La Rusia profunda. Eso es lo que representa Vladimir Putin. No entenderlo puede conducir a errores, como pretender de Putin una conducta al estilo de las democracias occidentales. No, él se debe y responde a la sociedad rusa.

Cuando cayó la ex Unión Soviética visité la Rusia profunda. Y tras recorrer largos trayectos entre pueblos ancestrales en Crimea, en Ucrania, en la Rusia misma, el argumento que surgía en todas las conversaciones con amables campesinos o agitados moscovitas era el mismo: Rusia no puede ser dividida ni debilitada, no puede perder prestigio como potencia, porque de eso dependen su unidad y el control de su vastísimo territorio.

La respuesta a ese temor por la eventual decadencia rusa ha sido Putin, admirado en su país y reelegido por amplias mayorías. Es un ruso duro, como los antiguos cosacos que en los más recónditos parajes del imperio aseguraban sus fronteras y el dominio de Rusia en la enorme Eurasia.

Por eso en el caso de Siria en particular, del Medio Oriente en general, y de toda Eurasia, hay que saber que Putin -y cualquier hombre fuerte a cargo del Kremlin y de la conducción de Rusia- actuará según sus objetivos. Tal como lo hacen China y EE.UU. desde sus propias perspectivas.

Cuando EE.UU. y sus aliados europeos bombardean Siria para castigar el empleo de armas químicas, todo el mundo gira su mirada hacia Putin. Se sabe que él algo hará para impedir que Washington e Israel sean los únicos capaces de imponer sus intereses. Putin teme que, si se debilita el gobierno sirio de Bashar Al Assad, ganarán los extremistas islámicos que ya han causado diversos atentados en Rusia, con cientos de muertos. El principal argumento de Moscú es que, si cae el gobierno de Damasco, habrá más inestabilidad y proliferación del terrorismo islámico, como sucedió en Irak.

Para Putin, las alianzas con poderes locales son más efectivas para impedir que avancen los yihadistas que los bombardeos al estilo de EE.UU., sin compromiso en terreno. Por eso Rusia construyó -de acuerdo con Damasco- la base aérea Khmeimin en la costa siria en 2015, y expandió la base naval siria Tartus. Así los barcos rusos permanecen ahí y no tienen que volver a Crimea en el Mar Negro para su mantenimiento, dependiendo de los estrechos de Turquía.

Esos y muchos otros motivos explican que Siria sea un objetivo primordial para Rusia, cualquiera sea su gobernante. El “zar” Vladimir Putin tiene un fuerte compromiso militar, económico y personal con Siria. Igual que para todos los zares rusos anteriores -incluyendo los “zares” comunistas de la ex URSS-, influir en el Mediterráneo oriental es un objetivo intransable.

/Columna de Karin Ebensperger para El Mercurio

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