A veces las palabras sobran. Lo público tiene códigos que no dan lugar a ninguna expresión que no se enmarque en la rigurosidad del contenido formal. En lo ritual.

Esta semana, este ha sido un aprendizaje adquirido a un alto costo.

Vengo del mundo del ejercicio profesional del Derecho. Es normal que luego de las audiencias en que los abogados enfrentan con pasión sus respectivas posiciones, terminen tomándose un café, compartiendo anécdotas.

No ocurre lo mismo en la actividad pública. El ancho de banda no admite ningún error como el que cometí esta semana. Imagino que nadie de buena fe pensará que el comentario sobre mis hijos era algo distinto que una broma. A esta altura una mala broma y un reconocido error.

Lo peor de este incidente, del que me hago responsable con la integridad que corresponde, es que lo que queda no es el fondo, sino la caricatura. Y en Chile están ocurriendo cosas demasiado importantes que nos obligan a todos a buscar un clima de mayor distensión, partiendo por las autoridades. Por eso escribo estas líneas, porque me doy cuenta de que me equivoqué y, en el mundo de la política, no es frecuente que un actor importante reconozca un error.

Vine al sector público porque, como lo he dicho varias veces, estoy convencido de que servir a mi país es la máxima expresión de nobleza republicana. No hay otra explicación subalterna ni ninguna agenda escondida. Es evidente que no quiero ser candidato a ningún cargo, y cuando termine esta tarea volveré a ser lo que soy: un abogado que ama profundamente a su país y que cree firmemente en la sabiduría y sensatez de su gente.

Tengo claro que en materia educacional hay visiones distintas y muchas veces contrapuestas entre los chilenos. Pero no hay que olvidar que parte del desarrollo educativo, particularmente en la educación preescolar, básica y secundaria, ha sido gestada por profesores que fundaron colegios a partir de su esfuerzo personal y familiar. Ellos fueron parte de la mayoría que eligió al actual Presidente para concretar su programa. Esta oferta a la ciudadanía respetó lo construido en materia de financiamiento de la educación superior y la perfeccionó en el caso de la educación técnico-profesional. Esos hechos hablan más que las palabras y que una frase desafortunada. Hago el reconocimiento del error como una contribución a volver la mirada a lo esencial: mejorar la calidad de la educación de todos los chilenos, porque es allí donde se nivela la cancha y se forja la sociedad de oportunidades que queremos construir.

Y lo hago, finalmente, porque cuando uno ocupa una posición pública, lo que haga o deje de hacer, los triunfos o derrotas, los logros o los errores, también repercuten en la vida de su familia. Y la ética enseña que cuando se tiene conciencia de un error, lo mejor es corregirlo lo más luego posible.

Tengo la esperanza de que dejaremos atrás los temas que nos han dividido en el pasado y que la sociedad chilena, a través de la legislación reciente, ya zanjó, para concentrarnos en los desafíos del futuro: la calidad de la educación, los idiomas de la modernidad y la obsolescencia del conocimiento, entre otras prioridades.

Carta al diario El Mercurio de Gerardo Varela, Ministro de Educación

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