Carlos Solís, investigador de la UNED en un artículo publicado en la revista Asclepio, este esfuerzo dio lugar a esfuerzos intelectuales muy peculiares. En la segunda mitad del siglo II se introdujo la resurrección de los cuerpos materiales y hubo que explicar el modo en que los cadáveres descompuestos, comidos por los gusanos o absorbidos por las plantas, se podían volver a reunir para formar a todos los humanos que habrán vivido cuando se acabe el tiempo.

Según explica Solís, Atenágoras, planteando una teoría de la materia más parecida a la que hoy se conoce, “supone que hay unas partes mínimas que se dispersan por el ecosistema, diminutas pero intactas, con lo que el problema de reunirlas de nuevo es meramente técnico y una fruslería para la omnisciencia divina que conoce la posición de cada una”.

Solís hace un cálculo de las dimensiones de la tarea que deberá cumplir Dios antes del juicio final: “Podemos contar con no menos de 26 toneladas de materia cadavérica por kilómetro cuadrado, estimando a la baja la esperanza media de vida en unos diez años, cuando un niño de hoy alcanza los 30 kilos de peso. La población total de Homo sapiens moderno en toda la historia se ha calculado en unos 107.000 millones; 100.000 millones quitando los aún vivos. Las tierras emergidas suman 148,6 millones de kilómetros cuadrados, a las que si restamos los 32.941 millones de desiertos con población despreciable, nos dejan unos 115,7 millones habitables. Así, podemos calcular que de media ha habido unos 864 cadáveres por kilómetro cuadrado”.

/gap