Vivimos tiempos de surrealismo político; gobiernos idos hacen demandas programáticas como si aún gobernaran mientras partidarios del gobierno en vigencia se obstinan en discutir “temas valóricos” como si ya no importara agitar las aguas porque dejaron de gobernar. Pero, con todo, difícil imaginar el que acudir o no a mesas de trabajo convocadas por el gobierno pudiera desatar reacciones como las vistas. Demuestran que los políticos no están para resolver los problemas “de la gente”, sino para resolver SUS problemas. Y estos se reducen a lo que un dirigente nos explicó en 1969 con una frase digna de El Príncipe, de Macchiavelo: “Los temas del momento no importan; lo que importa ahora es resolver “la cuestión del poder”. Los problemas se resolverían, dijo, “más adelante”.

¿Cuándo llega “más adelante”? Nunca. Tras una elección ganada o perdida de inmediato aparece en el horizonte otra por ganar o perder. El problema del poder no se resuelve ni aun cuando impera un déspota absoluto. Como mínimo ha de resolver el tema de la sucesión, el del apoyo de la oligarquía, el tema del enemigo externo, el de la lealtad o disidencia de las Fuerzas Armadas, etc. Es “la cuestión del poder”.

Debates…

En Chile innumerables proyectos han dormido en un cajón porque eran del adversario y entonces se dirimía una “cuestión del poder”. Nunca se considera qué efectos positivos puedan tener para el país, sino qué efectos negativos podrían tener para adquirir o perder poder. En política casi todo se evalúa a base de intereses egoístas, oportunismo, ambición, resentimiento y deshonestidad moral e intelectual.

Naturalmente los protagonistas de esas bajezas intentan camuflarlo enarbolando grandes principios. Respecto de las mesas nos dicen que el lugar para debatir no es La Moneda sino el Congreso, pero, ¿de qué debate están hablando? Un solitario puñado de congresales intercambiando tuiters mientras alguien le hace un discurso a la pared no es un buen ejemplo de debate. Tampoco lo es la discusión en comisiones porque se celebren en recintos más pequeños. La ausencia de debate trae incluso el efecto vergonzoso de que muchos parlamentarios no tengan idea qué votaron. El vacío también se hace notorio en la por general defectuosa redacción de los proyectos, a veces corregidos con anexos no menos inanes. Ese es el gran “debate” que se pretexta para resistirse a acudir a La Moneda.

También se ha dicho que esas mesas de trabajo son un ataque a la democracia, afirmación de un surrealismo que hubiera asombrado a Salvador Dalí. ¿Cómo un intercambio de opiniones podría ser antidemocrático? Tal carencia de lógica y tanto desparpajo no acredita las virtudes de polemistas de los señores congresales.

Finalmente hay quienes acusan al gobierno de montar una insidiosa maniobra para dividirlos, aunque son los propios políticos quienes se dividieron entre los que decidieron ir y los que no. No se les ocurrió que asistiendo en masa habrían aparecido en una situación de coexistencia y vigencia política con el gobierno, falta de tino señalando que la renuencia a ir la inspiran cálculos fallidos e incomprensión total del momento psicológico que vive Chile. Se suma a eso el reflejo condicionado de acomodarse en el bus de siempre en viaje hacia el paraderos de siempre con los camaradas, dirigentes y “tribunales supremos” de siempre. Fue en esa postura de viajero con mucho millaje que vimos a Insulza. Apodado “el Pánzer” pese a no haber nunca protagonizado un ataque frontal contra nada, Insulza suele privilegiar su comodidad personal y política, amar la cautela y detestar el conflicto. Muy razonable a su edad. Estamos contigo, José Miguel. Quien se ha pasado la vida dentro de cierta cultura no va a venir hoy, al borde de la pensión y el retiro, a arrojarla por la borda.

Excepciones

Ha habido excepciones como Carolina Goic, Gabriel Boric, Sharp, Burgos, Matías Walker y unos pocos más. Sus razones para acudir son distintas, pero su coraje es el mismo. Son la excepción que confirma la regla. Pero, ¿cuál regla? No la de la disciplina exigiendo una elevada norma de conducta aun inexistente, sino la que refleja lo que siempre ha existido, la regla estadística de lo esperable por ser mediocre, de lo previsible por ser lo chanta, en breve, la “cuestión del poder”. La regla de la cobardía política, laxitud mental y rencor parido. Véase la descripción de Crane Brinton en su Anatomy of Revolution. Disponible en Amazon.

/Columna de Fernando Villegas para La Tercera

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