Nombrar a un hermano en un alto cargo del Estado es siempre un tema delicado que se debe sopesar y explicar debidamente al momento de anunciarse.

Es una parte de los hechos. Hay otra.

Porque hubo una escandalera excesiva en torno al caso. En la vanguardia estuvieron los comunistas. Sarcasmo y embuste. No hubo régimen comunista o marxista en el que tras una fachada despersonalizada -las familias de los dirigentes no aparecían ni en foto ni en actos- no se diera un nepotismo asombroso para ser la vanguardia del proletariado. El PC envió un pésame al morir Kim Jong-il en Corea del Norte, padre del actual, señores de una satrapía del siglo XXI; se identifican con el régimen patrimonial de los hermanos Castro (pongo las manos al fuego de que en un par de décadas sabremos que sus descendientes serán millonarios) y con el payaseo de los Ortega en Nicaragua; los “oligarcas” de la Rusia actual son hijos de la antigua nomenklatura y los tres últimos dirigentes chinos son hijos de ex jefazos del sistema, aunque han probado no ser meros “hijitos de papá”. Sin embargo no es el punto.

Parte de la idea de una democracia y de una república -la monarquía constitucional admite excepciones indiscutidas- consiste en la exigencia de la igualdad de oportunidades y de poner en acción el antiguo imperativo de la “mujer del César”. Las formas importan. La sociedad moderna, anónima por las exigencias de igualdad, tiene como contrapartida la resurrección de antiguas y metamorfoseadas formas de asociación, como un origen educacional e institucional, las relaciones de familia, ciertas formas en la dicción que clasifican a las personas e inextinguibles vínculos o “redes” (hoy apelativo con pelaje académico) de origen social o geográfico común. Para compensar esta poderosa corriente es que se imponen vetos al nepotismo, a colocar la parentela y a clientes, vieja plaga de la burocracia y del Estado en general. Incluso hay quejas contra la empresa privada en este sentido.

Dicho esto, el caso de Pablo Piñera podía ser perfectamente presentado como excepción justificada. Su trayectoria lo provee de pergaminos mayores a los de muchos otros embajadores a lo largo de nuestra historia que no pertenecieron a la carrera regular; no se trataba de que el hermano del Presidente obtuviera una “peguita”, el nepotismo en cuestión. Cualquiera entiende la importancia que para nosotros tienen las relaciones con Argentina. Los gobiernos que nos interesan especialmente -teniendo ellos también ciertas expectativas con Chile- aprecian claramente que exista un enviado que pueda transmitir de inmediato todo requerimiento o propuesta y que pueda tener influencia legítima en el más alto nivel. En este sentido, las familias aún cumplen una función benéfica.

Porque esta época de la transparencia heredó algunos usos positivos que pueden ser arrastrados por la crecida del río de un rigorismo enjuto. Sobre todo, en torno al Estado está en crisis la costumbre de familias, hermanos o padres e hijos dedicados a una misma profesión y trabajando en equipo. Hasta en la mejor democracia hubo siempre una cuota legítima y productiva de este fenómeno. La fraternidad de John y Robert Kennedy no tenía que ver con un estado patrimonial, sino que se trataba de un equipo, brillante por lo demás. En Chile ha habido familias de jueces, de profesores universitarios, de oficiales de las fuerzas armadas, de diplomáticos. Las hubo (¿las hay?) de políticos. Está de por medio la continuidad de un país. Desde luego debe tener un límite, una cuota si se quiere, sin caer en reglamentismo. No creo que erradicarlo del todo sea sano ni una ganancia tan segura y fácil.

/Blog de Joaquín Fermandois en El Mercurio

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