Al ver jugar a Marcelo, se me vino a la mente una frase que escuché muchas veces cuando jugaba en Italia y un jugador hacía un lindo punto: ¡Grande Giocatore!.

Esa frase y “qué grande que viene el río” fueron las que más utilicé en las transmisiones de los partidos de Marcelo, porque uno lo veía muy enfocado, muy prendido y con muchas ganas. Uno veía que estaba sumamente bien. Jugaba un nivel muy superior a su rival, y era mi manera de transmitir. Después, la gente en la calle me decía a mí “Grande Giocatore”.

Nunca fui su entrenador oficial, pero él iba mucho al club y entrenaba ahí. Tuve la suerte de estar cerca de él y también en la Davis, cuando fui capitán. Ahí me pude dar cuenta de que no sólo con el talento llegó al número uno. No hay que confundirse. Él entrenaba durísimo, era uno de los primeros en llegar a la cancha. Nunca le dije Chino; siempre le dije Marcelo. No me nacía decirle de otra manera. Siempre me llevé bien con él y siempre le decía que sus tiros eran imposibles, aunque yo alguna vez hubiera hecho alguno. Le decía que sus tiros eran únicos. A él le gustaba eso, sentirse reconocido.

El mejor partido que le vi, desde Argentina (estaba preparando la serie de Davis) fue precisamente la final con Agassi en Miami. Una superioridad brillante. Nunca jugué al póker, pero hay una máxima que dice: te calzo y te doblo. Yo lo veía así. Agassi hacía muy buenas jugadas, pero Marcelo hacía otras mejores. Venía con una confianza increíble y para ganarle a un tipo como Agassi había que estar muy bien.

Si tuviera que definirlo, diría que era muy talentoso. No le costaba mucho jugar y las cosas le salían de forma muy fluida y natural. Sabía rápidamente lo que tenía que hacer y eso le hacía no demorarse mucho para llegar al triunfo. Tenía muchos recursos en la cancha y, por lo mismo, siempre fue admirado por muchos jugadores.

/Escrito por Patricio Cornejo para el diario La Tercera

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