“No ha habido ningún acto de nepotismo” ha señalado el Presidente respecto al nombramiento de su hermano Pablo como embajador en Argentina. Esta decisión se habría adoptado “pensando única y exclusivamente en el mejor interés de Chile”. Sus declaraciones traslucen lo que piensa, pues no hay motivo para dudar que dice la verdad. Al mismo tiempo, dejan en evidencia una falta de sensibilidad política que recuerda los peores momentos de su primer mandato. Después de cuatro semanas iniciales en que hasta los más incrédulos estaban llegando a creer que Piñera realmente había aprendido y cambiado positivamente como fruto de su experiencia previa al mando del país, su gobierno, Chile Vamos y él mismo han tenido una semana para el olvido: un desacierto tras otro, cerrado con la “joyita” en comento proveniente del propio primer mandatario. Nadie discute que Pablo Piñera tenga méritos, pero es el hermano: ¡punto! ¿No había otra persona suficientemente capacitada para asumir esta responsabilidad? Más todavía, considerando que durante la campaña presidencial se enrostró el amiguismo y nepotismo que se había instalado en el gobierno de Bachelet. La situación resulta impresentable y seguirá siendo fuente de críticas que se podrían haber evitado totalmente haciendo uso de un mínimo de sentido común y prudencia.

Esta meditada decisión habla de una desconexión con la realidad altamente preocupante para quién se mueve en las más altas esferas políticas. Al Presidente lo acompañan algunos colaboradores a la hora de desafinar. El desacierto del ministro de Educación -aquel sobre “sus campeones”-, sea tal vez el peor. Ha sido “una mala broma y un reconocido error” escribió Varela, regresando forzadamente a su oficio de columnista. ¡No! ministro, se trató de un desatino vulgar y frívolo, inimaginable proviniendo de la máxima “autoridad” de la cartera que encabeza. Tampoco fue “anecdótico” como algunos han querido hacer creer a la ciudadanía estupefacta, pues retrata a quien tiene, ni más ni menos, la responsabilidad de intentar enderezar la tan maltraída educación nacional. De paso, le dio un golpe de gracia a la comunicación pública del proyecto gubernativo de gratuidad para la formación técnico-profesional. Estos hechos conducen a la pregunta obvia: ¿qué estaba pensando Piñera al nombrar a Varela en Educación?, ¿y, ahora, en mantenerlo en su cargo? Más todavía, siendo conocido que es un decidido contradictor de la gratuidad universal (cosa que el ministro ha hecho todo lo posible por mantener claro) a quien, no obstante, le encargó concretar la misma. ¿Se trató esta última de una decisión estratégica (aún no visible en sus efectos) o de una falta de lectura del escenario que se enfrentaría?

Se pueden seguir enumerando fallos inesperados en la gestión gubernativa: los asociados al nombramiento de la terna de directores para TVN, la afirmación “en privado” del secretario de Justicia sobre que los jueces eran de izquierda, las descoordinaciones internas respecto a la modificación del protocolo que regula la aplicación de la ley de aborto en tres causales, y otros. ¿Ha cambiado el Presidente?, ¿y sus más cercanos? Comienzan a verse indicios en contrario: déficit de política y valoración del contexto. Esperar que no sea una crónica de muerte anunciada.

/Columna de Álvaro Pezoa en La Tercera

/gap