Desde hace un tiempo vengo hablando del nivel de toxicidad al que estamos llegando en nuestro país, lo que tiene mal pronóstico. Soy suficientemente viejo para haber vivido parte relevante de nuestra historia en forma directa y no deja de sorprenderme cómo se pueden repetir las cosas. No somos capaces de aprender.
Las redes sociales que alojan la sombra cultural han subido de tono a un nivel que ya casi no se puede creer. Las descalificaciones e insultos son simplemente descomunales. El Parlamento se ha convertido en un verdadero reality y la política en una mala práctica de caza de brujas. Cuando uno ve los canales de las Cámaras descubrimos que no hay debate, hay discursos. Se ha perdido la capacidad de distinguir la paja del trigo, es decir, estamos llegando al fanatismo, a la irreflexión. Cualquier palabra o incluso un gesto de un político o autoridad, de cualquier sector, es tomada como una afrenta capital y empiezan las batallas religiosas de la política.
La evidencia concreta, los datos e información disponible simplemente no le interesan a nadie. Todo es posverdad, todo son opiniones que no es lo mismo que tener verdaderas ideas. Lo que más me llama la atención es que los adultos están bailando al ritmo de los niños y jóvenes de “los movimientos sociales”, basados en la fuerza de las masas y no de las ideas propiamente tales. Estos movimientos se mueven en base a eslóganes que repiten como papagayos.
Los empleados públicos están politizados, y se permiten como gremio tomar partido en las elecciones presidenciales, a pesar de que deben servir al gobierno que sea. El canal público también está politizado. Las universidades públicas ni qué hablar; pareciera que son propiedad de la izquierda. Los rectores, los estudiantes y los funcionarios son mayoritariamente de izquierda, lo que no es representativo del país.
La actual oposición ha determinado negar la sal y el agua al gobierno, en la antigua usanza de polarización que devino en el peor escenario. Estamos entrando a una política dominada por los extremos. Eso es exactamente la polarización. Esto significa la práctica del doble estándar. Todos dictan cátedra como si fuesen dueños absolutos de la verdad.
Amigos, hay cosas muy fundamentales que debemos acordar. Por ejemplo, que en Chile sí hubo terrorismo en democracia. Se predicó y practicó la violencia revolucionaria en boga por esos tiempos. Sí hubo grupos armados de izquierda. En la UP se destruyó la economía, el tejido social y las reglas básicas de la democracia, así determinado por el Congreso. Estuvimos al borde de la guerra civil y no se puede negar. Eran los tiempos de la Guerra Fría, y ambos poderes estaban presentes en Chile, no solo EE.UU.
Hubo un golpe militar con enorme apoyo ciudadano incluida la DC, salvo 13 militantes que firmaron una carta. Hubo violaciones severas a los DD.HH., tampoco se puede negar. Hubo grandes transformaciones que generaron un progreso desconocido para el país. Las FF.AA. siguieron un itinerario conocido, hicieron elecciones, las perdieron y entregaron ejemplarmente el poder. Hubo una transición ejemplar y cuatro gobiernos de la Concertación que mantuvieron la senda del progreso y reencuentro nacional. Hubo un gobierno de derecha que generó progreso y desarrollo social. Entonces, ¿por qué estamos volviendo a las peleas de los 60?
Por eso, basta de seguir gritándonos y agrediéndonos. Tenemos que aislar a los extremos que nunca son la mayoría, pero imponen su juego. Es tiempo de descubrir la palabra respeto y practicarla. Lo que ello genera es increíble y aunque no se crea, es gratis.

/Columna de Sergio Melnick para La Tercera

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