Lillian Calm escribe: “Parte importante de Chile se estaba quemando. Dilatar esa firma algunas horas -dejarla sólo para después de almuerzo, debido a esta dramática emergencia- habría permitido que menos hogares, que menos animales, que menos bosques, que menos cerros, que menos pastizales, en suma que menos hectáreas, que menos Chile, cayeran presos de las llamas”.

Tengo el pálpito –es sólo un pálpito- que ni la Presidenta ni sus ministros, asentados en los mullidos sillones de La Moneda, se acercaron durante la mañana del viernes 20 a las ventanas de Palacio.

De hacerlo, a lo mejor se habrían dado cuenta de que a través del vidrio sólo se veía, literalmente, humo. Tal cual. Humo en vez de aire puro.

Y sin ni siquiera aplicar la sagacidad, habrían descubierto que se estaba incendiando parte importante de Chile. Hectáreas y más hectáreas. Hogares, animales, bosques, cerros, pastizales…

Pero según el programa preestablecido, la mandataria priorizó su asistencia a un acto con el Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual), mientras autoridades locales -tengo videos no editados que son verdaderamente impactantes- clamaban porque se declarara estado de excepción, ya que ellos no daban abasto.

Entiendo. A la Presidenta le preocupa subir como sea y como fuere su paupérrimo porcentaje de popularidad, pues de no ser así habría declarado estado de catástrofe a primera hora de la mañana y habría podido hacerse presente en la ceremonia del Movilh unas pocas horas después.

Y los representantes de ese movimiento, sin lugar a dudas, habrían comprendido. Esa misma entidad explicó en su página web que “a la ceremonia asistieron representantes de los tres poderes del Estado, así como del Tribunal Constitucional, del mundo diplomático y de la sociedad civil. El acto se enmarcó en el ‘Acuerdo por la Igualdad’ que el Estado firmó con el Movilh, gracias a la mediación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)”.

Sí. Todos ellos habrían entendido una eventual postergación. No lo dudo. Parte importante de Chile se estaba quemando. Dilatar esa firma algunas horas -dejarla sólo para después de almuerzo, debido a esta dramática emergencia- habría permitido que menos hogares, que menos animales, que menos bosques, que menos cerros, que menos pastizales, en suma que menos hectáreas, que menos Chile, cayeran presos de las llamas.

Pero sólo en la tarde el switch se cambió para que la mandataria por fin pudiera decretar, como lo explicó en su twitter, al que parece estar muy aficionada, “zona afectada por catástrofe y estado de catástrofe en territorios afectados por incendios”.

Junto con eso el ministro del Interior, Mario Fernández, consignó ese viernes en la tarde que el Estado de excepción constitucional se aplicaría en las provincias de Cardenal Caro y Colchagua, en la región de O’Higgins, además de dos comunas de la región del Maule: Cauquenes y Vichuquén.

La verdad es que ese mismo viernes ya se habían hecho presentes en las zonas incendiadas algunos parlamentarios afines al gobierno, pero más que para paliar las llamas, como me aseguran damnificados, llegaron premunidos de camarógrafos para que les hicieran a ellos tomas en terreno.

Está claro que se requería, más que parlamentarios posando y camarógrafos filmándolos, que el Ejército y la Onemi se hicieran cargo de la situación, y que se dotara de implementos y no sólo de buenos deseos a la escuálida Conaf. Y también, por supuesto, a los sacrificados bomberos.

Son los mismos lugareños quienes debieron aportar casi en solitario sus propios tractores para, con sus escasos y paupérrimos medios, hacer frente a su tragedia y a la de los vecinos.

Me llegó información, y aunque la confirmé no consigo creerla, de lo que le ocurrió horas antes al dueño de un predio cercano a Llayllay, que tiene trabajadores contratados para sus tareas agrícolas. Mientras su campo se quemaba llegaron funcionarios públicos ¡por fin! a conversar con él, pero simplemente era para controlar, en medio de la tragedia, que esos trabajadores no estuvieran ayudando a extinguir el fuego porque, según la ley, no habían sido contratados para eso.

Lo anterior no lo voy a comentar, pero sí voy a terminar con las palabras del ministro del Interior, Mario Fernández. Este, ante la insistencia de los periodistas que le preguntaban por qué se habían demorado tanto en decretar el esperado estado de catástrofe que permitiría que se apersonaran las Fuerzas Armadas y la Onemi, explicó que en las horas previas… “no ameritaba”.

Fueron horas preciosísimas las que se perdieron. Por mi parte encontré tan surrealista, por decir lo menos, la explicación del ministro del Interior, que no puedo dejar de titular esta columna… “No ameritaba”.

Lillian Calm

Periodista