En Latinoamérica las cosas no huelen bien. En Nicaragua, los jóvenes están siendo reprimidos por las fuerzas civiles alentadas por el Presidente Ortega; en Cuba, el mundo parece aceptar la sucesión dinástica que cambia al dictador Castro por el títere Díaz-Canel; en Perú, la confianza hacia las instituciones es mínima luego de la renuncia del Presidente Kuczinsky; y en Venezuela, bueno, quizás sería redundante hablar de Venezuela.

A principios de abril tuve la posibilidad de viajar a Lima los días previos a la Cumbre de las Américas, en calidad de miembro en Chile de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia. En el transfer que me llevó del Aeropuerto Jorge Chávez a mi hotel en la comuna de San Borja me fui conversando con Abel, ciudadano peruano de unos 50 años, militar en retiro, clase media, desencantado del sistema.

Y me imagino a los “Abel” del resto de Latinoamérica, desesperanzados e incrédulos ante un sistema político que no les responde y de representantes que parecen no inmutarse ante las vejaciones que cometen los gobiernos del continente. Para ciertos sectores, supuestamente renovadores de la política local, sólo democracias inestables y situaciones críticas que pareciera se resolverán como un dolor de cabeza se cura con aspirina.

Pero no es así, porque las consecuencias de estas “inestabilidades” no son económicas ni políticas: son morales. Porque a los gobernantes autoritarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela no les ha bastado con aniquilar los derechos fundamentales de sus compatriotas, sino que por sobre todo los han privado del derecho a creer. A creer en soluciones pacíficas, a creer en las libertades que tuvieron y que a esta altura miran con añoranza, a creer en que es posible una situación distinta a la que actualmente están viviendo.

Porque estos países, lamentablemente, se han transformado en un “mundo al revés”. Lo que es normal allá sería insólito en cualquier democracia estable del mundo. Y lo que para nosotros es normal en el día a día, allá pasa a ser una causal de desconfianza por parte de las policías políticas y de los regímenes que por años se han impuesto.

Y es así cómo se merman las confianzas ciudadanas, cómo se eliminan de la cotidianeidad las condiciones más básicas —pero tan fundamentales—, como el derecho a la libre expresión o a la libre asociación, cuando los disidentes incluso pierden la posibilidad de mantener en reserva su vida privada, expuestos a actitudes matonescas de regímenes que no toleran las divergencias ni respetan la diversidad.

Así, la esperanza de Latinoamérica sigue recayendo en las nuevas generaciones y en sus convicciones democráticas. Porque mientras los gobernantes actuales prefieran ceder públicamente ante el populista o el dictador, los jóvenes —desde sus distintas plataformas sociales— deben ser quienes propicien los llamados de atención a un continente que pierde con cada segundo su capacidad de asombro y que persevera en su decisión de guardar silencio cuando la democracia está en peligro.

/Escrito para El Líbero por Francisco Ramírez Gómez, director Servicio Público Fundación Jaime Guzmán

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