El flanco comunicacional fue uno de los principales dolores de cabeza que tuvo el primer Gobierno de Sebastián Piñera, la debilidad en ese punto no solo generó crisis propias, sino que profundizó también las externas y las instaló a todas en pleno patio de La Moneda, con lo que se perjudicó directamente la aprobación presidencial, la evaluación a la gestión gubernamental e impidió, en la mayor parte de esos cuatro años, que tuvieran algún control sobre la agenda pública más allá de la seguidilla de incendios políticos que enfrentaron. Es cierto que, en esta segunda oportunidad de la derecha en el poder, ha sido evidente y comentada una suerte de cambio no menor en el Mandatario, se le ha visto menos ansioso y errático, pero, a pesar de eso, el diseño de Palacio para no repetir el libreto de errores en esta área tiene como uno de sus ejes una estrategia clara para protegerlo de sí mismo.

Entre la segunda vuelta y el cambio de mando, el piñerismo duro hizo un análisis descarnado de los errores cometidos entre el 2010 y marzo del 2014, se detectaron varios puntos claves que hoy, ya todos instalados en La Moneda, son ejes rectores del diseño y línea comunicacional que se están aplicando a los ministerios políticos, a todas las autoridades del gabinete, incluso a nivel regional, y que tiene como acápite al Mandatario.

Las famosas “piñericosas”, sus salidas de libreto poco ortodoxas, a veces cierta falta de empatía o tino e incluso los tics nerviosos que lo caracterizan, puede que en algún momento sirvieran para humanizar la figura del Mandatario, pero en este análisis se concluyó que el principal efecto fue dañar su imagen presidencial, mermó esa suerte de aura de autoridad que rodea a los jefes de Estado.

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