El Partido Comunista ha estado en el ojo del huracán en el último tiempo. A los dichos de Guillermo Teillier sobre TVN y el escándalo por la polémica Aylwin-Cuba, se suma –o más bien se revive– el conflicto PC-Arcis, en atención a la vinculación de la colectividad política con la recientemente quebrada universidad. Con deudas que superaban los ocho mil millones de pesos, la situación del plantel a través del cual PC obtuvo constante liquidez para sus campañas y distintas actividades, se hacía insostenible. Así, uno de los principales grupos opositores al lucro en la educación, había estado lucrando por años con lo que ellos mismos han denominado un “derecho social”.

Teillier, Camila Vallejo y Karol Cariola, entre otros, han guardado un profundo silencio al respecto, sin hacerse cargo del problema ni asumir responsabilidad alguna en esta catástrofe. Tampoco han esbozado críticas a sus compañeros de partido involucrados en el lucro en la Universidad Arcis. Es más, hasta el año pasado tenían el descaro de aseverar que no existía relación alguna entre el partido y la casa de estudios, y así lo afirmó el propio presidente del PC: “El Partido Comunista no ha tenido nada que ver institucionalmente con Arcis”. Sin embargo, cuando se ha tratado de la Universidad del Mar, los comunistas han sido los primeros en enjuiciar a quienes estuvieron detrás de robarles sus sueños a miles de ilusionados jóvenes que confiaron en ellos para optar a un futuro mejor. Por la misma y justa razón que se indignaron ante esa situación, los comunistas deberían reprender con fuerza este nuevo papelón.

Sin embargo, no es de extrañar esta conducta bífida de los comunistas, pues es propia de su concepción de mundo, resumido en la frase “todo dentro del partido, nada fuera de él”. Su desidia con respecto a lo que ocurre en la Arcis se explica porque para ellos, lo nacido desde la entraña comunista no debe ser criticado: es la verdad total. En ese sentido, los entes educativos privados, con un proyecto y sello distinto al que ellos proponen –a través del Estado a largo plazo, al corto, mediante la Arcis– deben ser repudiados inmediatamente, pues no responden a esa idea totalizante recién mencionada. Más aún si el proyecto comete el pecado mortal de lucrar.

Ahora bien, ¿es lucrar intrínsecamente algo perverso? Creo que no. Lucía Santa Cruz hace un tiempo afirmó que “El ‘fin del lucro en todo el sistema educativo’ es meramente un eufemismo para ocultar la destrucción de gran parte de la educación particular”, es decir, para ella existe una finalidad político-ideológica que busca centralizar los fondos públicos y erradicar a los privados de la educación, y no un fin técnico para cambiar la educación en nuestro país. Podemos evidenciar que al partido de la hoz y el martillo no le importa ni un poco la calidad de la educación que se les entrega a nuestros niños y jóvenes, pues de ser así no estarían volviendo una y otra vez a la idea de “no al lucro”, y empezarían, por ejemplo, a hablar de excelencia.

Mientras en Chile seguimos entrampados debatiendo en torno al lucro por razones netamente ideológicas, el mundo discute cómo implementar las nuevas tecnologías en educación: el uso de robots como mecanismo educativo y los nuevos sistemas de enseñanza –hace un tiempo Finlandia hizo noticia por anunciar que sustituiría el sistema tradicional de asignaturas–  son algunas de las cuestiones a las que nuestro país parece querer permanecer ajeno, quedándose en el estéril debate sobre si es bueno o no que, de hacer un buen trabajo, se gane dinero entregando una educación de calidad.

El llamado tiene que ser a abordar el debate educacional con altura de miras, para proponerles a los chilenos un sistema educativo íntegro, moderno y de calidad, y extirpar de la opinión pública la anquilosada visión, con tintes de Guerra Fría, en que seguimos empantanándonos hoy.

Esteban Montaner Rodríguez, investigador Fundación para el Progreso para el Líbero

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