Al principio, la pareja de Rebecca Barker acogió con agrado que la joven madre recuperase la líbido tan rápido y con tanto entusiasmo después del nacimiento de su tercer hijo. Pero pronto ambos se dieron cuenta del problema. “La adicción se volvió tan grave que incluso si hacíamos el amor cinco veces al día, no era suficiente para mí” – cuenta ahora esta inglesa a la BBC en un esfuerzo por concienciar sobre el trastorno responsable de destruir su vida y su familia.

El mero concepto de “adicción al sexo” es controvertido. Aunque unaobsesión compulsiva por el sexo se ha relacionado con un trastorno de los mismos mecanismos neurológicos de recompensa y placer involucrados en el alcoholismo o la drogadicción, hay voces en la psiquiatría que se muestran escépticas a la hora de calificarlo como una patología independiente. El reconocimiento del “trastorno del comportamiento sexual compulsivo” por parte de la OMS está en proceso.

El caso de Rebecca, sin embargo, se origina en una dolencia que se presenta en el 15% de las madres recientes, la depresión posparto, que le fue diagnosticada en 2012 tras la llegada del tercer niño. Una de las causas de este mal es un desajuste hormonal y bioquímico en el cuerpo de la madre. Según explica la mujer, era como si su cuerpo “le pidiera” compensar la serotonina suprimida por el estado depresivo mediante el orgasmo. “Era lo único en lo que podía pensar desde que me despertaba. No me lo podía quitar de la cabeza”.

Rebecca Barker y la adicción sexual.

Debido al desarreglo de sus funciones neurológicas, asegura, se volvió adicta al “chute” que le proporcionaba el sexo. “Me daba un subidón instantáneo y cinco minutos después lo quería otra vez”. Esto acabó provocando una crisis de pareja. “Al principio a él le gustaba pero al final no entendía nada. Pasados unos meses empezó a preguntarme de dónde venía todo esto. Me acusó de tener una aventura que me hacía sentir culpable, y que por eso quería sexo todo el rato con él”.

Las relaciones personales de la joven madre también se resintieron. “Me convertí en ermitaña. Me quedaba encerrada en casa porque me avergonzaba estar pensando sin parar en lo mismo. Aunque nadie pudiera leerme la mente, me resultaba muy embarazoso estar en compañía de gente“. Cuando confesó la situación a la psiquiatra que la atendía, la terapeuta únicamente abogó por cambiarle la medicación. Por tanto, en 2012, Rebecca optó por una recomendación que se aplica en otras adicciones: cambiar radicalmente de modo de vida, ambientes y compañías.

“Le dije a mi pareja que necesitaba marcharme. Me fui con mi madre. La relación de pareja se deterioró muy rápidamente poco después”. Rebecca terminó separándose, cambiando de trabajo y mudándose a Francia, donde reside hoy en día. “Hice varios cambios en mis hábitos de vida para superar la depresión y la adicción, y eso es lo que ha funcionado para mí” – asegura. “Sé que la adicción al sexo existe. La he vivido, la he superado y afortunadamente me he recuperado por completo”.

El 90% de los afectados son hombres

El caso de Rebecca es raro, ya que según los datos que cita la BBCnueve de cada diez personas diagnosticadas con una obsesión compulsiva por el sexo en Reino Unido son varones. Tal es el caso Graham, el nombre por el que se hace llamar un hombre de 60 años que asegura haber engañado a su mujer a lo largo de su vida con “cientos de prostitutas“, lo que le lleva a arrastrar una “culpa desgarradora“.

“La obsesión por el sexo no tiene nada de sexy, cuando te levantas por la mañana con una buena dosis de clamidia” – asegura. “Es desagradable y destruye tu vida. Cuando estás en lo peor de la adicción, eres incapaz de pensar en otra cosa, desde que te despiertas hasta que caes dormido”. El hombre explica que comenzó con infidelidades con compañeras de trabajo, pero pronto descubrió que se satisfaría más rápidamente con la prostitución, a la que recurría dos o tres veces a la semana.

“Es un ciclo, como el alcoholismo. Te da el subidón de planear cómo satisfacerte, lo haces, y después sientes remordimientos y juras que no lo volverás a hacer”. Graham no puso fin a su “horrenda doble vida” hasta que su mujer descubrió lo que estaba ocurriendo por un email comprometedor y le forzó a buscar ayuda en un grupo de terapia especializada. Ahora, se una a Rebecca para reclamar que trastornos de este tipo y su tratamiento sean reconocidos por la Seguridad Social. “A quienes están sufriendo lo mismo, quiero decirles que se puede salir“.

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