Son las cinco de la tarde y 18 mujeres semidesnudas corren en círculo al ritmo de “Eye of the Tiger”. Al igual que Rocky antes de entrar al ring, ellas saltan una cuerda invisible, lanzan combos al aire y gritan el nombre de la persona que sería merecedora de ellos. Se golpean suavemente entre ellas, dejan caer el peso de su cuerpo al suelo y bailan torpes como niñas liberando toda la energía retenida. Algunas incluso lloran. Cubiertas sólo con kimonos que dejan sus pechos al aire, todas buscan lo mismo: conseguir un orgasmo.

***
Siete horas antes, 16 mujeres perfectamente vestidas llegan el último sábado de abril al Centro Satya, en Las Condes. No se conocen y se saludan de reojo, casi sin mirarse. Antes de llegar, todas siguieron el mismo ritual: se metieron a Instagram de la sexóloga Constanza del Rosario (@consdelrosario) y le escribieron un mensaje directo para inscribirse en el segundo taller que esta profesional dicta en Chile, llamado “Un placer conocerme”.

El taller de abril tiene un valor de $100.000 (ya subsidiado en un 50% por auspiciadores) y equivale, según su creadora, a dos meses de terapia intensa de sexología.

La versión piloto se hizo en marzo y fue gratuita: 700 mujeres de distintas partes de Chile solicitaron inscribirse. La idea venía dando vueltas desde hace cuatro años en la cabeza de las dos organizadoras: además de la sicóloga Constanza del Rosario, está la kinesióloga Carolina Silva. Ambas querían hacer un taller práctico donde se enseñara sobre el disfrute femenino. Este año, que se marchó por “ni una menos”, que las tomas femeninas se multiplicaron en los planteles universitarios y el acoso callejero pasó a ser tema de discusión en el Congreso, ellas se dijeron: llegó el empoderamiento femenino, ahora toca la revolución sexual. En el taller de marzo, el primero, participaron finalmente 13 mujeres de diferentes edades y regiones, quienes primero llenaron cuestionarios y se sometieron a entrevistas.

Ahora, este sábado de abril, es el segundo taller. En lo que suele ser un salón donde se practica yoga kundalini, 18 mats de colores están tendidos en el suelo. Donde podría haber una almohada, hoy hay un kimono morado y falda del mismo color, una manta, un roll masajeador para las piernas, dos preservativos, bolitas chinas de entrenamiento sexual y un japi posh, un vibrador pequeño, de color rosado.

La pieza está intencionalmente temperada a 30 grados.

“Este no es un taller de orgasmo, es para que se conozcan y aprendan a entrenar el disfrute”, es lo primero que dice Constanza del Rosario -38 años, sicóloga de la Universidad Católica, Master en Relaciones de Género en la Universidad de Zaragoza y de Orientación Sexual en el Inefoc de Madrid-, quien confiesa que tardó seis años en tener su primer orgasmo. Es fiel seguidora de Betty Dodson, artista estadounidense que desde la década del 70 les enseña a las mujeres cómo lograr el más pleno placer sexual, con o sin pareja. Con esta norteamericana, que hoy tiene 88 años, Del Rosario estuvo en 2014 capacitándose en lo que llama un bodysex workshop en Nueva York. Junto con ella había mujeres de todas las nacionalidades, desde brasileñas a vietnamitas, que querían encontrar el secreto de la sexualidad femenina.

Ese mismo año se le ocurrió implementar ese taller en Chile, para que “las chilenas no seamos más las inglesas de Latinoamérica, que seamos latinas en serio, con todo lo rico que eso trae”. Empecinada en ello, además de los talleres de marzo y abril, dará otros siete mensuales de junio a diciembre. Y dos más: uno para conocer el funcionamiento hormonal y sexualidad dirigido a mujeres postmenopaúsicas y otro para embarazadas.

***

Constanza termina de explicar su currículum y no queda ninguna prenda sobre su cuerpo: su vientre plano gracias a 20 años de hockey, sus pechos caídos por un año de amamantamiento y una cicatriz de cesárea reciente sobre su pubis perfectamente depilado ya no son secreto.

A su izquierda está Carolina Silva, una caleña hija de pastor cristiano, a quien desde pequeña le enseñaron que el placer, la sexualidad y tocarse era sucio. Por eso, cree ella, decidió estudiar Kinesiología en la U. del Valle en Colombia y especializarse en piso pélvico en el Instituto de Urología, Sexología y Medicina Reproductiva de Chile. Ella asegura que entrenando el piso pélvico, ese espacio que la medicina define como “un conjunto de músculos y ligamentos que cierran la cavidad abdominal en su parte inferior y que tiene por función sostener la vejiga, uretra, útero, vagina y recto”, se puede cambiar la vida de una mujer. Cuando termina de hablar, su vestido floreado, sus panties, sostén y calzón negros yacen en el suelo. Soló la cubre una bata fucsia.

Y las 16 desconocidas aún vestidas se presentan: todas son chilenas entre 28 y 51 años; casi todas profesionales, de ingenieras comerciales a enfermeras. Comienza Amanda (nombre ficticio), quien fue mamá a los 15, tiene 28, está casada hace seis meses y sólo ha tenido dos orgasmos en su vida. Se hizo una abdominoplastía después del embarazo y aunque su marido la encuentra linda, ella no quiere que la vean sin ropa. Ni él ni nadie.

Cuatro se inscribieron porque por más que se esfuerzan no logran conseguir el orgasmo y se sienten culpables con sus parejas. Dos nacieron de una relación a escondidas y creen que ser hijas de la amante marcó de culpa el sexo. Otra lleva un año y medio separada de un eyaculador precoz y dice que se masturba todas las noches como si fuera un Ravotril que la hace dormir. Dos quedaron con problemas en el piso pélvico tras partos complicados. Cuatro dicen venir de familias conservadoras con padres infieles. Tres vienen de familias progresistas y hippies. Cuatro reconocen ser amantes o estar con un hombre del que no se pueden despegar, aunque saben que las daña. Una se reconoce bisexual y sólo consigue orgasmo con sexo oral. Otra sufre los trastornos hormonales de una menopausia precoz que llegó a los 33.

Un orgasmo se define como “el peak de una sensación variable y transitoria de intenso placer que crea un estado alterado de conciencia acompañado de contracciones involuntarias del piso pélvico y útero”. En Estados Unidos, según la Orgasm Survey desarrollada por la Universidad de Kansas en base a respuestas de 2.000 mujeres, un 30% de ellas considera muy importante tener un orgasmo y un 15% dice nunca haber experimentado uno, incluso teniendo una vida sexual activa. Una realidad que Del Rosario dice que es extrapolable a Chile.

***

María (nombre ficticio) está en el taller este sábado. Lleva 14 años de matrimonio, dice que ha comprado todos los juguetes sexuales del mercado y no puede sentir placer. Hace cuatro años, su hijo que tiene un espectro autista le dijo que estaba feliz sin esbozar la más mínima sonrisa. Ella le pidió que fuera un poco más expresivo y su marido -que le ha sido infiel un par de veces, a sabiendas de María- le dijo que no se quejara, que ella era igual.

María comenzó a recabar su historia y se dio cuenta de que algo no calzaba. Por más que amaba, no podía expresarlo; y por más que trataba de recordar lo que fue su vida antes de los 21 años, no lo lograba. De pronto se acelera y cuenta su descubrimiento: “Yendo a terapia, haciéndome scanners y constelaciones familiares, supe que de los cuatro a los 12 años fui abusada por mi abuelo y todas las noches mi mamá me dio remedios para dormir. Hoy tengo hoyos en el cerebro, como los que tienen los drogadictos.” Cuando tenía 21 años su abuelo murió y María mató toda su historia con él.

A su alrededor, junto con ella, como si fuera una tribu, las mujeres comienzan a desnudarse de a poco, se cubren con kimonos morados y se dan ánimo entre ellas.

***

Carolina Silva, en un colombiano perfecto, presenta la primera diapositiva: “Anatomía del placer”. Es una imagen del piso pélvico, con todo detalle, como en los libros de biología escolares. Para hacerlo más práctico, muestra su propia vagina y les pide a las asistentes que hagan lo mismo. Ellas tímidamente se miran con un espejo ubicado entre sus piernas.

La siguiente diapositiva es exclusiva del clítoris, un tejido femenino que tiene una sola función: dar placer sexual. Carolina les pide a sus alumnas que lo miren y lo toquen. Es un punto del tamaño de un grano de pimienta. Ese puntito, según cifras de la Unicef, es mutilado en 28 países de África, lo que abarcaría a 129 millones de niñas, bajo una costumbre cultural y religiosa que inhibiría la tentación por perder la virginidad antes de lo dispuesto por su padre o ser infieles.

El 2009 los científicos Pierre Foldes y Odile Buisson fueron los primeros en poder ver el clítoris en su totalidad y descubrieron que en la fase de excitación el clítoris se llena de sangre y como tiene unas ocho mil terminaciones nerviosas -el doble que el del glande masculino- la mujer siente placer. Pero a diferencia de lo que creía la ciencia hasta entonces y los africanos que circuncidan mujeres, el clítoris no es sólo lo que hoy Carolina muestra a las asistentes, sino que rodea por el exterior a toda la vagina, lo que hace que los músculos del piso pélvico se contraigan, secreten glándulas de bartolino, el músculo liso libere líquido y los músculos se contraigan voluntaria o involuntariamente cada vez más rápido. O como lo explica Constanza en fácil: “Se pegan esa carrera de Flashdance y ¡pum!, tenemos un orgasmo”.

Luego del orgasmo, viene una etapa de bienestar y relajación, pero hay mujeres, que antes de llegar a ello, son capaces de excitarse nuevamente y alcanzar otro orgasmo, y otro, y otro. Eso es lo que se conoce como multiorgasmo. La buena noticia, explica Silva, es que esos músculos pueden entrenarse y una mujer que se somete a una rutina de “gimnasio de piso pélvico” puede convertirse en multiorgásmica en sólo ocho semanas.

El único límite para el placer sexual, dice Del Rosario, es la mente.

“El ciclo sexual femenino responde al cerebro”, explica. Está comprobado que una pareja estable produce menos deseo espontáneo, que la mujer debe sentir que la relación está bien, que la estimulen, le den besos y que todo eso le guste. “Si al final Buda tenía razón, me pasé años estudiando para darme cuenta de una cosa: para sentir placer sexual hay que estar aquí y ahora; claridad mental se llama”.

CAROLINA SILVA Y CONSTANZA DEL ROSARIO

***

La clase sigue. Carolina convence a las asistentes de que para tener placer “y no andar orinándose cuando ya sean mayores”, hay que entrenar todos los días el piso pélvico.

Por eso, pide, que se pongan el dedo índice dentro de sus genitales y lo aprieten por tres segundos suavemente, luego por 7 segundos con mediana intensidad y después por 5 con toda nuestra fuerza; y que luego suelten. El ejercicio se realiza dos veces.

La clase sigue con un peso mayor: introducirse un par de bolitas chinas, juguete sexual que se asemeja a una pesa de bajo gramaje. Se hacen movimientos conocidos internacionalmente como Ejercicios de Keggel, por el nombre del médico que los pensó para que sus pacientes no se orinaran al envejecer.

Luego, las organizadoras les piden a las asistentes que le pongan un nombre a su vagina y la describan. Viviana (nombre ficticio), una sureña hija de un amante que nunca fue del todo reconocida por la familia de su padre, le puso el nombre de su abuela paterna. Con lágrimas, dice: “Era tan reprimida que es como cerrar un círculo”. Otra la llamó Luna, porque la está descubriendo. Otra la bautizó como Madonna, porque tras un mal amor se siente “like a virgin”. Otra la llamó Marilyn, por sexy. Hubo una Lola y una Lolita. Otra fue llamada Luz por su capacidad de dar vida. Otra, chascona y rebelde, se autodenominó Janis. Después, sobre una hoja rosada, le escribieron una carta, prometiéndole buenos deseos para llevarse a casa.

Del Rosario agrega datos importantes. Que en los días de ovulación, junto con ser fértiles, las mujeres sienten más deseo. Que, por eso, todos los anticonceptivos que impiden la ovulación provocan que no se cuente con esos días de extra libido. Que existe la eyaculación femenina, que se trata de una acumulación de glándulas de skeene que cuando reciben mucho estímulo se liberan. Que eso es el punto G de la mujer y no todas lo tienen.

No todas las mujeres lo tienen y no todas tienen orgasmos. La razón la da la biología. Para procrear, el hombre debe tener un orgasmo y la mujer no. Por eso las mujeres son compensadas con esas mismas hormonas de placer cuando son madres o amamantan. “Al final, somos mamíferos y si alguien nos hizo fue para conservar a la especie” dice Constanza.

***

Son las cinco de la tarde. Dieciocho mujeres lanzan combos y gritos, al son de la canción que popularizó Rocky 3. El objetivo: soltar la rabia. “Las mujeres que se permiten ser rabiosas y sin filtro, tendrán problemas en el trabajo, pero no en la cama”, dice la sexóloga. Reprimir la rabia, sentir vergüenza o miedo, cuenta, son las principales razones para que se dificulte el orgasmo. “El lobo feroz le gana al placer”, dice.

Después de soltar la rabia, viene un ejercicio similar a la meditación en movimiento con “Love of my life” en la voz de Freddy Mercury. Constanza pide cerrar los ojos, bajar la cabeza a la altura de las rodillas y balancearse. Con voz suave comienza a recorrer la pena, el dolor, el maltrato que se ha sentido y se le ha hecho a “nuestros cuerpos”. En la oscuridad se oye mujeres llorar.

Luego de pasar por la rabia y la pena, viene la última etapa. Sólo para las que quieran, lo dejan en claro.

Llega la hora de abrir el vibrador rosado, ponerle un preservativo y llevarlo a los lugares que se conocieron a fondo desde las 10 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Hacerlo con la conciencia de ejercitar el piso pélvico, obligar a tener la mente aquí y ahora, y apretar con la concentración que se tiene cuando se rinde un examen de matemática, hizo que Madonna pegara un grito y se sintiera “touched by the very first time”.

Al resto les pasó algo parecido: Amanda lanzó varios gemidos, confesando su tercer orgasmo en la vida, mientras su cuerpo llevaba horas completamente desnudo. La mujer divorciada de 51 años tuvo siete orgasmos científicamente comprobados y la chica que sólo tiene orgasmos con sexo oral dijo extasiada ante una cámara que esto era lo más revolucionario, político y feminista que había hecho en su vida: “Esto es la liberación femenina, chicas, hoy son mis hermanas”. Y todas se abrazaron piluchas.

Pero la verdadera liberación vino al día siguiente.

Se armó un grupo WhatsApp y todas contaron su mañana del día después. A eso de las 6 de la tarde, María escribió: “Defendí 14 años que mi esposo me fuera infiel porque yo no era capaz de sentir emoción o placer. Se equivocó y yo le creí. Le voy a pedir el divorcio. No voy a dar pena por acá, pero estas semanas que vienen, lo que me toca es sentir”.

/gap