Hace unos días estuve conversando con algunos santiaguinos sobre la situación actual de la comuna de Valparaíso. Todos concordaban en la buena labor del alcalde Jorge Sharp y decían que la ciudad estaba cambiando, que se estaban viendo progresos. Lo llamativo de esta conversación es que todas esas personas tienen poco o nada que ver con Valparaíso y hace ya varios años que no pisan la ciudad. Para mí, que he vivido toda la vida en la región y trabajo hace bastante tiempo en la comuna, la situación es radicalmente distinta. Todos los días veo una ciudad cada vez más entrampada en una suerte de decadencia permanente.

La diferencia entre ambas percepciones radica principalmente en la enorme brecha que existe entre lo que se muestra en los medios de comunicación nacional sobre la gestión de esta “alcaldía ciudadana” y lo que realmente se está haciendo. El marketing del Frente Amplio en la comuna es mucho más potente que su gestión y pareciera que el objetivo primordial de Sharp, sobre todo en los últimos meses, ha estado principalmente en posicionar —a nivel país, por supuesto— su figura y su proyecto político. Lo que se vende en la televisión o en las radios de alcance nacional es muy distinto a lo que viven quienes se encuentran todos los días con una ciudad que pareciera estar siempre al borde del abismo.

Los problemas que aquejan a Valparaíso son graves y complejos. Esto se dificulta aún más si consideramos que la ciudad puerto nunca se ha caracterizado por la eficacia de sus autoridades comunales. Esta nefasta ecuación entre autoridades deficientes y problemas sistémicos es la que ha llevado a la comuna al borde del despeñadero, lo que se grafica en su estado de deterioro, inseguridad y decadencia. Por eso, lo que se espera de un alcalde que se adueña del relato de hacer una “nueva política”, es que aúne la mayor cantidad de voluntades en torno a mejorar la calidad de vida de los habitantes. Lamentablemente, Sharp ha hecho todo lo contrario.

El marketing del Frente Amplio en la comuna es mucho más potente que su gestión y pareciera que el objetivo primordial de Sharp, sobre todo en los últimos meses, ha estado principalmente en posicionar —a nivel país, por supuesto— su figura y su proyecto político”.

De forma constante el alcalde ha ido sentando las bases de un proyecto político cuyo sustento está en ideologizar la gestión comunal, poniendo trabas a la inversión privada y dejando a Valparaíso en un peligroso status quo. Un lujo que, por su estado de abandono, la ciudad no se puede permitir. Lo que Valparaíso necesita es que gremios, empresarios, universidades, autoridades y sociedad civil trabajen en conjunto para sacar adelante una estrategia de desarrollo, un plan maestro que permita avances reales y no plagados de caretas políticas.

Es aquí donde se espera que Sharp lidere un proyecto que sea transversal, lo que por desgracia no ha estado dispuesto a hacer (aunque en los medios él señale lo contrario). Lo más frustrante de todo es que la imposibilidad de acuerdos transversales se debe, en gran parte, a la enorme carga ideologica que rodea la gestión comunal. ¿Cómo nos cuesta tanto entender que Valparaíso (y Chile) no puede sustentar su desarrollo en dogmas políticos? Esto no implica que el alcalde deje de ser un firme opositor al actuar de esos privados que se aprovecharon del “chipe libre” de administraciones anteriores, pero su oposición a los abusos no se puede transformar en la inmovilidad absoluta en la que se encuentra inmersa la ciudad.

De forma constante el alcalde ha ido sentando las bases de un proyecto político cuyo sustento está en ideologizar la gestión comunal, poniendo trabas a la inversión privada y dejando a Valparaíso en un peligroso status quo”.

Así y todo, Valparaíso se ha ido transformando poco a poco en una especie de conejillo de indias del Frente Amplio. El concepto que se ha vendido en todo el país, relativo a que habría una verdadera “alcaldía ciudadana”, dista de ser completamente cierto. Para contextualizar, Jorge Sharp llegó a su cargo a través de un movimiento ciudadano llamado “Pacto Urbano La Matriz”, compuesto por varias organizaciones de la ciudad y cuyo objetivo,-a grandes rasgos, era tener un alcalde que pudiera escuchar de mejor forma las necesidades de los porteños, algo que ninguna autoridad de los conglomerados políticos tradicionales fue capaz de hacer. Cuando Sharp ganó la elección en 2016, se instaló el concepto de la “alcaldía ciudadana” y él, como hábil político, ha sido capaz de ir transmitiéndolo a nivel nacional de forma continua.

La verdad es que si en Valparaíso hubo alguna vez una alcaldía ciudadana hoy ya no existe. Jorge Sharp se ha ido quedando cada vez más solo y muchos de esos que vieron con buenos ojos —y mucha ingenuidad— su llegada al poder, hoy están más bien desilusionados de que el municipio se haya transformado en el trampolín político de los operadores del Frente Amplio. Además, hay que recalcar que la ambigüedad de un concepto como el de “alcaldía ciudadana” juega en favor de Sharp, quien, cada vez que existe un conflicto, se arroga la voluntad de una ciudadanía que solo él tiene la capacidad de escuchar y que, curiosamente, siempre está a favor de su agenda. El problema es que una verdadera “alcaldía ciudadana” debiera incluir el sentir de todos quienes somos parte de la comuna y no sólo de aquellos que están a favor de lo que hace o no el alcalde.

Finalmente, todo esto parece ser consecuencia de la soberbia que ha caracterizado a buena parte de los miembros del Frente Amplio, exceptuando a Gabriel Boric y algunos otros que han demostrado mayor altura de miras. Creer que la sangre joven es de por sí una virtud puede ser un error garrafal cuando no existe un correlato en la renovación de las ideas. Creer que la historia comienza con las movilizaciones de 2011, junto con el ninguneo constante a la transición y la recuperación de la democracia los lleva a creer que finalmente son ellos, y solo ellos, quienes pueden representar adecuadamente la voz de la ciudadanía. Esta convicción, que en las últimas elecciones fue novedosa, los puede conducir directo al abismo en los próximos años, sobre todo cuando ocupan cargos públicos y se dedican a diagnosticar los problemas del país exclusivamente con los lentes de su propia ideología.

/Escrito para El Líbero por Guillermo Pérez Ciudad, investigador Fundación P!ensa

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