Imaginen que un investigador lograse reunir a los cuatro evangelistas y a Pablo de Tarso para interrogarles sobre las extrañas circunstancias de la resurrección de Jesús de Nazaret. Primero pregunta si se apostaron vigilantes en la tumba. Todos lo niegan menos Mateo, que asegura que los saduceos pusieron soldados para evitar el robo del cuerpo. A continuación quiere saber quiénes fueron los primeros en ir allí. Ninguno de los cinco coincide. ¿Cómo se abrió la tumba? Mateo dice que hubo un terremoto y la piedra se movió pero nadie más sabe nada del seísmo. El investigador empieza a impacientarse. ¿Coinciden al menos en los nombres de las primeras personas a las que se le apareció Jesús después de resucitar? Para nada. Pablo dice que a Cefas, a los Doce y luego a quinientos hermanos. Marcos no sabe nada de eso. Mateo dice que las primeras fueron las dos Marías, Lucas responde que fueron los discípulos que iban a Emaús y Pedro, y Juan asegura que la primera fue sin duda María Magdalena. ¿Y la Ascensión? El único que tiene la certeza de que ocurrió es Lucas… El investigador, desesperado, suspende la sesión.

Tan surrealista escena la recrea el historiador y filólogo semítico Javier Alonso López en su último libro, ‘La resurrección. De hombre a Dios’ (Arzalia) un compendio en el que nada falta y que se lee de una tacada sobre las ideas y textos que fundamentan la creencia en la resurrección de Cristo, pilar de la Iglesia Católica. Y que, desde la posición escéptica del investigador que sólo aspira a explicar los hechos, reconstruye el proceso mental que dio lugar a una de las mayores religiones monoteístas de la historia.

El autor repasa las principales teorías o hipótesis existentes entre científicos y aficionados a la historia sobre la resurrección en sí y en concreto la de Jesús, para ofrecer una convincente visión de conjunto que ayude a centrar el caso y procure aclararlo en lo posible. La cuestión es básica para quien vive en una cultura cristiana: san Pablo dejó escrito en su primera Carta a los corintios una sentencia memorable: “Si Cristo no resucitó, vana en nuestra fe” (15,17). La resurrección de Jesús, o mejor, la firme creencia en ella por parte de unos seguidores, al principio decepcionados por la cruel e infamante muerte de su Maestro, es fundamental para el nacimiento y desarrollo de la religión cristiana. Es en verdad la primera piedra de la construcción de una teología que con el tiempo será como una gran catedral del pensamiento, la teología del cristianismo. Y el honor de ser el fundamento y la base de ella se la lleva la creencia en que Jesús no había muerto del todo. ¡Jesús vive entre nosotros!, exclamaban los primeros cristianos, absolutamente convencidos. Y para defender esta verdad estaban dispuestos a morir. Así que este libro toca el punto nuclear de los inicios de la religión más importante de mundo occidental, que desde ahí se ha extendido con más o menos éxito por los cuatro puntos cardinales.

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