, la influencia neomarxista de los “autonomistas” de Boric contribuye a ese lastre con una buena dosis de infantilismo revolucionario.

El segundo lastre de la izquierda es su rebeldía para aceptar los fundamentos de la economía moderna. Contra toda evidencia, aun en los más moderados izquierdistas hay una reticencia que no deja de sorprender a aceptar los mecanismos de una economía de mercado. Sin perjuicio de que en materia de competencia hay terreno que recorrer todavía, es insensato pensar que en una de las economías más abiertas del mundo en la mayoría de las industrias haya utilidades sobrenormales y barreras a la entrada. Es majadero, asimismo, continuar con el discurso de la política industrial, el imperativo de la diversificación de la matriz productiva, la superación de una economía basada en los recursos naturales, cuando Chile, Australia y Nueva Zelandia se cuentan entre los países de mayor crecimiento del ingreso per cápita en los últimos treinta años. Si la izquierda sigue creyendo que el modelo capitalista ha fracasado, continuará dando una gran ventaja.

El tercer lastre de la izquierda es su dependencia alimenticia de la administración pública, incompatible con la modernización de esta. El actual gobierno aumentó en más de un 25% real el gasto en remuneraciones del sector público, llegando a más de un cuarto de millón de funcionarios y gastándose más de un tercio de los recursos recaudados por la reforma tributaria.

Más temprano que tarde los chilenos, especialmente los jóvenes emprendedores y la clase media que se han labrado su posición sobre la base de su esfuerzo personal, no tolerarán que por el solo hecho de ser militantes de partidos políticos, los funcionarios públicos mantengan servicios de pésima calidad y avergüencen a los chilenos administrando instituciones como el Sename y otras de gestión incompatible con el nivel de desarrollo de Chile, sin poner en riesgo sus empleos. Así lo revela la última encuesta Bicentenario, que muestra un creciente malestar contra la inoperancia de la administración pública.

/Columna de Luis Larraín para El Mercurio

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