Al doctor Leo Stanley, cirujano jefe de la prisión estatal de San Quintín (California), no le placía que se ejecutara a los reos. “La prisión es el hogar de la tragedia”, escribía solemnemente en 1926 en su artículo Cómo mueren los hombres en prisión, publicado en la revista California and Western Medicine. “Hay más tragedia en las muertes que suceden dentro de los muros que en las de fuera”. Como en otras ocasiones, cuando el 11 de mayo de 1928 el joven atracador y homicida convicto Clarence Buck Kelly colgó de la soga hasta morir, Stanley certificó su muerte. Luego condujo el cadáver a una sala apartada y, como en otras ocasiones, le cortó los testículos con el fin de trasplantárselos a otro preso de edad más avanzada.

Incluso cuando hoy el trasplante de órganos es un procedimiento común y socialmente aplaudido, la idea de castrar un cadáver e implantarle sus testículos a un hombre vivo resulta siniestra, y del todo intolerable si se hace sin el consentimiento del reo. En aquella ocasión, la intervención motivó una denuncia contra Stanley por parte de la madre de Kelly, que fue aireada por la prensa con la consiguiente repulsa del público.

Sin embargo, el médico de San Quintín salió indemne, en parte gracias a la declaración a su favor del decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de California. Como recordaba en 2009 el historiador de la Universidad de Australia Occidental Ethan Blue en su repaso a la figura y la obra de Stanley, el diario San Francisco Examiner tranquilizó a la población explicando queaquellas intervenciones beneficiaban a la ciencia y “a la salud pública en su conjunto”.

Eyacular produce debilidad

Lo cierto es que los trasplantes testiculares de Stanley no formaban parte de ningún programa gubernamental clasificado de experimentación en humanos. Ni siquiera eran secretos; de hecho, ocho años antes del incidente de Kelly, en 1920, el médico de San Quintín había publicado los resultados de decenas de sus trasplantes en la revista California State Journal of Medicinepara conocimiento de toda la comunidad científica.

Tampoco Stanley era el primero en practicar aquel procedimiento. El honor del pionero corresponde a quien algunos consideran hoy el padre de la endocrinología, el controvertido y excéntrico Charles-Édouard Brown-Séquard. El nombre de este fisiólogo nacido en la isla Mauricio ha quedado asociado en la medicina actual al síndrome de daño en la mitad de la médula espinal, pero él fue además quien estableció la idea de las secreciones internas, lo que hoy conocemos como hormonas.

En 1889, Brown-Séquard argumentó: “es bien sabido que la pérdida seminal por cualquier causa [la eyaculación] produce una debilidad mental y física proporcional a su frecuencia”. Como consecuencia, proseguía, “hombres bien organizados, sobre todo de 20 a 35 años, que permanecen completamente libres de actividad sexual o de cualquier otra causa de pérdida de fluido seminal, están en un estado de excitación, lo que les da una gran, aunque anormal, actividad física y mental”. De estas premisas concluyó que los testículos producían una “sustancia dinamogénica que podría extraerse e inyectarse en animales viejos y debilitados para restaurar su fuerza”.

Como era frecuente en la época, Brown-Séquard decidió poner a prueba su hipótesis sirviendo como su propio conejillo de indias, ya que, cumpidos ya sus 70 años, notaba en sí mismo una pérdida de vigor y salud. Así que fabricó una solución compuesta por sangre testicular, fluido seminal y tejido de testículos de perros y cobayas, y se la inyectó por vía subcutánea cada día durante dos semanas.

Según su propio relato, la mejora fue espectacular: aumentó la fuerza de sus brazos, podía correr escaleras arriba y la distancia de su chorro de orina se incrementó en un 25%; había rejuvenecido 30 años. A quienes no tuvieran acceso al fluido milagroso, Brown-Séquard les recomendaba que se masturbaran sin eyacular, lo que podría ejercer un efecto parecido.

El elixir de la juventud

La comunidad científica recibió los resultados con gran incredulidad, pero sólo oficialmente: a finales de 1889, más de 12.000 médicos en todo el mundo estaban ensayando el método del mauriciano. Al año siguiente, la prestigiosa revista The Lancet publicaba que el “elixir de Brown-Séquard” parecía lograr que los paralíticos caminaran, los cojos tiraran sus bastones, los sordos oyeran y los ciegos vieran. En 1893, la revista The British Medical Journal se rendía: “Aunque muchos se mofaron de él como el descubridor del secreto de la eterna juventud, ha ganado fundamento la idea de que, después de todo, hay algo en ello”.

Aquel algo eran las hormonas, aunque hoy se atribuyen los efectos de aquellas presuntas terapias a un simple efecto placebo. Sin embargo, a comienzos del siglo XX otros especialistas continuaron el trabajo de Brown-Séquard. Stanley fue uno de ellos. Al cirujano jefe de San Quintín desde 1913 hasta su retiro en 1951 le movía el interés en la eugenesia, otro concepto hoy inaceptable, pero muy corriente en su época.

Del mismo modo que era partidario de la esterilización de aquellos que consideraba indeseables, Stanley pretendía también restaurar el vigor en los afectados por traumatismos y en los ancianos. No con el propósito de dotar de mayor capacidad reproductiva a los reclusos, ya que distinguía entre potencia sexual y reproductiva. Stanley confiaba en que sus técnicas sirvieran para combatir lo que en su visión era una demasculinización de la sociedad; en su opinión, la pedofilia era un efecto de la senilidad. Para Stanley la moral recta dependía de una masculinidad sana, por lo que además creía poder curar las inclinaciones criminales.

Más de 10.000 trasplantes

En su artículo de 1920, Stanley informaba de 11 casos de trasplante testicular de reos ejecutados a reclusos de edad avanzada o con daños en sus propias gónadas debidos a traumatismos. Pero en sus intervenciones no sólo empleaba material humano: en el mismo trabajo resumía también otros 21 casos en los que había empleado testículos de carneros, enteros, por secciones o en forma de una pasta triturada. Aunque los tejidos implantados terminaban necrosándose, Stanley concluía que antes de ello “ciertas sustancias desconocidas se liberan probablemente en el sistema”, ya que el implante testicular ejercía “un efecto estimulante y vigorizante en el receptor, tanto sexualmente como mental y físicamente”.

Ante los presuntos éxitos de Stanley, comenzaron a lloverle las solicitudes de los reclusos, e incluso de algunos médicos. Según Blue, en 1940 ya se habían llevado a cabo en San Quintín más de 10.000 implantes testiculares, casi siempre de material animal, tanto de carneros como de jabalíes y ciervos.

En una ocasión, según relató Stanley en un artículopublicado en 1931, realizó el implante a un paciente no humano, un perro de los guardas de la prisión al que la edad le había mermado las fuerzas y la actividad. Después de la intervención, “incluso montó la pierna de un guarda”, escribía Stanley. Los peces de colores a los que el médico alimentaba con su elixir testicular aumentaban su actividad en un 400%, según describía. El método de Stanley ya no era experimentación; era un tratamiento que otros médicos validaban y que fuera de la prisión sólo era accesible a los más acaudalados.

Pero según Blue, y a pesar de que Stanley llegó a colocar el libro sobre sus experiencias en la lista de best-sellers del diario The New York Times, con el tiempo todo cambió. Cambió el sistema de prisiones, volviéndose notablemente más humanitario y vigilante de la salud de los reclusos. Cambió la medicina, que veía todas aquellas presuntas mejoras como un gran efecto placebo. En 1951, Stanley dejó San Quintín y se enroló como médico de cruceros.

Murió en 1976 a la edad de 90 años. En palabras de Blue, “en una edad de hiperencarcelamiento y Viagra, parece que Stanley fue un hombre adelantado a su tiempo”.

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