Ayer se conmemoró el segundo aniversario de la muerte del ex Presidente de la República Patricio Aylwin Azócar. Parece que fue ayer cuando cientos de miles de chilenos y chilenas salieron a las calles para entregarle un respetuoso y sentido adiós, a quien tuvo la difícil tarea de conducir a Chile en el complicado trance desde una dictadura brutal a una democracia que, en esos años, era frágil y siempre bajo amenaza.

Don Patricio tuvo la fuerza, el coraje y la sabiduría para conducir ese proceso en un país dividido en el alma por la terrible herida de las torturas y los detenidos desaparecidos. Una herida que para demasiadas familias aún sigue abierta, con un dolor que solo ellas conocen y que corresponde respetar y acompañar.

Cuando se realizó la ceremonia por de su ascensión al mando en un Estadio Nacional repleto en el año 1990, el ex Mandatario dijo que había que “restablecer un clima de respeto y de confianza en la convivencia entre los chilenos, cualquiera que sean sus creencias, ideas, actividades o condición social. Sean civiles o militares”, momento en que fue interrumpido por una gran rechifla, a lo cual respondió alzando la voz para rematar “¡sí, señores; sí, compatriotas, civiles y militares. Chile es uno solo!”… que provocó un aplauso cerrado.

Pero don Patricio entendía que no bastaba con el llamado a la unidad, solo la consigna no era suficiente, se requería construirla con gestos concretos. No había excusa ni menos justificación para no emprender una tarea arriesgada pero necesaria. Le encargó a Raúl Rettig la elaboración de un informe que diera cuenta de lo que había pasado en Chile. Un documento terrible y doloroso que motivó una cadena nacional de televisión del entonces Mandatario.

En esa oportunidad, Patricio Aylwin, quien había leído los seis tomos del documento, nos habló a todos para contarnos lo inenarrable. Ahí también, emocionado, pidió perdón por los excesos cometidos y llamó a los responsables a entregar la información. Porque detrás de esa apariencia tranquila y afable se escondía un carácter decidido y profundamente republicano, que entendía que, por muy difíciles que fueran algunas tareas, había una obligación ética de emprenderlas.

Hoy vivimos en una democracia estable y consolidada. Parte de ese logro se lo debemos al ex Presidente, tal como se lo decían ante su tumba en el ex Congreso Nacional los cientos de jóvenes que hasta allí llegaron para despedirlo. También recuerdo como si fuera hoy cómo la gente salía a las calles desde la Catedral hasta el Cementerio General para expresarle su cariño y reconocimiento. Y a nosotros, los democratacristianos que acompañábamos el cortejo, nos gritaban: “¡Aprendan de don Patricio!”.

Creo que fue en ese momento cuando en realidad terminé de dimensionar de qué se trataba todo eso, porque la gente había salido a la calle de manera espontánea, emocionada, respetuosa y agradecida. Era el reconocimiento a una trayectoria política que fue de la mano con su vida privada. Don Patricio decía en público lo mismo que decía en privado, porque no tenía nada que esconder. Vivió siempre en la misma casa y manejó siempre el mismo auto. Siempre al lado de su gran amor, la señora Leonor.

También entendía que la única manera de llegar a acuerdos en beneficio de la gente era mediante el diálogo, no solo con los aliados, sino que especialmente con quienes están en la vereda contraria. Esa era la política con mayúscula que durante toda su vida practicó.

Hoy, quienes valoramos la figura de Patricio Aylwin, debemos ser fieles a su legado ético, pasar del discurso a la acción. Debemos entender que ya pasaron los tiempos de fracturas ideológicas, donde negar la sal y el agua al gobierno de turno era el objetivo político. Chile no es el mismo de hace treinta años y los desafíos que nos toca enfrentar como sociedad tampoco. ¿Significa eso renunciar a nuestros principios y callar cuando no estamos de acuerdo? Por supuesto que no, pero restarse del diálogo es aceptar que no tenemos nada que aportar.

El mejor homenaje que hoy podemos hacerle a Patricio Aylwin es volver a practicar la buena política, esa donde no se condena el diálogo y que al frente ve a alguien que piensa distinto, pero no a un enemigo. Esa lección hoy vale no solo para los democratacristianos, sino también para el resto de los partidos de gobierno y oposición.

/Escrito para El Mercurio por Carolina Goic Boroevic, Senadora DC por Magallanes y la Antártica Chilena

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