Cronos cortó los testículos a su padre Urano y la sangre del dios cayó sobre la madre tierra y así nacieron las Furias, terribles criaturas cuya función es castigar a los perpetradores de crímenes no expiados en el mundo de los mortales, restableciendo así el orden perdido. Se llaman Tisifone, Alecto y Megera y tienen cabeza de perro, alas de vampiro y en vez de cabellos peinan serpientes. Revolotean dando gritos a la caza de los infractores.

Esas son las Furias de la mitología griega; las de la mitología chilena, en cambio, acaban de nacer de la amputación de los testículos políticos de quienes recientemente gozaban de autoridad y privilegios, cargos, bonos, directorios, asesorías, presidencias, jefaturas y viajes surtidos; en breve, retozaban en el exquisito deleite de la vanidad, arrogancia y prepotencia que inevitablemente trae consigo el ejercicio del poder cuando lo ejercen almas de mediano calado para abajo, siempre la inmensa mayoría.

El “orden perdido” que hoy intentan restablecer es el de su régimen y su programa. Sobre esa base consideran criminales a todos quienes pretendan desarticular su desastroso esquema y en dicha calidad los persiguen -también dando gritos- en las redes, en las calles, universidades, asambleas y en todo lugar donde se les encuentre para sancionarlos escupiéndolos, pateándolos o con cualesquiera medios que los “combatientes” encuentren a mano y ojalá con todos a la vez.

La patota de energúmenos -estudiantes notoriamente ansiosos, como se vio, por la “calidad” de sus patadas- que atacó al ex candidato presidencial Kast no ha sido sino una de las tantas manifestaciones de las Furias criollas; otra es la de los jurisconsultos (as) y filósofos (as) del PC y algunos (as) del FA que justifican y hasta condonan el ataque sobre la base de una “incitación a la violencia” que habría perpetrado Kast; las Furias también se manifiestan en el anunciado rechazo de todo lo que proponga el gobierno por sensato que sea, como ocurre con la Ley Antiterrorista, la cual, amén de haber sido rara vez invocada por los idos, presenta tales falencias que en la práctica, tal como está, no cumple ningún propósito. De ahí el afán del actual gobierno por darle algún músculo para que sirva de algo. Nada más razonable, pero en el acto aparecieron las Furias catalogando dicho intento como “una estigmatización del pueblo mapuche”. Las Furias se aprestan a oponerse a todo, a sabotearlo todo. Nunca descansan, nunca se apaciguan.

El origen

¿De qué oscuros fondos surge esta ira perpetua, el afán por demoler y la postura de puños en alto y ojos desorbitados siempre presentes en el espíritu “progresista” criollo, ya sea que gobierne o esté en la oposición? Viene, dicen ellos, de su horror por las injusticias, pero podría tratarse sólo de una especiosa elaboración verbal; normalmente la única “injusticia“ que moviliza a los humanos es la sensación intolerable de que no se ha hecho justicia a sus maravillosas personas, a sus muchos méritos y a sus fantásticas ideas. De ahí posiblemente viene el furor chirriante con que el benemérito Gutiérrez, denunciador y filtrador vitalicio, motejó a los votantes de Piñera de “fachos pobres”. Es, simplemente, mezquina rabia personal camuflada como afán por establecer el Cielo aquí en la Tierra. Sus raíces son múltiples: el resentimiento derivado de las derrotas colectivas de la tribu, ideología, secta o club al que se pertenece, el causado por fracasos personales y la antipática sensación de no ir a ninguna parte o llegar sólo penúltimo a la meta. De esa reiterativa cópula entre derrota general y menoscabo personal nace la frustración, criatura contrahecha de la cual a su vez proviene el feo nieto, esa inextinguible y devoradora furia difícil de reprimir y nada fácil de disimular.

Hay en este mundo quienes se tragan dicha ira mientras otros, más emprendedores, la interpretan como santa indignación y hasta alardean de ella como si fuera una virtud. Son quienes han oportunamente encaramado su resentimiento en el ómnibus de la doctrina y el discurso, hallando así un medio de anestesiar su tormento creyendo que lo evacuan conforme a la ley, legítimamente, incluso admirablemente. De ese modo malas experiencias políticas, profesionales o estudiantiles se convierten en agresión a terceros, pero sólo por “amor a la justicia”, tal como en tiempos pasados se justificaba como ”cumpliendo la voluntad de Dios”. A veces las furias son de segunda o tercera mano. Sucede cuando en la niñez se recibe un gran “legado” familiar consistente en el catálogo de quebrantos de todo orden sufridos por el tío, el padre, madre o abuelo y cuyos gloriosos vía crucis son relatados generación tras generación. Se suma a eso la certeza o siquiera la sospecha, a duras penas reprimidas, de ser uno insignificante o mediocre en todo lo que se hace, lo cual agrega al ya denso caldo un deseo perpetuo por “emparejar la cancha”, cosa propia de quienes suelen perder en todas las canchas. Para saldar tantas y tan graves cuentas estas criaturas adoloridas están dispuestas a usar los medios que sean necesarios, ya sea la cantinflada retórica, la promesa desorbitada, la sacada de patines, la demolición de las instituciones, la manipulación y exacerbación de la rabia propia y ajena y finalmente, como ansiado plato de fondo, el recurso a la violencia física.

La “incitación” de Kast

Como la violencia política carece de buena prensa, se la justifica con la expresión de que “hubo un incentivo”. Con eso la víctima es convertida en el pecador que merece su castigo, mientras el agresor pasa a la condición de admirable combatiente por los derechos humanos. En el caso de Kast su pecado fue acudir a un recinto universitario al cual había sido invitado. Como no alcanzó a decir nada, el incentivo deben haber sido palabras dichas en alguna otra ocasión y que no les gustan a esos bravos luchadores sociales. En el fondo el incentivo consiste en que Kast siga respirando al aire libre en vez de permanecer encerrado en su casa, oculto, invisible, único modo de no irritar a nadie. Es un incentivo a la violencia el sólo hecho de que Kast exista.

¡Qué delicado cutis el de quienes resultan tan rápida y fácilmente incentivados! Pero a no asombrarse: es una delicadeza de piel y brutal elementalidad de espíritu que constituye las más abundante variedad de la zoología humana, en especial en tiempos cuando una confesión ideológica o religiosa ha ganado predominio y atrae a innumerables perdedores con su promesa de permitirles cobrar venganza bajo el alero de hacer justicia. En esas ocasiones los fieles surgen y se reproducen tal como el mosquito transmisor de la malaria cunde en las regiones pantanosas. Entonces es cuando se abre la temporada de “pisoteen a los heréticos, porque nos incentivan”.

Insidias

De las Furias hay muchas otras variantes. Están los enojados que mantienen rostros impávidos y compuestos, como Carlos Montes; hay otros que esbozan un aire ladino y una sonrisita perpetua, como Guillier; existen los con sangre de horchata esperando con paciencia que se enfríe el plato de la venganza, como Teillier y su tribu; hay algunos (as) que incluso esconden su resentimiento tras un semblante amoroso. Estos (as) últimos (as) gustan asestar el golpe de sorpresa, en emboscada.

La Furias son versátiles, astutas; saben golpear cuando se puede y saben esperar cuando se debe. No es cosa de mostrar tanto la mano por ahora. Los fachos pobres son siempre recuperables, pero no hay que asustarlos de nuevo. Nuestras Furias anhelan reventar a Piñera, desfigurarlo con la maledicencia, paralizarlo con la calle, detenerlo con movilizaciones, sabotearlo desde el Estado y hundirlo en el Congreso, pero se hará con tiento para que nadie vaya a pensar que se está en contra de acuerdos potencialmente favorables para el país. Están entonces al acecho y son cautelosos porque esta vez el equivalente a la golpiza de Kast hay que asegurarse de propinarla a matar. Con tiento esperan, aunque no en paz. Las Furias sólo estarán en paz cuando les devuelvan los testículos amputados.

/Columna de Fernando Vllegas para La Tercera

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