El nuevo gobierno lleva apenas un mes. Los muchachos a los 15 días anuncian el paro y ya han salido a protestar. No saben muy bien por qué, pero lo hacen. Capean un día de clases, paralizan sus instituciones y el centro de la ciudad unas horas. Algunos logran un minuto de fama para repetir eslóganes y otros se enfrentan a piedrazos con Carabineros. Luego, con el segundo juego de eslóganes, se quejan de la represión a que fueron sujetos. Han iniciado su carrera política a los 14 años.
Lo más insólito es que van a la marcha coronados por varios diputados que son representantes de los movimientos estudiantiles. Es decir, lograron tener voz y voto en el Congreso pero siguen recurriendo a la fuerza en vez de discutir en el Congreso. Un juego peligroso y muy poco democrático. La estrategia: un pie en la organización y el otro en la manifestación. La educación es el ámbito de las ideas por excelencia. Las ideas en la academia mandan por calidad y reconocimiento de los pares, no por votos. Hay jerarquía, no igualdad. Las masas no piensan, lo hacen las personas, por eso es una contradicción recurrir a la fuerza como estrategia en educación.
Los jóvenes son inteligentes pero no tienen experiencia relevante de vida, tienen energía ilimitada, son apasionados y presa fácil de ilusiones. Por eso se embarcan en la aventura de la política antes de tiempo. Para un niño de 14 años hablar a las cámaras es una seducción al ego fuerte. Y qué decir del sueño de poder ser “honorable” a corta edad. Son fácilmente adoctrinados en política. Se sienten héroes, pero les roban la juventud y la posibilidad de ser buenos estudiantes. Las “asambleas” son muy manipuladas; se “vota” a mano alzada en base a la intimidación. En votaciones secretas e informadas la mayor parte de las veces pierden y no hay paros. Hemos visto a rectores participando en las marchas, parando sus propios centros de estudio y repitiendo eslóganes. El nuevo motto central es “pública, gratuita, y de calidad”. Confunden medios y fines; error garrafal y terminal. Así, los medios resultan preponderantes sobre los fines, por eso estos últimos jamás se alcanzan. El orden debe ser calidad, accesibilidad y máxima diversidad. A la izquierda no le gusta la meritocracia. Le gusta la igualdad, pero no hay dos seres humanos iguales. El ser humano en forma natural busca diferenciarse. La izquierda no sabe educar, solo adoctrina. En la era del conocimiento trata de imponer currículos únicos, imposibles en el siglo 21 porque el problema es otro: las preguntas crecen más rápido que las respuestas y lo relevante es la gestión del conocimiento, no su acumulación. Estamos en el tiempo de la inteligencia artificial, del big data, la realidad aumentada, los multiversos y la teoría de cuerdas, el universo holográfico y otros. La izquierda sigue pegada en la lucha de clases y la derecha tradicional en el “orden natural”. Es tiempo de diversidad en colaboración.
En ese marco, el chascarro del ministro y los condones se vuelve gran tema para los estudiantes y políticos miopes. Algo absolutamente irrelevante, a lo más una anécdota. Pero como es casi un tema farandulero, y de eso entienden, lo transformaron en una causa para las marchas y empiezan todo tipo de especulaciones sobre lo que quiso o no quiso decir el ministro. De inmediato lo tildaron de machista y le pusieron otras etiquetas propias de la pobreza de ideas. Lo único relevante que ha dicho el ministro desde el día uno es que el gran foco debiera ser la calidad, y de eso está dispuesto a debatir lo que sea necesario. Pero como no es la prioridad ni de la izquierda ni de los estudiantes, esa parte no la escucharon.
Valoro la juventud. Me encanta tratar con jóvenes inteligentes, estudiosos, creativos, entusiastas y libres de prejuicios. Esos jóvenes que tienen la mente abierta para encontrar nuevas ideas y cambiar el mundo. Pero no soporto a los jóvenes papagayos que repiten ideas trasnochadas de la historia. Eso vale para ambos lados.
Vamos por una juventud libre, que mira al futuro para cambiarlo.

/Columna de Sergio Melnick para La Tercera

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