La estrategia de Evo en el asunto del mar ha sido un gran éxito, pero puede ser una victoria pírrica. En todos estos meses, el Presidente boliviano ha marcado los tiempos y los temas. Chile ha aparecido siempre a la defensiva, y no es imposible que la Corte Internacional de Justicia dicte, en definitiva, lo que los abogados chilenos llaman “un Supremazo”, es decir, un fallo desconcertante, que no corresponde a la interpretación más previsible de la ley. Ya nos sucedió en el conflicto con el Perú. Es decir, cabe que Bolivia gane, con una victoria modesta pero de gran fuerza simbólica.

De paso, Morales ha sabido sacar provecho político del conflicto. En estos días, he podido observar personalmente que las calles de La Paz, Sucre, Potosí y otras ciudades apenas muestran la bandera boliviana. En cambio, aparece omnipresente la “bandera del mar”. Esto resulta explicable porque se cumple el 139 aniversario del inicio de la Guerra del Pacífico, salvo por un detalle: ese emblema ha sufrido una curiosa transformación que incluye los colores típicos del MAS, el partido de Evo.

En las radios no se escucha otra cosa que el tema de La Haya, desde los taxis hasta las radios de los vendedores de comida en la calle, y Evo ocupa las pantallas de los televisores a cada momento. Parece ser un triunfo perfecto, al menos por ahora, y una gran ayuda para su próxima campaña presidencial, gracias a que sus tribunales de justicia le permitieron desoír la voz de la mayoría de los bolivianos, que expresamente se habían pronunciado en contra de la posibilidad de permitirle otra reelección.

Con todo, es posible que Evo se haya metido en un callejón sin salida. Son tales las esperanzas que ha despertado en su pueblo, que si llega a perder, todo el mundo pedirá su cabeza. Pero tampoco es demasiado auspiciosa su posición si Bolivia gana en La Haya. Y esto, por una razón muy simple: aunque Chile sea obligado a negociar muy en serio, tiene una carta infalible en la mano: la “fórmula Pinochet”. Basta con que ofrezca algo semejante a la propuesta que ya hizo hace 40 años, para que nuestro país se salga con la suya.

En efecto, ¿podría alguien negar la seriedad de una oferta que proponga un canje territorial con acceso soberano al mar, mediante una franja que corra por el extremo norte de nuestra frontera? Obviamente, Perú jamás va a aceptarla, pero eso deja de ser un problema de Chile, que habrá cumplido con creces lo que pueda exigir la Corte si acoge la demanda boliviana. En este caso, una eventual victoria de ese país en La Haya sería pan para hoy y hambre para mañana.

Con sus innegables genialidades políticas y comunicacionales, Evo terminó por olvidar el dato más importante de todo este embrollado asunto: si alguna vez Bolivia quiere conseguir, de verdad, un acceso soberano al mar, ese partido no se juega en La Haya sino en el corazón de los chilenos. Incluso, en el hipotético caso de que un gobierno se propusiera entregar a Bolivia unos kilómetros de costa en un enclave que no suponga la aquiescencia del Perú, jamás tendría la fuerza política para imponerse mientras la opinión pública mantenga una posición crítica al respecto. Y esta postura ha evolucionado hacia un endurecimiento creciente en los últimos años.

Esta radicalización de los chilenos resulta a primera vista sorprendente, porque no coincide con el tono de los tiempos, pero se explica perfectamente si uno tiene en cuenta el gigantesco error que ha cometido Evo Morales. En todos estos años, el Presidente boliviano podría haber aprovechado para intensificar los vínculos con Chile, venir con frecuencia con cualquier excusa, ganarse el afecto de la gente joven y de los diversos movimientos sociales. En los últimos 12 años ha tenido al frente dos gobiernos de izquierda, con los que tenía cierta afinidad ideológica, y un gobierno de derecha que no mostraba animosidad contra él. No era un trabajo fácil, pero con altiplánica paciencia y con la astucia que no le falta, podría haber avanzado muchísimo. En cambio, se impacientó. Endureció su lenguaje y cedió a la tentación de presentar en La Haya una demanda que, ciertamente, es muy inteligente pero que en el largo plazo no lo llevará a ninguna parte.

Para colmo de sus males, en Bolivia empieza a difundirse la idea de que el mayor obstáculo para un futuro entendimiento con Chile se llama Evo Morales. Esto, sumado al creciente rechazo que experimenta en las encuestas independientes, puede traerle problemas en las próximas elecciones presidenciales. Es decir, Evo puede terminar ahogado en su propio mar.

/Columna de Joaquín García Huidoboro en El Mercurio

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