En nuestro país todos hablan con pachorra de sus “ideas” cuando en lo concreto en la mayoría de los casos son apenas opiniones. Las ideas tienen historia, están todas interrelacionadas, pertenecen al mundo de la consciencia, y junto a la pregunta, son un matrimonio inseparable. La paradoja en la era del conocimiento, es que las preguntas crecen más rápido que las respuestas. Tener ideas es tener dudas, más que certezas. Esa brecha que crece se llama en la literatura el “gap de la ignorancia”. Es decir, nos hacemos cada vez más ignorantes en términos relativos, en otras palabras, en relación a lo que se conoce o se puede conocer.

No existen las ideas aisladas; todas pertenecen a modelos de realidad, que requieren la prueba lógica de la coherencia, y la evidencia de la consistencia. Las ideas son parte de teorías, y éstas están basadas en el conocimiento, experiencia, y los test de realidad. Pero la teoría no es la realidad, eso es fundamental de reconocer, y que los ignorantes jamás entienden. Es un error típico de la juventud que al encontrarse con las primeras ideas las confunden con la realidad y empiezan a sostener que “las cosas son así”. Se hicieron dueños de la verdad, olvidaron las preguntas.

Las religiones sin duda tienen ideas, pero no necesariamente evidencia empírica que las sustenten, por más que traten de documentar los milagros, que los hay, los hay. Las religiones se basan en dogmas esenciales, a partir de los cuales se van deduciendo silogísticamente las nuevas ideas. Por cierto muchos religiosos se vuelven fundamentalistas también.

La crítica cartesiana del siglo 17 apunta justo a ese aspecto: si los dogmas (o supuestos) son incorrectos todo lo que se deduce coherentemente a partir de ellos no es válido.

Las opiniones por su parte son solo eso: opiniones. Pueden ser aisladas, no requieren fundamentos sólidos, son personales, no pertenecen a un cuerpo de conocimiento que es cultivado por académicos e intelectuales de verdad. Son fáciles de transformar en eslóganes atractivos. Son pasto seco para el fuego de la ignorancia. Es el paraíso del populismo. Lo grave es cuando las políticas públicas son hechas en base a opiniones en vez de ideas.

Los ejemplos son recurrentes. Por ejemplo, cuando se habla de la justicia, la educación, la salud, la economía, etc. “Yo considero que esto es injusto y debe ser reparado”, escuchamos a diario. El tema de la justicia, que no es lo mismo que el derecho, no es cosa de simples opiniones. Las raíces de esa idea son muy profundas. Hemos visto una discusión pública sobre el tema de la filosofía en la educación media. Puras opiniones, poco fundamento.

El siglo 21 es cada vez más complejo, más tecnológico, más rápido. Los problemas cotidianos como el tráfico, el crecimiento económico, los sistemas de pensiones, la salud, las telecomunicaciones, no se mejoran con opiniones y menos voluntaristas. Las soluciones modernas pasan por la inteligencia artificial, los complejos mercados financieros globales, los sistemas satelitales, el manejo ecológico global, y tantos otros.

Pero es cada día más difícil el análisis de esos temas en tiempos de Twitter, Facebook, y de cuñas de TV. Los intelectuales no tienen espacio relevante en los medios de comunicación.

En este marco, la política toma cada vez peores decisiones como bonos al por mayor, aumento de parlamentarios, regulaciones cada vez más absurdas, y tantas otras propias del populismo. Por eso el sistema va a colapsar de una u otra manera.

El único camino posible es entrar a picar a fondo en el tema de la calidad de la educación en el siglo 21. Basta de eslóganes añejos del siglo pasado, empecemos a mirar al futuro.

/Columna de Sergio Melnick para La Tercera

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