El Presidente Piñera ha subrayado, una y otra vez, que su voluntad es retomar la senda del diálogo y los acuerdos que la retórica de la retroexcavadora (esa es la imagen que él recordó) habría contribuido a abandonar.

¿Qué significado posee esa voluntad presidencial? ¿Tiene alguna relevancia para la práctica de los próximos años?

Para saberlo, puede ser útil distinguir entre dos formas de concebir el diálogo.

Se trata, por supuesto, de formas idealizadas que no tienen contrapartida real, pero ayudan a comprender la realidad mirando cuánto esta se acerca o se aleja de ellas.

En una -podría llamársele una concepción epistémica-, el diálogo se concibe como el intercambio de razones y puntos de vista con miras a alcanzar un objetivo que los partícipes del diálogo comparten. El intercambio de razones y la disposición a dejarse persuadir por ellas es visto entonces como una forma de descubrir o encontrar la mejor forma de alcanzar esos objetivos comunes que inspiran el diálogo.

Desde ese punto de vista, el diálogo es una forma de deliberar acerca de los problemas comunes en la que importan más las mejores razones que la voluntad o la fuerza (incluida la fuerza de los votos).

Pero junto a esa forma de concebir el diálogo hay otra que equivale más bien a la simple búsqueda de acuerdos. En este caso ya no se trata de intercambiar razones, sino de pesar voluntades. Los partícipes del acuerdo se comunican mutuamente sus fines y cada uno se muestra dispuesto a retroceder hasta aquel punto en que ambas voluntades alcanzan una especie de equilibrio. El acuerdo (no el diálogo en sentido estricto) no busca razones, sino que alcanza simples equilibrios de fuerza.

Desde este segundo punto de vista, el diálogo no es un método para saber mejor lo que hay que hacer, sino una forma de averiguar hasta dónde es posible llegar: alcanzar ese punto donde la voluntad del otro impide avanzar.

¿A cuál de esas dos formas de diálogo -a los diálogos en sentido estricto o al simple acuerdo- está invitando el Presidente y qué relación guarda con la política que viene?

Es probable que Sebastián Piñera cuando habla de diálogo y de acuerdo esté pensando en los primeros años de la transición, esos tiempos en que era senador y solía operar, él junto con Allamand, como una especie de quicio o bisagra para avanzar poco a poco en esos años difíciles. Entonces la política de los acuerdos no era en realidad una forma de diálogo genuino, sino más bien una forma de rendirse ante la tosca realidad de la fuerza. En ese entonces, no hay que olvidarlo, buscar acuerdos era mediar entre los poderes fácticos y el poder civil a fin de evitar que los primeros se irritaran.

Cuando las nuevas generaciones miran con desconfianza la política de los acuerdos están, sin duda, pensando en la actitud de esos años donde la medida de lo posible era la única medida, el único baremo para los asuntos públicos.

Pero una actitud como esa carece de todo sentido hoy día. Volver a la política de los acuerdos -a la práctica de ceder de lado y lado para que nadie se irrite- en un momento donde nadie atribuye a la fuerza desnuda legitimidad alguna, es un absurdo.

No queda más que entender entonces que cuando se habla de política de diálogo, se está llamando a formular razones y a ponderarlas en el espacio público. En otras palabras, se está invitando a que la democracia no sea solo un juego mudo de fuerzas electorales o de otra índole y, en cambio, se constituya en una forma de convivencia donde la razón, o las mejores razones, tengan un lugar.

Pero así concebido, el diálogo no puede realizarse en los pasillos, en los clubes, en los directorios, mediante telefonazos privados, palmotazos secretos o haciendo uso de redes informales o de la práctica de la comensalidad, esas variadas formas de ejercer el poder a las que la derecha (pero no solo ella) seguramente como consecuencia del carácter endogámico de sus élites, suele ser tan proclive.

La voluntad de diálogo se muestra en el Congreso Nacional (a condición, claro, de que sus miembros también se dispongan).

Porque en la democracia el Congreso Nacional debe ser el foro público por antonomasia, el lugar donde los representantes de la ciudadanía se disponen, a la vista de todos, a exponer sus razones y se muestran también dispuestos a dejarse persuadir por las razones del adversario.

Aquí hay, pues, un test al que el gobierno de Sebastián Piñera puede comenzar a ser sometido: la deferencia que muestre de aquí en adelante hacia el Congreso Nacional, que es, cabe repetirlo, el lugar donde, en una democracia, se muestra de veras la voluntad de diálogo.

/Columna de Carlos Peña para El Mercurio

/gap