Una tentación recorre a la izquierda: utilizar sus mayorías en el Congreso para obstruir, hasta donde sea posible, las iniciativas del Gobierno de Sebastián Piñera. Ya en las declaraciones de algunos de sus políticos y en las decisiones de otros -como la negativa a integrarse a comisiones de Trabajo convocadas por el Presidente- se advierte claramente ese espíritu.

¿Qué argumento puede esgrimirse para negarse a integrar una Comisión Nacional por la Infancia, luego de conocidas las dramáticas situaciones vividas por niños y niñas chilenos en el sistema de “protección” del Sename? ¿Cómo comparece ante la ciudadanía un sector político -la centroizquierda- que con sus votos rechazó el informe de la Comisión Sename II, que asignaba graves responsabilidades a la ex ministra Javiera Blanco y que ahora se niega a integrar una comisión que debe proponer medidas para ir en ayuda de la infancia vulnerada por el Estado de Chile?

Resulta difícil encontrar la lógica política a decisiones como la de la diputada socialista Maya Fernández, al rechazar la invitación del Presidente Piñera a formar parte de dicha comisión. Los intentos de justificar esta conducta han sido pobres: que la designación en la comisión fue “a dedo”. ¿Existe acaso otra forma de nominar integrantes de una comisión, o esperaban un concurso de antecedentes? ¿No fue ese el procedimiento que utilizó, profusamente, la ex Presidenta Bachelet para designar a los integrantes de sensibilidad opositora en sus comisiones? ¿O se pretende una suerte de comisariato en la oposición para designar a las personas que están autorizadas para interactuar con el Gobierno?

Con la decisión anterior y declaraciones en el sentido que otros invitados de ese partido a integrar comisiones no serán autorizados a concurrir a ellas, el Partido Socialista está renunciando a un rol que ha cumplido desde el año 1990, y que lo sitúa como protagonista de los grandes acuerdos alcanzados por la sociedad chilena en los últimos treinta años.

Una segunda razón que se ha dado para no participar en comisiones o grupos de trabajo formados en torno a grandes problemas nacionales es que esta modalidad, llamada trabajo pre legislativo, pretendería reemplazar al Congreso en su rol de aprobar las leyes. Esta crítica es sorprendente, pues se trata de hacer precisamente lo contrario. El Presidente Piñera ha querido, en esta administración, incorporar a parlamentarios en el trabajo pre legislativo y precisamente por eso la composición de estas comisiones y grupos de trabajo es mayoritariamente de diputados y senadores. Es más, el Presidente ha sido deferente con la oposición, pues varias de las materias que deben estudiar estas comisiones son parte de las atribuciones y potestades regulatorias que tiene el Poder Ejecutivo y no constituyen por tanto materia de ley. Pese a ello, el Gobierno ha integrado a personeros de la oposición para escuchar sus opiniones y sugerencias, una prueba de su espíritu de unidad nacional.

Por último, estas críticas son completamente contradictorias con otras que se han hecho desde la oposición, como el envío de modificaciones a la Ley Antiterrorista que pretenden hacer más eficaz esta herramienta. El reproche esa vez fue que no consultó los contenidos de estas reformas con la oposición antes de enviarlas al Poder Legislativo. Palos porque bogas y palos porque no bogas.

El ánimo obstruccionista de cierta oposición se hace evidente. La estrategia del Presidente Piñera de instalar una agenda distinta y propia los tiene desesperados, y en la desesperación cometen errores: los chilenos castigarán políticamente a quienes obstruyen los intentos de un gobierno por resolver los problemas más acuciantes que afectan a nuestra sociedad. Líderes del Frente Amplio, en cambio, una vez más juegan mejor sus cartas y en la izquierda tradicional ya hay síntomas de rebelión.

Frente a la estrategia de oponerse a todo, el gobierno debe responder multiplicando los frentes, presentando propuestas novedosas y no caer en la trampa de enganchar en las viejas reyertas que la izquierda quiere reinstalar en Chile y que tienen cansada a la ciudadanía.

/Columna de Luis Larraín para El Mercurio

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